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Cuando me enamoré perdidamente de un chico en metro Polanco

A medio camino entre el relato personal, la crónica urbana y el ensayo, este texto de Celeste Garza invoca reflexiones sobre el traslado en la metrópolis, la anécdota de la cotidianidad y la metáfora del movimiento.Una típica historia en el MetroEl Metro de la Ciudad de México ha sido uno de los medios de transporte […]



A medio camino entre el relato personal, la crónica urbana y el ensayo, este texto de Celeste Garza invoca reflexiones sobre el traslado en la metrópolis, la anécdota de la cotidianidad y la metáfora del movimiento.


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Una típica historia en el Metro
El Metro de la Ciudad de México ha sido uno de los medios de transporte que más he utilizado. No sólo yo, sino una abismal cantidad de personas requerimos de su servicio a diario. Dentro de él, además de un simple viaje, he vivido incontables experiencias fuera de lo común. Por decir algunas, está cuando me enamoré perdidamente de un chico en metro Polanco, mismo que más adelante sería mi novio; también fue el sitio donde le confesé a mi madre que me había hecho mi primer tatuaje, causando que no me hablara por aproximadamente tres semanas; la dolorosa ocasión en que mi mano fue atrapada por las puertas del tren; recibir acosos y los piropos más extravagantes; dibujar un corazón roto en el piso de algún vagón, al mismo tiempo que fui protagonista de un video de comedia involuntaria. Y de los momentos más felices que puedo recordar, fue cuando tuve un reencuentro con una amiga muy querida, con la que perdí contacto por circunstancias fuera de nuestras manos. Así como las más tristes despedidas, entre muchas otras vivencias.


Metro de la CDMX. *Fuente: We heart it.



Muchas veces para pasar el tiempo me dedico a observar con atención pasajeros al azar e imagino posibles historias acerca de su vida, analizo la expresión de su rostro, intentando incansablemente averiguar cuántos de ellos son felices y sus razones, o cuántos de ellos serán desdichados, si se han rendido o siguen luchando.


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Comparto sonrisas con niños y niñas, admiro a las parejas enamoradas, reconozco al momento ejemplos de vida, personas de la tercera edad que parecen tener la fuerza de un joven. Me aterrorizo con los jóvenes que se revuelcan en el piso sobre vidrios rotos, seguido de un discurso conmovedor previamente ensayado, intentando obtener un par de monedas. Y sólo algunas ocasiones compro auriculares de $ 20.

Algo que no deja de sorprenderme es cómo el muchacho que vende el mp3 con los éxitos de Juanga se escurre entre la muchedumbre imitando con gran agilidad a una serpiente. Considero que deberían otorgarle algún reconocimiento.


*Fuente: El Universal



No me atrevería a decir que está del todo mal, puesto que es parte de mi vida citadina. Pero cada mañana, particularmente en el área de las damas, las mujeres enloquecen y se empujan unas a otras intentando entrar al Metro. Pobre de ti si te caes, porque si sucede, la misma señora que lanza su bolsa para apartar un lugar, caminará con placer sobre ti. El policía observando toda la situación se acercará para orinar sobre ti, mientras grita con tono hostil y gestos de fastidio: “Sólo damas y niños de este lado”. Quizás el lado de los hombres sea mejor, aunque también tiene sus desventajas, ya saben. “Puede manosearme, señor, pero no me empuje”.

“Con el tiempo te acostumbras”, dijo la señora con apariencia de oficinista, equilibrándose triunfalmente ante los movimientos bruscos del vagón, mientras se maquilla y evita que pisen sus elegantes zapatillas.


*Funte: Seminario



Al momento que observo soñolienta mi entorno, noto fija en mí una mirada llena de desagrado. Al principio me molesta. “Como si no fuera suficientemente desagradable tener que despertar tan temprano, debo soportar esto”, pienso. Después decido que no tiene ningún sentido que esto arruine mi día e intento pensar que quizás esta muchacha ve reflejada en mí a las personas que la molestaban con burlas e insultos en su época de estudiante. Quizá me encontró algún parecido con su malgeniosa jefa. O sólo tal vez algo en mi cara le ha parecido un tanto desagradable.

En general, creo que a estas horas la mente nos juega una mala pasada, invocando nuestros peores recuerdos y tristísimos contemplamos la sensación de repugnancia que nos invade. Como consecuencia convirtiéndonos de humanos a demonios insensibles. Acompañado de un intenso calor, agorafobia y bruscos retrasos en el viaje, esto parece ser el infierno del que tanto nos habla Dante en La Divina Comedia.


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Sin fundamentos lógicos, llegué a la conclusión por las mañanas de que nadie tiene sentimientos y me parecía una verdad inquebrantable, hasta hoy que miré a una mujer al teléfono. Estaba ahogada en llanto, por lo que parecía una ruptura amorosa. Tartamudeando, atrapada entre reproches y ruegos, observé cómo se desvanecía. Quise decirle un par de palabras de consuelo —las que a mí me hubiera gustado escuchar si estuviese en tal situación—, pero recordé que no la conocía, solamente era una desconocida, igual que las millones de personas que han tomado conmigo el rol de compañeros de viaje.

Al sorprenderme en una actitud tan mezquina y prejuiciosa, además de absurda, al instante murieron mis deseos de aventar a un par de “viejas arpías” a las heladas vías, con el simple fundamento de que sentía que me torturaban desde hacía algunos minutos. En cambio cedí el paso y esperé paciente el siguiente tren para viajar con más comodidad y de este modo dejar de culpar a los demás por mi neurosis.

Juro que, sobreviviendo a todo esto, llegar al trabajo con buen tiempo se siente como el mayor de los logros.

***

El traslado emocional por medio de la mística de las palabras se relaciona también con destinos ulteriores.

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