El héroe olvidado de la Independencia de México - Cultura Colectiva El héroe olvidado de la Independencia de México

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El héroe olvidado de la Independencia de México

Las grandes historias llenan los libros, las pinturas, los relatos compartidos entre generaciones, etc., sin importar que sean ficciones o reales. La disciplina que estudia los sucesos del pasado se definió como Historia, y nos ayuda a entender una época a través de los personajes relevantes y sus acciones, aquellas que definieron aquellos años pero, ¿quién decide dar el título […]



Las grandes historias llenan los libros, las pinturas, los relatos compartidos entre generaciones, etc., sin importar que sean ficciones o reales.

La disciplina que estudia los sucesos del pasado se definió como Historia, y nos ayuda a entender una época a través de los personajes relevantes y sus acciones, aquellas que definieron aquellos años pero, ¿quién decide dar el título protagónico en las escenas de la Historia?, ¿quién la cuenta ? Ni siquiera los personajes monumentales de nuestras crónicas son inmunes a la ruinas de los años y la falsedad de sus relatos, lo que nos lleva a cuestionar: 
¿Quién fue quién en la Historia de México? ¿Quiénes faltan dentro de ella? Es casi imposible abordar la vastedad de “confusiones” en los libros con los que nos educaron, pero existen intentos por acercarnos a la verdadera memoria de la Nación.
Hay un nombre que quizá nunca hayas escuchado: Epigmenio González.  Quizá la noche antes al 16 de septiembre en México nadie dirá: ¡Viva Epigmenio González!, pero, ¿por qué deberíamos?

La Historia, para todos, ha sido endurecida, sobria y ceremoniosa, pero para Epigmenio González la Historia ha sido injusta. Su vida, tenacidad y valentía fueron ignorados, primero por el movimiento que él mismo ayudó a forjar y luego por todos nosotros, que miopes e indiferentes creímos lo que nos han dicho, tal cual nos lo han contado.

Epigmenio González padre de la patria

Epigmenio González Flores nació en Querétaro en 1778 y fue hijo de los españoles: José María González y Rosario Flores. Tuvo dos actividades fundamentales en su vida: el comercio y la insurgencia. La segunda se convirtió en pasión y le costó su libertad.

A los 32 años participó en la conspiración que se llevó a cabo en casa del corregidor del Estado junto a Emerito, su hermano; compartió mesa con Miguel Hidalgo, Allende, Aldama y Josefa Ortíz de Domínguez, con quienes formó un grupo de agentes de la conspiración del siglo XIX que desencadenaría 11 años de guerra contra el Virreinato. Se sentó en las juntas chocolateras con el Padre de la Patria (y el chocolate es parte importante de esta historia), y dialogó con Ochoa, Luis Gutiérrez, Luis Frías y otros olvidados. El 10 de septiembre, él y Emerito fueron arrestados en su tienda de abarrotes en la Calle de San Francisco, en Querétaro, después de una denuncia interpuesta un día antes, aparentemente. Se conocen decenas de acusaciones en relación a la conjura insurgente de 1810, pero ninguna impidió que unos días después del arresto de Epigmenio el movimiento explotara, mientras los hermanos González ya habían sido transportados a la capital.

Independencia de México


Probablemente muchos de los detenidos relacionados con el movimiento insurrecto lo negaron todo: “Yo no sabía”, “Yo sólo iba pasando”; por el contrario, cuando interrogaron a Epigmenio él dijo que sí, que iba por la Independencia. Muchos involucrados hicieron tratos y aceptaron dar el nombre de otros miembros a cambio del perdón, después de todo, tenían la amenaza del fusil en frente o detrás; los hermanos González no cedieron, aun en prisión continuaron conspirando en conjunto con Antonio Ferrer, siendo lo más discretos posible, ya que si eran descubiertos la condena no sería la cárcel, sino el patio de ejecución.


Como espectadores ineficaces de la guerra que se libraba afuera, Epigmenio y Emerito permanecieron alertas esperando la llegada de un milagro.

En 1811, la Ciudad de México temblaba ante la llegada del ejército de Hidalgo, que marchaba con más de 100 mil personas. Las tropas realistas no habían logrado frenarlos en Monte de las Cruces y, tras algunas feroces victorias y una milicia  formada en su mayoría por indígenas, decidió llegar hasta el valle. La luz de las hogueras de los insurgentes se veía desde la capital, los hombres y mujeres de la improvisada milicia preparaban sus cuchillos, arcos y tranchetes. La clase próspera y clasista de la Nueva España se sentía condenada, mientras en una prisión de la ciudad, Epigmenio esperaba con ojos insomnes la llegada de Hidalgo. La enérgica expedición del ejército rebelde hacia la ciudad no sucedió. El triunfo de la guerra se pospuso durante 10 años.

