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La amistad según Aristóteles

“Todos los seres humanos son también seres de ensueños. El soñar une a toda la humanidad”.-Jack KerouacLa vida te adjudica, así sin preguntar ni consultarlo de antemano, a un montón de personas a las que llamarás familia. No es que sea malo, claro que no, pero a la familia hay que aceptarla y quererla tal y como es porque […]



“Todos los seres humanos son también seres de ensueños. El soñar une a toda la humanidad”.

-Jack Kerouac

La vida te adjudica, así sin preguntar ni consultarlo de antemano, a un montón de personas a las que llamarás familia. No es que sea malo, claro que no, pero a la familia hay que aceptarla y quererla tal y como es porque no hay de otra. No importa qué tan berrinchudos, enojones, simplones, groseros o serios puedan llegar a ser. Así nos tocó y no hay cómo hacerle. La vida, canija como ella sola, nos acomoda a su gusto y antojo: en cierto país, en determinada ciudad y con la familia que le apeteció. Y así como nos pudo haber tocado gozar de una vida maravillosa, la cosa pudo haber salido de la patada. Esto de la suerte al momento de nacer es un fifty/fifty.

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Pero bueno, aquí nos gusta ver el lado bueno de las cosas y por eso es mejor concentrarnos en lo positivo que hay en esta vida inelegible. Porque a pesar de no poder escoger el lugar donde vamos a nacer, la cuna que nos sostendrá al dormir, los tíos que nos jalarán de las mejillas o los hermanos con los que pelearemos durante la infancia. Esa vida, a la que llamé canija anteriormente, demuestra no ser tan terca al dejar un espacio abierto para que utilicemos nuestra libertad y elijamos a esos que nos acompañarán, consolarán, ayudarán y custodiarán a lo largo de nuestras vidas: a los amigos. Porque a los amigos no se les acepta tal y como son, sino que se les elije, son ellos los mejores compañeros que nos podría presentar la vida. 

            Es por esto que al elegirlos, hay que asegurarnos de admirarlos de una u otra manera, de contar con ellos siempre, y las mejores y peores circunstancias. Hay que tener la certeza de que ellos nos hacen crecer humanamente, siempre y en todos los aspectos. Que realmente no podamos ni imaginar qué sería de nuestra vida sin ellos.

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“La presencia de los amigos en la buena fortuna lleva a pasar el tiempo agradablemente y a tener conciencia de que los ellos gozan con nuestro bien, por eso debemos invitarlos a nuestras alegrías”. – Aristóteles, Ética a Nicómaco.

 Aristóteles, entendiendo la gran importancia de este factor para el ser humano, le dedicó los libros VIII y IX de la Ética a Nicómaco al estudio de la amistad. Y afirma en estos textos que ésta es indispensable para el hombre ya que sin amigos el deseo de vivir y de levantarse para sobrellevar el día a día lo tendríamos por los suelos. ¿Habría motivación? ¿Impulso? ¿Objetivos? ¿Diversión? ¿Consuelo? 

            Sin embargo, por más necesaria que sea la amistad para la supervivencia del ser humano, no todos saben aplicar de manera correcta esta virtud. ¿Por qué? Porque no es fácil, así de simple.  Somos hombres y adheridos a todos nosotros viene uno que otro defecto que puede hacer de cualquier relación algo inservible. No es fácil dejar a un lado los intereses personales para fijarnos en el bienestar del prójimo, ni tampoco es fácil pensar en alguien más antes que en nosotros mismos. Somos egocentristas por naturaleza, y para ser buenos amigos hay que aprender a dejar eso a un lado.

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“Preferid, entre los amigos, no sólo aquellos que se entristecen con la noticia de cualquier desventura vuestra, sino más aun los que en vuestra prosperidad no os envidian”. – Sócrates.

 En este texto, Aristóteles indica que existen tres clases de amistad. La primera es la perfecta, una muy difícil de alcanzar, claro está. Se da cuando existe una reciprocidad incondicional entre los amigos. Cuando estos buscan el bien del otro y se alegran por los triunfos alcanzados por el amigo. Existe una superación constante entre ambos. Es como si los dos estuvieran escalando una montaña (vida), de vez en cuando uno de los dos toma la delantera, pero siempre se detiene para tomar la mano del que se está quedando atrás y ayudarlo a avanzar. No se frena, regocijándose de su ventaja, ya que no siente que esté avanzando si no va su amigo a su lado.


