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Cantantes que hace 10 años se volvieron locos y nunca volvieron a ser los mismos

2007 y este mundo conocía por vez primera al “Back to Black” de Amy Winehouse. Por supuesto que ella ya había rondado con anterioridad la escena musical, demostrando su gran poder en compañía de “Frank”, su primer álbum de estudio, pero nada como ese suceso sonoro que la judía más soul de todas había labrado […]



2007 y este mundo conocía por vez primera al “Back to Black” de Amy Winehouse. Por supuesto que ella ya había rondado con anterioridad la escena musical, demostrando su gran poder en compañía de “Frank”, su primer álbum de estudio, pero nada como ese suceso sonoro que la judía más soul de todas había labrado con ayuda de Mark Ronson. Fue en ese lejano y séptimo año del segundo milenio que el R&B y el jazz resurgían de las sombras a partir de una voz privilegiada, tan privilegiada que ésta también le hizo víctima de un destino fatal y lleno de condenas catastróficas.

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Steve Jobs anunciaba entonces la llegada del iPhone a nuestras vidas y Nicole Richie cumplía una sentencia en prisión de 82 minutos –cuando era “relevante” lo que hacía esta joven heredera; así se configuraba el escenario exacto de un planeta Tierra que se apresuraba con frialdad hacia uno de los cambios más radicales en el entretenimiento global. Es decir, el de la destrucción autónoma de los artistas, el desmoronamiento absurdo de quienes parecían las promesas en la música, y el de la estupidez internacional vanagloriando espectáculos ajenos al verdadero talento.

En el pasado otros músicos y personajes del entretenimiento se orillaron también a un extremo total de la locura, que dirigieron sus actos hacia los resquicios de la perdición; sin embargo, nada tan directo y alabado por la industria o los fanáticos como lo que vivimos exactamente en ese año tan atropellado. Bien es sabido que el camino de la fama, en sus muy diversos senderos de exceso y diversión, no queda exento a la muerte o a los actos irreverentes; no obstante nada tan cínico y absurdo como ese vuelco que presenciamos hacia lo repugnantemente irracional o destructivamente incitante con tal de mantener a la sociedad entretenida hasta el cansancio.

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Fue así, bajo tales contextos y en dicha lógica del argumento, que vimos cómo la avaricia de ciertos seres y la incansable voluntad de diversión en otros aplaudían el enajenado y seguro desenlace de sus estrellas. El más revisado de entre todos, claro, es aquel día gris cuando el Camden lloró una de las partidas más crueles en la música; esa chica que parecía tenerlo todo para hacernos volver a creer en el sonido de la Tierra y que se movía como un espíritu viejo en medio de un carrusel con música mala y superflua. Winehouse se entregaba durante aquel entonces a los brazos de su padre codicioso y de los fans sedientos de escándalo.

Amy iniciaba su fatídico recorrido hacia la perdición.

En ese memorable año, donde las celebridades vomitaban desde los taxis en que viajaban y páginas como Perez Hilton ensanchaban sus ganancias a partir de la desgracia, tampoco podemos negar que el morbo misógino y los comentarios tan hetero-estúpidos en boga durante la época fueron los ingredientes esenciales para el declive insalvable de diosas pop como Britney Spears. Fue justo en 2007 que la gran princesa se quitó por completo la cabellera y asustaba a los niños del mundo con su mirada demente; ninguna Kardashian y mucho menos una Miley Cyrus han tocado ese fondo de manera tan orgánica como la chica tóxica de los 2000.

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Todos pensábamos que se atestiguaba una muerte brutal, y aunque no fue del todo una definitiva defunción, sí fue un deceso en el plano más importante de la música comercial.

En el mismo tenor, sólo que con matices aún más trágicos y lastimeros, podemos nombrar la colección de tropiezos que inauguró en ese entonces Lindsay Lohan, una chica que lo tenía todo para retomar el legado de las divas pop entre un público cada vez más exigente con sus ídolos; desafortunadamente, el rush de su audiencia y el tiempo que le circundaba cobraron grave factura en la carrera de esta mujer. Centros de rehabilitación, primeras planas de la prensa amarillista y fiestas marcaron el porvenir de esta divina fallida.

Exactamente la misma historia que protagonizaba al unísono esa Kate Moss de antaño, quien se acompañaba del Pete Doherty, personalidad a la que todos vimos inyectándose frente a la cámara y estelarizó uno de los baches más sonados en la industria. El final de ambos, mas que como pareja, no fue para nada nefasto si les comparamos con la muerte de Winehouse, pero sí marcó un antes y un después de lo que entendimos como exageración y pérdida de suelo en el showbusiness. The Libertines vivió gracias a estos sucesos una realidad cercana a la aniquilación con uno de sus líderes; Doherty sobrevivió a sus adicciones y excentricidades, pero no la banda.

Si bien gozamos hoy de personajes y relatos distópicos como Kanye West en sus brotes psicóticos y extremos nefastos a lo Justin Bieber en abrigo de fur, nada como el remoto 2007 y el verdadero capítulo de la historia en que el voyeurismo alimentó a la decadencia, los músicos comenzaron su caída, la presión espectacular arruinó al sonido de una generación y las viejas estrellas quedaron tan maltrechas, que ya sólo vuelven para demostrar que su brillo es nostálgico. Si te gusta recordar esos episodios llenos de sudor y lágrimas, conoce las 8 cosas que no sabías del disco que pudo salvarle la vida a Amy Winehouse y cuáles son, por seguro, las 13 canciones que dedicaste en Messenger y ya no te acordabas.

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Referencia:
VICE




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