Guerra de Independencia


Esa noche un grupo de guardias entró para golpear a los González antes de abrirle paso a un superior que, con tono impasible, le comunicó que la conjura dentro de prisión que estaban llevando a cabo había sido descubierta.

Emerito fue fusilado y Epigmenio trasladado hasta Acapulco, para después embarcar y ser llevado a otro dominio de la Corona Española: las Filipinas, donde según dictaba su condena, desempeñaría trabajos forzados el resto de su vida. 

Habían pasado 25 años después de su aprehensión en 1810; Epigmenio González permanecía esclavizado en las Filipinas, mientras el movimiento insurrecto había cesado y México disfrutaba de sus primeros años de “soberanía”.

 La Independencia era un hecho, pero todos sus camaradas de las chocolateras de Querétaro estaban muertos. Al quedar realizados los objetivos del movimiento independentista pidió su liberación, pero la respuesta a su demanda fue que la Corona no reconocía la Independencia de México.

Sucedió hasta 1836, dos años después de firmarse el Tratado de México con España, que Epigmenio González, antiguo insurgente, recuperó su libertad, exhausto y débil, perdido en las tierras míticas de Asia, siendo su único deseo regresar a su país: pues ya había defendido su postura y encarado a la tiranía en las circunstancias más desalentadoras, después de aquello no importaba cuántos Continentes tuviera que cruzar, regresaría a casa. 

Después de conseguir con las autoridades Filipinas un pasaje y trasladarse a España, fue en 1838 cuando finalmente, con la ayuda de un comerciante, volvió a la nación cuya Historia ayudó a tejer.

Epigmenio González Independencia de México

“Mientras camina se siente un extraño, ha anhelando, durante décadas el regreso y ahora se siente forastero. Muchas cosas son como recuerda: el aroma, el clima y los colores, otras no tanto. Explora la Ciudad de México, recorre las calles del centro y llega a Palacio Nacional. Un guardia permanece al pie de la fachada, Epigmenio se aproxima y le dice -Yo soy Epigmenio González, padre de la patria-.

El guardia, desprevenido, mira al pobre hombre, sucio y descuidado, con 10 años más en la cara de los que realmente tiene.

– ¿Quién?- contesta incrédulo. Epigmenio comienza a explicar, el guardia lo escucha con cierto recelo, a instantes se distrae, se aburre y de repente vuelve al relato, al cabo de unos minutos termina de narrar toda su historia.

–Pues mire, aquí la lista de los padres de la patria ya está hecha. Ahí le van: Aldama, Allende, Morelos, pero usted no figura, además… – se detiene un segundo el guardia
– ¿Quién es usted?- Le interroga

–Ya le dije que yo soy Epigmenio González-,
el guardia sonríe ligeramente, un poco engreído –Exacto, que es lo mismo a no ser nadie.

Epigmenio se retira, los años de pronto pesan más, fue en busca de su hogar y llegó a un sitio completamente diferente. Se acuerda de la manía de Hidalgo de ofrecer chocolate en cualquier circunstancia, por más inadecuada que fuera. Se imagina cómo habrá sido la noche en que sus viejos camaradas se vieron obligados a agilizar el movimiento –seguramente el Cura brindó con chocolate- se dice para sus adentros. Un poco más alegre, camina sobre una vía repleta de personas, reflexiona sobre las batallas que nunca libró, la historia que no lo reconoció y se convence que no es distinto a los miles de mexicanos que murieron en la trifulca. Finalmente se pierde entre el gentío”.


Epigmenio consiguió un trabajo como guía de museo y un periodista lo descubrió allí. Se entrevistó con el entonces presidente Nicolás Bravo, ganó una palmadita en la espalda, un puesto como vigilante en la casa de moneda de Guadalajara y un artículo sobre sus hazañas en el periódico “La Revolución”, en 1855.

Falleció en 1858, en la ciudad tapatía. Epigmenio González pasó a la Historia, pero a la Historia chiquita de héroes chiquitos que tanto nos ponen de buenas. En ese sentido, se parece un poco a todos nosotros; a nosotros y a esa canción de Cuco Sánchez: “Si todo el mundo salimos de la nada, a la nada, por Dios, que volveremos”.


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