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Sencillas instrucciones para jugar a la ouija y no morir en el intento

Me burlé de él, mi risa retumbó en las paredes de un cuarto iluminado por velas en el que me atreví a desafiarlo; lo insulté y después lo reté a que hiciera acto de presencia, si es que en verdad existía. Hice mi primer pregunta y por supuesto mis dedos no se movieron, volví a […]



Me burlé de él, mi risa retumbó en las paredes de un cuarto iluminado por velas en el que me atreví a desafiarlo; lo insulté y después lo reté a que hiciera acto de presencia, si es que en verdad existía. Hice mi primer pregunta y por supuesto mis dedos no se movieron, volví a lanzar otras interrogantes al azar y no pasó nada, entonces voté la ficha que estaba usando sobre la ouija y me levanté a apagar las velas. Cuando soplé el último pabilo él supo que era momento de dejar de esconderse.

 No puedo ponerle un nombre a quien se apareció esa noche, porque aún no estoy segura de qué o quién fue el que me atravesó todo el cuerpo hasta tocarme los huesos. No lo digo de manera metafórica: eso que emergió del rincón más oscuro de la habitación, primero en forma de plasma y luego como una figura escamosa, se enterró en mi dermis. Mi sangre salpicó intensamente a través de los agujeros que sus manos, garras o una especie de ganchos que usaba por brazos me hirieron las piernas, los brazos, el pecho y abdomen. Sólo quedó intacta mi cabeza y así fue como pude mirarle el rostro; con casi todo su peso sobre mí esa criatura bufaba de manera grotesca rozando mi cara y ahí me di cuenta de que no me mataría –no inmediatamente–, él disfrutaba verme sufrir. Parecía excitarse cada vez que oía mi sangre escurriendo en el suelo o mi piel expandiéndose al perforarme más y más con sus escamosas extremidades. 

Ese ser infernal pudo haberme matado con un sólo movimiento, pero prefirió contemplar mi agonía, disfrutó todas las veces que me retorcí con su tortura y gozó los gritos de dolor que casi me desgarraron la garganta. Cuando casi me desvanecía escuché su voz grave y profunda: “Éste soy yo, existo y decido si vives o no, si sufres poco o mucho, si temes hasta morir o vives para agonizar”.

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Con historias como esa juran estar relacionados todos los aficionados a las fuerzas oscuras, los juegos macabros y retos diabólicos. Aquellos que creen en el dictador del infierno, que muchos aseguran existe debajo de nosotros, son los mismos que afirman que las puertas entre dos mundos pueden ser abiertas a través de rituales como jugar a la ouija. Satanás es la entidad maligna con la que más personas de las que imaginas intentan comunicarse a partir de una tablita de madera –o a veces un decadente tablero de cartón– y otros elementos clave como un puntero de forma triangular, una copa, un par de velas y mucha imaginación.

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La ouija es un tablero lleno de letras (A-Z), números (0-9) y dos palabras (sí y no) que –teóricamente– permite el contacto con los espíritus difuntos o, peor aún, con el diablo y todos los ángeles caídos. El inventor de este patético artefacto fue el estadounidense Elijah Jefferson Bond, quien patentó el mayor fraude del siglo XIX en 1890. A partir de ese momento la ouija le dio la vuelta al mundo, pero no se le nombró así hasta que Kennard –empresario que abrió una fábrica de “tableros espiritistas”– decidió combinar los vocablos oui y ja para comercializar su “idea millonaria”. Él afirmaba que se trataba de un término egipcio que significa mala suerte; después de que todos comenzaron a identificar dicho objeto con tal nombre, éste se comenzó a vender como un juguete para jóvenes “rebeldes” que intentaban comunicarse con los muertos y desafiar las fuerzas del más allá.

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Creas o no en ella, en su poder, valor y origen; existen testimonios que afirman haber contactado a Satanás u otra fuerza oscura que ahora atormenta sus vidas a partir del uso de este tablón. También están los escépticos que aseguran que el movimiento del puntero es resultado la acción ideomotriz; es decir, el movimiento generado a partir de la presión de los dedos que los mismos jugadores hacen sobre el tablero. Para la religión, jugar con la ouija es prácticamente dar un paso al lado contrario de Dios y su luz, pues se trata de una práctica que le falta el respeto a quien se dedica a proteger a la humanidad.

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Instrucciones:

Dependerá de tu educación, tus creencias, tu madurez y tus experiencias, pero en el plano más general, las sencillas instrucciones para jugar a la ouija y no morir en el intento son la siguientes: 

1. Consigue una ouija o fabrica la tuya (si se trata de un canal para contactar a una de las fuerzas más poderosas del inframundo, no debería importar si compraste el tablero en una tienda de antigüedades egipcias o si trazaste el alfabeto en una servilleta).

2. Elige al médium de la sesión, esta persona es quien realizará todas las preguntas de los demás participantes (siempre hay un líder en todos los grupos, escógelo a él para que la experiencia no se vuelva un desastre y Satanás no se moleste con ustedes).

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3. Prepara el ambiente y no permitas que nada interrumpa el contacto espiritista (algunas velas, los celulares en silencio y una noche oscura no sólo son el panorama ideal para una cita romántica, sino para jugar con la ouija también).

4. Cada uno de los jugadores debe colocar su dedo índice sobre el puntero y para calentar el tablero tienen que mover sus manos en círculos hasta que sientan que una fuerza los orilla hacia una o varias letras en específico (será mejor que juegues con alguien a quien conozcas a la perfección para que se coordinen a la hora de mover el puntero “como sí la tabla les respondiera”).

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Notas importantes:

De acuerdo con los expertos en el tema, debes pedir autorización tanto para empezar a preguntar como para salir del juego (igual que cuando querías jugar en el patio con tus amigos y le pedías permiso a tu mamá). También dicen que es mejor usar velas blancas en lugar de negras (si son aromáticas mejor). Sé paciente, respetuoso y responsable (además de comunicarte con el diablo podrías provocar un accidente entre tantas veladoras y tus nervios).

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