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El fotógrafo que pagó por espiar a cientos de japoneses en la intimidad de los hoteles

La intimidad se desdibuja, los cuerpos alienados son más sensuales entre el erotismo que provoca el desnudo y la fatalidad de no saber qué hacer cuando estás ahí, con tu pareja, a la espera de que el intruso se vaya y por fin los deje disfrutar del ritual de amor perfecto que involucra las caricias, […]




La intimidad se desdibuja, los cuerpos alienados son más sensuales entre el erotismo que provoca el desnudo y la fatalidad de no saber qué hacer cuando estás ahí, con tu pareja, a la espera de que el intruso se vaya y por fin los deje disfrutar del ritual de amor perfecto que involucra las caricias, el contacto, los besos pausados y ensalivados listos para conectar sus bocas y el resto de sus cuerpos.


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Sin recelo pero sí con un poco de vergüenza, no puedes rechazar la invitación. Alguien ha pagado todo por ti y ahora, debes estar dispuesto a mostrar tu cuerpo tal y como es como retribución. No quieres lucir desaliñado pero, ¿qué esperaba quien te pidió posar con tu pareja en un cuarto de hotel?

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Has elegido el lugar, el momento idóneo y los detalles de tu cuerpo que aparecerán retratados. Has decidido olvidar por un instante lo que está en el exterior, esa cultura rigorista que parece vacía, que simula que todo está bien hasta que alguien se suicida en lo más alto de un edificio o en el terrible bosque Mar de árboles, donde la soledad se hace presente y el olvido se impregna en tu piel cuando estás a punto de tomar una terrible decisión. 

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Dejas de escuchar las voces de tus padres que repiten un futuro lleno de éxito pero sin emociones. Ya no eres parte de la estadística. En tu destino aparece el placer, la felicidad, la libertad y una pareja. Al diablo el conservadurismo, que se jodan los secretos y mantener tu vida en una especie de cápsula. El sexo importa más que un susurro y sin duda te arriesgas a un encuentro con la piel del otro en un hotel clandestino.

Ya no hay una línea que separe lo público y lo privado pero eso ha dejado de importarte. ¿Cuántos rabuhos has visitado este mes?, ¿esta semana? Los conoces bien. Lucen un tanto kitsch y de mal gusto, tienen esas luces neón que te hacen sentir en un sitio grotesco, por supuesto, nadie dice haberlos visitado por el tabú que existe pero, lo sabes, tus amigos, compañeros de clase y de trabajo también han acudido a uno.

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Se han convertido en el negocio más popular en diversas ciudades, de hecho, se estima que hay unos 35 mil en todo Japón. Sus pasillos son un hervidero de deseos casi incontenibles pero dentro de las habitaciones esos deseos dejan de ser fantasías para hacerlos reales. Todo está permitido y todos son bienvenidos.

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Quizá tus padres estén en la habitación de al lado, ¿crees que ellos no quieren olvidar la realidad por un instante y tener un momento sin el escándalo que existe en su hogar? Es un sitio en el que no existe la subyugación marital, en el que nadie debe hacerle reverencia al otro y mucho menos aparentar ser una pareja estable aunque hayan pasado meses sin experimentar un encuentro sexual, las edades, la clase social y orientación dejan de importar.

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Las parejas se conectan y se liberan en un lugar seguro. Por supuesto, la discreción lo es todo: los huéspedes pueden comprar su entrada en una máquina y si buscas servicio a la habitación, existe una pequeña ventana que permite conservar tu anonimato.

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¿Quién te invitó?, ¿cómo conociste a esa persona que tomó la foto? Sabes sus datos básicos pero ni siquiera hablan el mismo idioma. Zaza Bertrand es de Bélgica pero le interesaba la unión entre lo público y lo privado en la cultura japonesa. De algún modo te enteraste que antes esperaba gente afuera del hotel para proponerles el intercambio: ella pagaba la habitación por un máximo de tres horas y las personas le permitían retratar sus momentos íntimos.

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El rechazo de la mayoría la hizo idear otra fórmula… entonces comenzó a contactarlos por Internet. Pedía fotos sugestivas y aquellos que deseaban participar, lo hacían con entusiasmo, querían llevarse ese momento de intimidad con ellos. Entonces decidiste ser parte de su proyecto.

El cuerpo se hizo esencial, no sólo porque aparece en las fotografías sino porque, al no saber el mismo idioma, lo era prácticamente todo. No había entrevistas, las señas se convertían en su medio de comunicación y en el momento ideal, un disparo de la cámara podía preservar por siempre los detalles de los que en ese instante nadie se percataba.

Alienación y soledad, público y privado, oscuridad y luz, clandestinidad y el sentimiento de por fin hacer lo correcto. Las dicotomías en Japón son tan reales como estos hoteles extravagantes dispuestos para cualquier clase de público.

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“Cuando le preguntan a la artista cuál fue su experiencia más significativa dentro de los rabuhos, ella recuerda a un hombre que respondió su solicitud para ser fotografiado, pero no tenía pareja. Al principio no quería aceptar la propuesta pero aceptó la segunda vez que el hombre lo solicitó. La sorprendió, creía que iba a ser un hombre confiado que quería deshinibirse con las tomas pero resultó que sólo quería una foto para celebrar un gran acontecimiento: estaba celebrando su aniversario número 60”.

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Así como Bertrand, otros fotógrafos buscan retratar la intimidad de otros en sus fotografías, como el caso de estas 21 fotografías íntimas de las personas que gustan de ser tratadas como perros que nos demuestran que los fetiches y el sexo se conjugan a la perfección cuando conoces a personas que tienen las mismas fantasías que tú o la fotografía boudoir, ideal para no quedarnos sólo en el ámbito pornográfico y darle a nuestra imaginación el placer de cuerpos erotizados.


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Referencia: featureshoot

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