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“Lo que hace indisolubles a las amistades y dobla su encanto, es un sentimiento que le falta al amor: la certeza”. – Balzac 

La segunda clase de amistad es la de aquellos que se frecuentan por interés, no por sí mismos, sino en la medida en la que el uno se puede beneficiar del otro. Me conviene ser su amigo, me conviene tratarlo bien o hablarle por teléfono de vez en cuando. ¡Vamos! ¿Cuántas veces no hemos escuchado algo así? Y la tercera clase de amistad es la meramente hedonista. ¿Qué quiero decir? Pues que nada más se buscan por placer, por satisfacción personal. En ambos casos la amistad, el amigo, se convierte en un medio, en un objeto, que nos ayuda a conseguir lo que sea que deseemos. Son relaciones muy fáciles de disolverse, no contamos con ellos para cualquier cosa, porque realmente nunca se interesaron por nuestro bien, sino por su propio placer. Así que cuando ya no nos es útil la persona que tenemos a un lado, entonces desaparece la amistad.

 
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“Prefiero unos pocos allegados a las malas compañías, pero deben saber ir y venir oportunamente”. -Nietzche.

 Explica también Aristóteles cómo los reclamos y reproches normalmente no forman parte de la amistad perfecta, sino que pertenecen a la amistad por interés. Su punto aquí es muy acertado. Un amigo no suele echar en cara lo que sea que éste ha logrado hacer por el otro, ni siente coraje al respecto, ya que los beneficios en la amistad suelen ser prestados y se tiene la certeza de que algún día habrá un intercambio de favores. El mejor ejemplo sería el de nuestras pertenencias. El que un amigo llegue a nuestra casa y tome de la despensa lo que quiera cuando lo quiera, no debería molestarnos, porque tenemos la certeza de que nosotros podemos hacer lo mismo cuando sea que lleguemos a su casa. ¿O no?

 “Si hacéis amistad con un cojo, aprended a cojear”. – Plutarco
 

Las críticas tampoco caben en el primer tipo de amistad. Porque se cree primero en el testimonio del amigo que en las acusaciones que terceros pueden llegar a hacerle. Al haber conocido a alguien de tanto tiempo, al haber compartido tantos secretos, confidencias y ser testigo de tantas emociones, de tanta vida, es difícil creer mentiras, exageraciones o acusaciones falsas sobre el amigo, porque se le conoce bien. Es por esto que se le defiende.

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 “Reprende al amigo en secreto y alábalo en público”. -Leonardo da Vinci

 Según el buen Aristóteles una amistad no depende, ni dependerá, del lugar en donde hayamos conocido a esta persona, de donde venga o a dónde se dirija. Los pudimos haber conocido del otro lado del charco hace unos seis meses, o en nuestra ciudad natal el primer día de escuela. A las amistades no se les debe elegir para lucir mejor, ayudarnos a conseguir el trabajo o el grupo social al que deseamos pertenecer. No podemos juzgar quién es y quién no puede ser nuestro amigo en base a prejuicios, etiquetas, que solo resaltan nuestra propia ignorancia. Ellos pueden ser ruidosos, fiesteros, serios, estudiosos, muy maduros para su edad o aniñados, raros, intransigentes o demasiado alivianados. ¡Quién sabe! Pueden tener una personalidad completamente distinta a la nuestra o ser parecidos. Pero a fin de cuentas, no son esas las pautas que garantizan la existencia de una verdadera amistad. Sino qué tanta es la alegría que sienten por nuestros triunfos o la empatía con la que manejan nuestras tristezas. Las confidencias que saben guardar, el respecto o la compañía incondicional. Saber caminar en los zapatos del otro, porque así como Cicerón también lo dijo, un amigo es otro yo y viceversa.

 Cerramos con una pregunta: ¿Has elegido bien a tus amigos? O más bien ¿Eres un amigo digno de ser elegido? 

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