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La mentira que todos creímos sobre el espacio público y la arquitectura

“¿Cuál es el objeto de la arquitectura? La ciudad de todos; la ciudad para todos. Y ésta no es, como creen los sociólogos, un asunto colectivo. La ciudad de todos es la ciudad en la que yo pueda al fin estar solo, pero yo sólo puedo estar en verdad solo si estoy realmente con los […]



“¿Cuál es el objeto de la arquitectura? La ciudad de todos; la ciudad para todos. Y ésta no es, como creen los sociólogos, un asunto colectivo. La ciudad de todos es la ciudad en la que yo pueda al fin estar solo, pero yo sólo puedo estar en verdad solo si estoy realmente con los otros”.

Paulo Mendes de Rocha

“Aun un niño sabe que una formación social que no reproduzca las condiciones de producción, al mismo tiempo que produce, no sobrevivirá siquiera un año”.

Karl Marx



¿De qué hablamos cuando hablamos de ciudad?

Cualquier capitalista  sabe que todos los años es necesario prever la reposición de lo que se agota o gasta en la producción: materia prima, instalaciones (edificios), instrumentos  de producción, etc. Sin embargo, y para que el sistema sobreviva, debe estar amparado por un aparato ideológico que lo acepte y hacia el cual no hayan objeciones. Es decir, que el sistema crea una perversión que deviene en ideología ciega a fin de que el sistema se perpetué (sino, se entendería que ya habría colapsado como ha sucedido en Estados Unidos). Y es curioso que precisamente el sistema haya colapsado en el rubro inmobiliario, porque es un sistema que escapa a la lógica del capitalismo desde que su producción no puede “reproducirse” tan fácilmente como en otros casos, dado que ampara variables que escapan a su control. Por ejemplo, el valor de cambio de dicho bien o producto se opera, en lo esencial, fuera de la empresa; es decir, que la plusvalía –o el intangible valor agregado promovido por los capitalistas- se encuentra en algo tan difícil, resbaloso y jabonoso como lo es –para ellos- la Arquitectura, pues cuenta con una ideología propia, con un sistema que, si bien en muchos casos reproduce los patrones que resultaron exitosos en otro proceso (por ejemplo, en inversión inmobiliaria), probablemente dichos códigos no tengan éxito en otro lugar. Y es que ahí entran en juego variables como el sistema de clases: si eres del Sector I (productor de los medios de producción), del Sector II (productor de los medios de consumo) o de la fuerza de trabajo; habría  que decir que el último no tiene mucho de dónde elegir y que es el final –y el comienzo- de la cadena de consumo. Sin embargo, la Arquitectura funciona en un hiato ubicado entre el Sector I y el Sector II, pero únicamente como un elemento más del sesgo de la producción. Para todos los efectos prácticos, la Arquitectura es una plusvalía dentro del sistema “reproductivo”, ya que funciona como bien de consumo en la medida que pueda  ser “producido”, es decir: para una  sociedad capitalista la Arquitectura es un bien necesario, si bien superfluo, a menos que beneficie el consumo inmediato.

Espacio público


Lo mismo sucede con nuestras ciudades: sólo existen en la medida que responden a ejercicios prácticos de la sociedad de producción/consumo inmediato. Sin poder escapar a dicha lógica, obedecen reglamentos –o los crean- con el fin de servir y alcanzar la máxima plusvalía del metro cuadrado. En una cultura así, los edificios más altos no son  aquellos que sirven a la sociedad (edificios de departamentos, hospitales, manicomios) sino aquellos que se sirven de ella (bancos, financieras, oficinas) y que guardan —pero evitan demostrar al mismo tiempo— el control de los medios de producción. O como bien reflexiona el arquitecto holandés Koolhaas: “es curioso ver cómo las clases con menor poder adquisitivo poseen el terreno horizontal, o sea algo concreto, mientras las clase con mayor poder adquisitivo poseen el aire, o sea algo intangible y sin aparente valor real”.

