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Fotografías de los excesos que vivimos en una noche cualquiera

La próxima vez que miremos hacia el cielo preguntándonos dónde está nuestro ángel de la guarda, quizá debamos dirigir nuestra mirada hacia un lugar menos idealizado; tal vez en un bar o tirado de borracho al fondo de un callejón después del concierto de punk más salvaje de su vida. Es momento de que dejemos de […]




La próxima vez que miremos hacia el cielo preguntándonos dónde está nuestro ángel de la guarda, quizá debamos dirigir nuestra mirada hacia un lugar menos idealizado; tal vez en un bar o tirado de borracho al fondo de un callejón después del concierto de punk más salvaje de su vida. 

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Es momento de que dejemos de pensar que lo divino es todo aquello que brilla o que un bien vivir tiene una relación estrecha con no tocar nunca las dulces manos del pecado y de todo lo que la gente considera como una atrocidad. Hoy es el instante preciso en el que tenemos que darnos cuenta de que el verdadero y único modo de llevar una buena vida es hundirnos en la porquería y salir triunfantes de ahí teniendo la total certeza de que no pudimos haber escogido un mejor momento para poner los pies en este mundo.

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No se trata de un simple instante de rebeldía como el que en 1969 dominó la gran pantalla con Peter Fonda metido en una chaqueta de apestoso cuero negro durante el rodaje de “Wild Angels”. Es cuestión de andar convencidos de que el simple hecho de estar vivos en este siglo es el más grande acto revolucionario que podríamos hacer en contra de la sociedad; por eso es preciso encontrar un ángel guardián o por lo menos un guía que nos lleve de la mano hacia el destructivo camino de la iluminación en plena noche.

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Algo de lo que debemos estar conscientes es que esas buenas y posiblemente alcoholizadas almas jamás lleguen a nosotros, será necesario que, justo como la fotógrafa Olivia Garner, nos metamos en una “camioneta de mierda” y recorramos los patios traseros de toda la ciudad en búsqueda de aquella entidad que nos muestre lo que es vivir en un riesgo constante sin darnos cuenta de cómo pasa el tiempo.

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Si aún nos quedase alguna duda de lo que podría depararnos una noche perdidos en la nada, basta con darle un vistazo a las tomas de Garner para darnos cuenta de que lo que hoy necesitamos es algo que nos recuerde nuestra mortalidad y al mismo tiempo nos exija vivir con fuerza e irracionalidad hasta que nuestras fuerzas se agoten y lo único que queramos hacer, al día siguiente, sea observar el día correr frente a nuestras ventanas, para esperar a que la noche llegue de nuevo para volver a morir un poco más. 

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Olivia bien podría ser ese ángel de 19 años que estamos buscando para que nos acompañe por los desconocidos senderos del punk y la destrucción. Justo la persona que necesitamos para entender que la vida no tiene una segunda vuelta y que es mejor disfrutar todo lo que se nos ponga enfrente; no como si fuese nuestro último día en este mundo sino como un momento que se nos presentará sólo una vez sin posibilidad de repetirse.

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Lejos de apreciar la vida de esta fotógrafa texana a través de sus imágenes, deberíamos darnos un tiempo para emularlas y sentir en carne propia esa emoción de convertirnos en animales salvajes danzando a la deriva de la penumbra nocturna; de esta manera las fotografías de su colección nunca van a representar una especie de añoranza sino una manera de evocar lo mejor de nuestro pasado.

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