El viaje poético de la depresión; el último suspiro de Virginia - Cultura Colectiva El viaje poético de la depresión; el último suspiro de Virginia

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El viaje poético de la depresión; el último suspiro de Virginia Woolf

 El 28 de marzo de 1941 fue uno de esos días malos para Virginia Woolf, y a partir de entonces, los días grises comenzaron a ser más recurrentes. El año anterior, la Alemania nazi había iniciado una serie de bombardeos concentrados en Londres y más de un millón de viviendas fueros destruidas, incluida su residencia; desde entonces […]



 

El 28 de marzo de 1941 fue uno de esos días malos para Virginia Woolf, y a partir de entonces, los días grises comenzaron a ser más recurrentes. El año anterior, la Alemania nazi había iniciado una serie de bombardeos concentrados en Londres y más de un millón de viviendas fueros destruidas, incluida su residencia; desde entonces estaba viviendo en el condado de Sussex, al este de Hamphsire, al sur de la capital del Reino Unido.

Virginia Wolf y sus últimos días

El apogeo militar de Alemania y la incursión de las naciones en un conflicto cuya magnitud no se había calculado, hicieron del fin de la primera mitad del siglo XX años penosos. La Segunda Guerra Mundial cimbró al mundo, pero para Virginia, el mundo ya era un lugar difícil mucho antes de los combates. Había lidiado con su salud endeble desde que murió su madre, en mayo de 1895, cuando tenía 13 años. Ciertos recuerdos eran mucho más vividos y reconfortantes para la señora Woolf que otros. De su infancia, los de las vacaciones de verano en St Ives en Cornualles, eran los más preciados.


“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que
puedas imponer a la libertad de mi mente”.




De niña vivió en la ciudad, en el no. 22 de Hyde Parkgate, no fue a la escuela pero tuvo maestros particulares, aunque su verdadera educación estaba en usar la vasta biblioteca de la casa. Eran una familia numerosa: su padre, Leslie Stephen, fue novelista, historiador, ensayista y académico, y su madre, Julia Prinsep Jackson —una modelo nacida en la india, integrante de una extenso linaje de bellezas que descendían de una mucama de María Antonieta— habían enviudado, ambos con hijos al momento de contraer matrimonio. Virginia nació de 25 de enero de 1882 y se desarrolló influenciada por el ámbito literario. A los nueve años decidió que quería ser escritora, cuando trabajaba para un diario semanal haciendo crónicas de acontecimientos familiares.

Infancia Virginia Woolf


La mañana del viernes 28 de marzo, Louie Mayer, su ama de llaves, mantuvo una charla con ella en su dormitorio, a Louie le pareció que Virginia podía tener una crisis. El ama de llaves le comunicó su impresión a Leonard, el marido de la señora Woolf, quien intentó mantenerla ocupada ese día, pidiéndole a Louie que usara a su mujer para ayudarle a limpiar la casa; la actividad duró poco y Virginia se fue a escribir atrás de la vivienda, en el jardín. Solía retirarse a ese refugio, la soledad le ayudaba en su trabajo.
Leonard Woolf prefería tener a su esposa a la vista, pero la conocía bien y sabía que si Virginia se sentía encerrada, se tensaría aún más. “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción”, escribió la autora.

Leonard y Virginia Woolf


Los ataques de Virginia Woolf iniciaron después de la muerte de su madre, después su estado se intensificó con la muerte de su hermana dos años después, y cuando su padre murió de cáncer en 1905, ella tuvo un ataque más. Prácticamente había sufrido cambios repentinos del júbilo a la depresión durante toda su existencia; su condición había permeado su vida cotidiana pero no había impedido su desempeño como una de los exponentes literarios más importantes de su generación. La primera novela conocida de Woolf fue “Fin de viaje”, publicada por la editorial de su medio hermano “Gerald Duckworth and Company”. Después de la muerte de su padre, sus hermanos vendieron el domicilio en Londres para comprar una casa en Bloomsbury, donde viejos compañeros universitarios de su hermano mayor los visitarían a menudo. Juntos formarían un círculo de intelectuales destacados, casi miembros de una suerte de sociedad secreta de artistas, en la que Virginia conocería a Leonard, con quien fundaría su propia casa editorial, y serían marido y mujer a partir de 1912.


“(…) No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo”.

Leonard quería entender profundamente a su esposa, sabía de la sensibilidad de Virginia por la crítica, de su miedo a rivalizar con otros autores y del pánico que le ocasionaba llevar sus libros a la imprenta; también sabía de sus dudas e incertidumbres sobre la vida y el matrimonio. Conocía sus posturas acerca del feminismo; muchas veces se habían enrollado en discusiones por el trabajo, el tratamiento, las instrucciones de los médicos, las estancias fuera de la conmoción de Londres,  pero era justo decir que amaba a Virginia. Nunca había visto tanta entereza en una persona antes. Muchas veces había atestiguado los asaltos de su esposa, la había visto patear y gritar sobre la cama, la había escuchado insultarle y a sus doctores. Algunas veces ella alucinaba con pájaros hablando en griego o veía a su madre fallecida en la misma habitación en que dormían. Leonard se esforzaba por apaciguar los empujes nerviosos de su matrimonio y, pese a la fragilidad mental de Virginia, a él le parecía atractiva, hermosa: un enigma, y como para Leonard, también para los lectores de los siguientes dos siglos.