Espacio público

Es entonces que se revela que los elementos de control, como el gobierno municipal,  jamás entenderá el verdadero propósito de la ciudad en la medida que no recupere –o invente-  mayores y mejores espacios urbanos. Parte del problema es que no existe una “autoconciencia” y –parafraseando a Lacan-: nadie puede llegar a conocer el espacio público porque no existe como tal. Porque en la medida que lo creamos, como un remanente simbólico de nuestras soledades, e impulsemos a la sociedad a saciarse de ellos, el sistema de pensamiento imperante no dictará que sólo el espacio público protegido por el capitalismo y el intercambio de valores de cambio, es posible. Es decir, que sólo los centros de intercambio (mercados, malls o bancos) nos ofrecen la ilusión de la precaria comunión colectiva.

La ciudad no nos ofrece un “sentido” de disfrute del “otro”, sólo la posibilidad fugaz de un espacio donde declarar: “esto no es un espacio público”. Y en cierto sentido es así, porque si es verdad que se han creado ciertos espacios públicos, no se ha resuelto el problema urbano, ya que ni urbanistas, ni sociólogos, ni mucho menos psicólogos sociales, son capaces de reflexionar sobre la ciudad, sino que ésta es competencia de los arquitectos, desde que la plusvalía con la que negociamos es la “interpretación simbólica de lo singular, extendiéndose hacia la otredad”.  Es decir, que existe dentro de cada arquitecto la extraña sensación de la interpretación íntima (y por lo tanto subjetiva, irreal y fantasiosa) de la “colectividad” del espacio urbano. No existe otro modo de concebirlo porque la premisa de que no puede resolverse basándose en métodos matemáticos, estadísticos o científico sociales, ha fracasado desde siempre. El espacio urbano no se “inventa” porque sencillamente NO existe. El espacio urbano se descubre como un vector inmóvil (con el perdón del oxímoron), en el lugar donde muchas fuerzas convergen.


espacios

Pero al ser un acto artificial, al ser un acto “fundacional” aislado, debe esforzarse en definir un “significante”, una “cosa” no que “represente” algo para alguien (acto mecánico inútil) sino que trascienda el hecho físico y permita a las personas adueñarse, en sus múltiples soledades, de los espacios que les son comunes (manteniendo por supuesto dicha soledad) creando una “ilusión compartida”: el espacio colectivo. Por lo tanto, el espacio urbano no es lo que los políticos o tecnócratas creen, un valor de cambio, una formación social que puede cuantificarse conforme a sus probabilidades o plusvalía que ofrezca a la ciudad. No. Por el contrario, éste debe verse como una entelequia, como un sistema que trasciende al pensamiento imperante y que, valiéndose de él, crea su propia entidad, no su “identidad” necesariamente.

Las  personas no se identifican con un lugar: las personas sólo confluyen en un lugar para diluir precisamente las diferencias económicas, sociales, etc. De este modo el espacio urbano es colectivo, sí, pero no necesariamente “integrador” en el sentido que no pretende “democratizar” las diferencias, sino hacer que el espacio trascienda las mismas y todas las personalidades encuentren su posición dentro del mismo espacio, sabiendo que le es propio al mismo tiempo que le es ajeno. Eso explica porqué muchos espacios que intentan hacer confluir diversas fuerzas sociales fracasan en su intento, ya sea porque plantea códigos estéticos definitivos, o definidores, y terminan sellando el espacio urbano con una delgada -pero caliente- línea virtual roja que impide el paso de otro, de cualquier “otro”.

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Los espacio colectivos heredados de nuestra Colonización intentaron –ideológicamente- destinar un sitio para que se realizaran actividades, dado que al no existir el automóvil, la calle era de por sí un vector urbano, un espacio donde no sólo se sentía la inclusión en el  sentido de “barrio” (la palabra barrio viene de la palabra árabe barrí que significa campo, exterior o selva) sino en el que se detectaba inmediatamente la diferenciación, lo personalizado entre un barrio y el otro. Y esto es muy importante porque no se entiende que muchas veces los espacios  urbanos funcionan como “fórceps urbanos”, ya que permiten limbos donde se diluyen las diferencias entre un barrio y otro hasta que estos se fundan en un único espacio. Está de más decir que dichos espacios no se pueden plantear como “espacios de sobra”, “marginales” o periféricos, dado que deben permitir la “ilusión de lo colectivo”, donde el conocimiento del otro es posible y –siguiendo a Lacan- por más que esto sea imposible y “nadificante” en la medida que se plantea.

Parafraseando a Cortázar, también podríamos decir que el espacio público es una mentira pero funciona.



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