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Hábitos absurdos que te hacen más inteligente según la ciencia

Vivimos en una sociedad basada en la ciencia y la tecnología en la que nadie sabe nada de estos temas. Esta mezcla combustible de ignorancia y poder tarde o temprano, va a terminar explotando en nuestras caras.—Carl SaganIngerir drogas, llevar una vida social austera, desvelarse, tener un gato o ser desordenado. Según estudios científicos, estas son sólo […]



Vivimos en una sociedad basada en la ciencia y la tecnología
 en la que nadie sabe nada de estos temas.
Esta mezcla combustible de
ignorancia y poder
tarde o temprano, va a terminar explotando en nuestras caras.

—Carl Sagan



Ingerir drogas, llevar una vida social austera, desvelarse, tener un gato o ser desordenado. Según estudios científicos, estas son sólo algunas acciones que podrían hacerte más inteligente. No es una suposición, mucho menos el resultado de un caso aislado o la medicina trabajando para alguna campaña publicitaria: en realidad, se trata de conclusiones obtenidas a través de investigaciones en universidades e institutos conocidos por hacer ciencia.

Sin embargo, una cuestión obvia salta a la vista. ¿Por qué algunas conclusiones parecen tan erráticas, a pesar de que se presentan con el poder de legitimidad que la palabra “ciencia” otorga a cualquier premisa? Hay que sumergirse más al fondo del problema para responderlo.

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La ciencia es el mejor método que tenemos para conocer más sobre la naturaleza de los fenómenos que ocurren a nuestro alrededor. No obstante, su aplicación y desarrollo están muy lejos de ser perfectos. Los estudios que arrojan conclusiones tan definitivas como las anteriores deben leerse con cuidado, inmersos en su contexto y divulgados del mismo modo. La estadística y toda cuantificación de datos puede perder objetividad fácilmente y responder a ciertos intereses, expectativas o resultados esperados, aún cuando creemos que no existe sesgo alguno en un experimento. 

Ante aseveraciones hechas en nombre de la ciencia como las anteriores, es necesario repensar los límites, el objeto y la ciencia ahora mismo. En primer lugar, la ciencia carece de un carácter más allá de la rigurosidad de su método. Los saberes de una sociedad determinada no flotan en el aire esperando la llegada de los más ávidos de conocimiento, tal y como las concepciones más idealizadas sugieren. En realidad, cada técnica y desarrollo responde a las condiciones materiales y en última instancia, a la forma en que un grupo de individuos se organiza para compartir, aislar, aprovechar, explotar o socializar el conocimiento producto de la ciencia.
 
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Lo anterior arroja una conclusión aún más definitiva: la ciencia carece de ética por sí misma. Su objeto, utilidad y razón de ser dependen enteramente de quien la produce y para qué. Es innegable que los especialistas del Tercer Reich hacían ciencia mientras experimentaban con prisioneros en los campos de concentración, lo mismo que los científicos que entregan sus conocimientos a la creación de armas biológicas, nucleares o dispositivos de destrucción masiva. Creer que la ciencia funciona únicamente para “hacer el bien” es parte de un ideal absurdo que no responde a la realidad.

Podemos tener a los científicos más brillantes de cualquier época. Llegar a los confines del Sistema Solar con un vehículo no tripulado, comunicarnos con alguien en las antípodas del globo y sin embargo, todos esos beneficios podrían ser en vano si no se cumple la máxima del conocimiento como proceso estrictamente social, que debe ser aprovechado por todos.

¿Qué tanto dependemos de la ciencia? La pregunta parece conducir a la obviedad, a pesar de que el gran público desconoce el principio, los métodos y el accionar de la ciencia contemporánea. Un sinfín de decisiones a todo nivel dependen del conocimiento científico contemporáneo y su aplicación en favor del grueso de la humanidad.
 En palabras de Carl Sagan: 

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Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y la tecnología. Si nuestra nación no puede fabricar, a bajo precio y alta calidad, los productos que la gente quiere comprar, las industrias seguirán desplazándose para transferir un poco más de prosperidad a otras partes del mundo.

Considérense las ramificaciones sociales de la energía generada por la fisión y fusión nucleares, las supercomputadoras, las «autopistas» de datos, el aborto, el radón, las reducciones masivas de armas estratégicas, la adicción, la intromisión del gobierno en la vida de sus ciudadanos, la televisión de alta resolución, la seguridad en líneas aéreas y aeropuertos, los trasplantes de tejido fetal, los costes de la sanidad, los aditivos de alimentos, los fármacos para tratar psicomanías, depresiones o esquizofrenia, los derechos de los animales, la superconductividad, las píldoras del día siguiente, las predisposiciones antisociales presuntamente hereditarias, las estaciones espaciales, el viaje a Marte, el hallazgo de remedios para el SIDA y el cáncer…

Se trata de la herramienta más sofisticada que como género humano poseemos para comprender el Universo y al mismo tiempo, transformar la realidad. El uso que se haga de ella en los próximos años creando armas biológicas, descubriendo fuentes de energía limpias, buscando curas contra las enfermedades más mortíferas o persiguiendo jugosas ganancias es independiente de su carácter y sin embargo, se trata de la cuestión más decisiva a la que la humanidad ha de enfrentarse para solucionar (o agravar) las problemáticas más urgentes que como especie aparecen en el horizonte en la actualidad.



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