Pasadas las 11 de la mañana, el señor Woolf fue a visitarla. La encontró trabajando, como había dicho Virginia que haría. Si en aquel momento notó algo extraño en ella, es un detalle que se tragó la Historia. Su esposa le dijo que haría algunas labores y que probablemente daría un paseo antes de la comida. A Leonard en lo absoluto le asombró, los paseos de Virginia eran normales en la rutina que había adoptado durante 29 años de vida conyugal.


Un viaje por la depresión de Virginia Woolf

Louie Mayer estaba cocinando una pierna de cordero con salsa de menta, el platillo favorito de la escritora. Virginia, por su parte, repasaba su texto; muchas veces tardaba en arrancar a escribir y siempre buscaba la oración correcta para emprender su trabajo. Su talento estaba en la adecuación estética de sus palabras, el acoplamiento del flujo de hechos dentro de la historia a través de sus personajes perfectamente trazados, abismales en cuanto a su identidad anímica. Quizá para Virginia Woolf y los actores de sus relatos, lo más importante era la vida interior.


“Somos siluetas recortadas, somos hueros fantasmas
que se mueven en la niebla, sin perspectiva”. 



Los sueños y aspiraciones de sus protagonistas surgen a la medida de sus faenas cotidianas, como ir a comprar flores una mañana o a la marcha de un paseo en la costa. No sabemos el grado de dominio que hubiese podido infundir su enfermedad sobre su inventiva, pero no podemos negar que la correlación entre ambos era obvia. Muchas veces la vida de la señora Woolf modeló sus historias, como en su novela “Orlando”, donde Virginia desquita su affaire con Vita Sackville-West, su amante en los años veinte.
El amor, su naturaleza y desafíos en la Inglaterra de principios de siglo son otras piezas en su prosa, como en “La señora Dalloway”, donde una desafortunada esposa recuerda sus idilios con otra mujer y evalúa su vida a partir de sus decisiones socialmente apropiadas. Su enfoque audaz contra la misoginia queda impregnado en su ensayo “Una habitación propia” y su evocación a la niñez está en “El faro”. Virginia Woolf terminó su texto de ese día, pensó bien en sus palabras, tomó las hojas  en las que había escrito y regresó a la casa.

Últimas horas de Virginia Woolf

El ama de llaves vio cuando Virginia entró a la vivienda y salió nuevamente, ahora con un abrigo, botas y el bastón que solía usar durante sus paseos. Algunos vecinos de Sussex la vieron pasar frente a la iglesia, un camino habitual, pues le permitía llegar al río Ouse, del que disfrutaba en sus caminatas. Ninguna de las personas que se encontró con ella en su trayecto notó algo distinto en su conducta. Louie Mayer anunció el almuerzo alrededor de la 1 pm, naturalmente Virginia no se presentó esa tarde. Al buscar a su mujer en la casa, Leonard encontró una carta dirigida a él, sobre una mesita en la habitación principal, comprendió lo que había estado escribiendo Virginia esa mañana. Louie y Leonard salieron junto al policía del pueblo para buscar a la señora. Todo lo que encontraron ese día fueron sus huellas y las de su bastón a la orilla del río. Algunos hombres de la localidad entraron al agua para ayudar en su rescate. Leonard mantuvo sus esperanzas y siguió inspeccionando otros sitios hasta el ocaso, cuando tuvo que regresar a su vivienda. Esa noche Leonard halló un rastro más de Virginia en forma de una segunda nota, esta vez en la cabaña donde ella trabajaba:

“Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices, hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo.”

Virginia Woolf.

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El cuerpo fue arrastrado por el cauce del río y finalmente encontrado el 18 de abril de 1941, 21 días después de aquel fatídico 28 de marzo, cuando Virgina Woolf, sumida en un estado psiquiátrico poco conocido en su época, decidió ahogarse usando un abrigo lleno de piedras. Su sensibilidad y proeza artística sobrevivieron a su trastorno, pero desde aquel día, además de ella, murió también una parte del espíritu de Leonard Woolf.


“Cada uno tenía su pasado encerrado dentro de sí mismo,
como las hojas de un libro aprendido por ellos de memoria;
y sus amigos podían sólo leer el título”.



Aun así, como dijo Virginia, él siguió escribiendo e incluso se enamoró de nuevo años después. La prensa se fijó en el suicidio de la autora y sirvió de encabezados sensacionalistas; el mundo comenzó a recordarla como un ser triste, abatido y deprimente, pero en sus libros, el tema era la  belleza, aun ante los ojos más afligidos. Leonard acusó a los periodistas de encarnizarse con su difunta esposa, y señaló que personalmente recordaba más a la otra Virginia Woolf: la tenaz, alegre y valiente, que sobrevivió muchos años a su severa depresión, que padeció la pérdida de seres queridos y que escribió algunos de los libros hermosos del mundo.




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Las letras plasmadas por Virginia Woolf son más que grafías sobre papel, nos llevan a lugares, sensaciones y sentimientos más profundos, y como sabemos que nunca es suficiente de su grandeza, te compartimos Los signos zodiacales según frases de la autora.


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