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La misteriosa enfermedad que arrojó al abismo al artista más grande de España

A sus 47 años, Francisco de Goya es el artista más valorado de toda España. Atrás quedaron los primeros oficios como pintor de cartones en la Real Fábrica con los que ganó la confianza de la nobleza y otros trabajos menores con tintes religiosos en su natal Zaragoza. Desde hace cuatro años, Goya es el Pintor de Cámara (1789) de la Corona Española […]



A sus 47 años, Francisco de Goya es el artista más valorado de toda España. Atrás quedaron los primeros oficios como pintor de cartones en la Real Fábrica con los que ganó la confianza de la nobleza y otros trabajos menores con tintes religiosos en su natal Zaragoza. Desde hace cuatro años, Goya es el Pintor de Cámara (1789) de la Corona Española y como tal, su labor consiste en llevar al lienzo retratos y escenas cotidianas de la familia real.

Es enero de 1793, a pesar de algunas molestias de salud, Goya alcanza la plenitud como uno de los consentidos de la aristocracia española: goza de fama, un mecenazgo directo de Carlos IV y un ingreso económico asegurado.
La vida del pintor zaragozano bien pudo resumirse en recorrer los fastuosos jardines y salones del Palacio de Oriente persiguiendo doncellas –perseguidas a su vez por nodrizas– pincel en mano; sin embargo, un hecho cambiaría radicalmente tanto su vida como su expresión artística en lo sucesivo.

la vendimia goya 1974
“La vendimia” (1974)

En los primeros días de febrero, Francisco emprende un viaje por Andalucía so pretexto de la recuperación óptima de su salud. Así lo comunica al Rey por escrito pues asegura, pasó “dos meses en cama con cólicos” y es menester para el pintor encontrar nuevos aires en Cádiz y Sevilla, donde solicita por escrito “tomar algún dinero” al tesorero de los duques de Osuna para financiar su empresa.

De febrero y hasta mayo, Goya recorrió Andalucía tal como había estipulado. No obstante, su salud no volvió más. Durante los tres meses que pasó lejos de Madrid, el autor de “La maja desnuda” (1800) cayó en cama con mareos, dificultad visual, dolores de cabeza y vértigo. El pintor visitó distintos médicos en busca de diagnóstico y una cura para su malestar sin éxito, que a su regreso a la capital agravó aún más con la aparición de alucinaciones y pérdida repentina del equilibrio. Después de meses donde la única constante fueron los altibajos en su salud, Goya experimentó un mal que habría de cambiar su visión del mundo, mismo que se mantuvo presente hasta el día de su muerte: la sordera. 

brujas goya sordo
La lámpara del diablo(1798)

En su intento por recuperar el oído y con ayuda de la Corte, los galenos que atendían al pintor contactaron a Pierre François Chavaneau, científico francés avecindado en España bajo las órdenes de Carlos IV y entonces director del Real Laboratorio de Química. La orden para Chavaneau era facilitar una “máquina eléctrica” con el objetivo de aliviar su sordera a partir del uso de la energía electrostática en el sistema nervioso periférico. La invención de tales máquinas, pioneras en Europa hasta principios del siglo XIX, popularizó la electroterapia como un método novedoso y experimental para tratar afecciones como parálisis, depresión o sordera.

El propio Chavaneau estaba convencido de la efectividad del tratamiento y tal efecto contagió a Goya del mismo optimismo, propio de las innovaciones científicas y tecnológicas de cualquier tiempo. Sin embargo, tal actitud sólo habría de abonar al desencanto del zaragozano una vez que la terapia de electrodos fracasó rotundamente en regresarle la audición.

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“El aquelarre” (1798)

Meses después del viaje y establecido de nueva cuenta en Madrid, Francisco de Goya no sólo había dejado atrás la pintura de cámara que practicaba para subsistir, también olvidó las luces del Palacio de Oriente cargadas de neoclasicismo, los semblantes de la familia real y las buenas maneras de la Almudena y se sumergió en una época oscura que habría de influir definitivamente en su pintura.

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“El sueño de la razón produce monstruos” (1797) n.43 de “Los Caprichos”.

A partir de 1973, el interés pictórico de Goya se desliza hacia criaturas fantasmagóricas, brujas y representaciones demoniacas. La ironía, el pesimismo y un malestar general complementan el nuevo panorama: una pesadilla con caníbales y horrores de las guerras se hace una constante, reflejo de la condición médica que atravesaba. “Corral de locos” (1974) ve la luz el año inmediato, mientras que “La lámpara del Diablo”, “El primer aquelarre” y “Caníbales contemplando restos humanos” aparecen cinco años más tarde, en 1798, contrastando con su obra anterior. Al mismo tiempo, el artista produce la serie de “Los Caprichos” y las “Pinturas Negras”.

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“Corral de locos” (1794)



Durante años, la versión más aceptada de estos hechos concibió erróneamente el viaje de Goya hacia Andalucía como clandestino y al mismo tiempo, daba por hecho que la enfermedad que provocó su sordera fue el saturnismo provocado por el plomo de la pintura; sin embargo, tanto la portentosa investigación de Maurer Gudrun, como un estudio sobre la afección del pintor de la escuela de Medicina de la Universidad de Maryland precedido por Ronna Hertzano, dan luz sobre los verdaderos hechos. Las conclusiones de Hertzano apuntan al Síndrome de Susac como el culpable del padecimiento, mientras las relaciones recuperadas por Gudrun dan cuenta del auténtico motivo de su visita a Andalucía. No sólo eso: mirando con un poco más de detenimiento, es posible descubrir en aquel fatídico viaje y la posterior enfermedad, los responsables del nacimiento de la pintura moderna a manos (y oídos) de un tal Francisco de Goya.


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Referencias

Maurer, Gudrun, “Una leyenda persistente: el viaje de Goya a Andalucía en 1793“, Boletín del Museo del Prado. Tomo XXVIII Número 46, 2010.

Maurer, Gudrun, “Goya, sordo, y la máquina eléctrica“, Boletín del Museo del Prado. Tomo XXX Número 48, 2012.


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