El circo ilusorio de Claudio Souza Pinto

Habitual. Sales de casa, azotas la puerta, buscas la llave, la colocas dentro de la chapa y… “oh la la”, echas llave a la chapa. Precisamente, es en ese momento en el que giras la muñeca, diriges la mirada hacia abajo, te concentras, transcurren unos segundos y paras. De un pensamiento apurado y fugaz, pasas […]

Habitual. Sales de casa, azotas la puerta, buscas la llave, la colocas dentro de la chapa y… “oh la la”, echas llave a la chapa. Precisamente, es en ese momento en el que giras la muñeca, diriges la mirada hacia abajo, te concentras, transcurren unos segundos y paras. De un pensamiento apurado y fugaz, pasas a lo inútil y desgraciada que es la vida. En un instante, sin previo aviso, mentalmente brincas y estructuras la analogía: ¿Por qué razón “echarle” llave a lo que eres, a lo que sientes?… la respuesta está en que todos los días te esfuerzas por ser alguien que no quieres ser, te escondes tras tres, seis o diez máscaras para poder ser parte de algo. Sí, te escondes cobardemente tras aquel rostro que no hace más que ocultar tu verdadera belleza humana para transmitir sentimientos que se traducen en desamor, fracaso y dolor.

“No somos lo que queremos ser, sino lo que la sociedad nos impone…el teatro de la vida”. -Claudio Souza Pinto

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Claudio Souza Pinto nació en Sao Paulo en 1954. A los cuatro años tuvo su primer contacto con el arte; a esa temprana edad despertó su interés por trabajar con el barro. Años más tarde, su tío, el pintor Bernardo Cid de Souza Pinto, le ayudó a vender sus obras mientras Claudio estudiaba Diseño Industrial en la Universidad Mackenzie de Sao Paulo. En 1990 tuvo la oportunidad de exponer su obra en Francia, en Le- Bains y en los salones de Ópera París.

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Sus pinturas convierten lo cotidiano en algo surrealista; son el escape perfecto a lo divertido y lo romántico, a lo pajarero. Su trabajo es reconocido en Brasil, Europa y Norteamérica por lograr crear la atmósfera de realismo fantástico. Sus personajes alegres y humorísticos logran el surgimiento de un debate visual sobre la constante lucha entre la melancolía y el amor, la batalla entre la tristeza y la alegría que toma fuerza en la combinación de sus colores.

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Claudio usa la pintura como medio para expresar el existencialismo que se esconde tras una máscara llena de color, una sonrisa vulnerable que no es más que una curva que mira hacia abajo, una mirada que refleja vida. El artista plástico juega con una perspectiva positiva que termina por unir y aceptar lo decadente y lo juguetón, tal cual, sus personajes son parte del circo.

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Su trabajo resalta por plasmar un mundo ilusorio en el cual explora la figura humana, sus movimientos y su estado de ánimo desde una visión alejada de toda pretensión y superficialidad. La figura humana suele ser tan sublime e imperfecta que cautiva la atención del más digno observador. Ante ello, el pintor argumenta:

 “Pinto la ropa de las personas, puesto que en nuestra sociedad se estima solamente las decencias. Solamente así las personas esconden sus sentimientos”.

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En su obra, Claudio deja ver la superficialidad, la crítica hacia los prejuicios y normas dictados por la sociedad. Así es como los intelectuales y artistas franceses y brasileños definen su obra. Apariencias que terminan por ocultar la verdadera belleza de lo humano, lo natural.

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Sensibilidad y ligereza que no todos pueden llegar a comprender porque no viven la cotidianidad como el “comienzo de algo”, sino como el retraso y repetición de lo mismo. Ojos que no ven más allá de lo que pudieran llegar a percibir.

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