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La partera de la muerte mexicana que se hizo famosa por convertirse en asesina serial

El oficio de las parteras forma parte íntegra de las raíces de México y América Latina. Desde tiempos prehispánicos, las encargadas de auxiliar en las labores de parto fueron vistas como portadoras de buenas noticias. A través de los saberes tradicionales heredados de generación en generación, estas mujeres aparecían en los momentos decisivos para ayudar a […]



El oficio de las parteras forma parte íntegra de las raíces de México y América Latina. Desde tiempos prehispánicos, las encargadas de auxiliar en las labores de parto fueron vistas como portadoras de buenas noticias. A través de los saberes tradicionales heredados de generación en generación, estas mujeres aparecían en los momentos decisivos para ayudar a nacer al futuro de la humanidad. En pocas palabras, su presencia transmitía esperanza y su labor es una eterna lucha por la vida. 

Sin embargo, el caso de Felícitas, mejor conocida como “la trituradora de angelitos”, una sangrienta excepción en la historia de las parteras. A pesar de que no se conocen a ciencia cierta sus orígenes, la mayoría de historiadores coincide en que una mujer llamada Felícitas Sánchez Aguillón, nació ayudada por una partera, en 1890 al norte de Veracruz. Su madre nunca tuvo tiempo para atenderla y conforme crecía, desarrolló una marcada carencia de empatía social y los sentimientos que un hijo puede tener hacia la mujer que le dio la vida.

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Durante su primera década de vida, Felícitas disfrutaba de asesinar perros y gatos cruelmente, envenenándolos o golpeándolos hasta la muerte. Después de terminar la educación básica, la joven inició estudios en enfermería en el puerto veracruzano, para graduarse años más tarde y comenzar a ganarse la vida como partera.

En 1905, Sánchez inició una relación sentimental con un hombre llamado Carlos Conde. Luego de salir por algunos meses y vivir un tórrido romance, Felícitas y Carlos deciden casarse a pesar de su vulnerable condición económica. Los traumáticos recuerdos de su infancia parecían quedar atrás y poco a poco, la figura de madre tomaba un significado distinto al de sufrimiento y soledad que acechaba su mente cada noche.

Felícitas Sánchez Aguillón

Cinco años más tarde, la pareja recibe entusiasmada la noticia de su embarazo, pero las dificultades económicas hacen cada día más difícil la subsistencia y después de pasar hambre por días, ambos deciden regalar a las gemelas recién nacidas que había llevado durante su vientre. Este hecho habría marcado la vida de Felícitas para siempre y meses después, su matrimonio se había hundido en una espiral de culpas mutuas y violencia.

Después del trago amargo, la partera decidió emigrar a la Ciudad de México en busca de una nueva vida. En plena efervescencia de la Revolución, la Colonia Roma se levantaba como un barrio residencial al suroeste del centro de la capital, donde la clase alta poco a poco comenzaba a mudarse a grandes casas de diseños vanguardistas para la época. En este lugar se estableció y no le tomó demasiado tiempo encontrar una agradable vivienda compartida en el número 9 de la calle de Salamanca. Sin experiencia en otro oficio, Felícitas resolvió reiniciar su vida como partera para subsistir e hizo de su habitación un pequeño local para atender partos.

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Poco a poco, su fama como partera se expandió a otros barrios de la ciudad y mujeres de todas clases sociales decidían visitarla para pedir sus servicios. Con su negocio en franco ascenso, expandió su oferta obstétrica y pronto se especializó en abortos, sin importar las condiciones sanitarias o quirúrgicas; ni siquiera los meses de gestación. 

Con el paso de los años, su compañera de piso comenzó a notar cómo los baños se tapaban constantemente. Después de cada reclamo, Felícitas llamaba a un plomero que conocía para arreglar la avería y que su vida siguiera marchando en total calma. Pero en 1941, la cañería que conectaba el edificio de Salamanca 9 con el sistema de drenaje de la ciudad resultó completamente tapado. 

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El hombre del primer piso, poseedor de una miscelánea, decidió llamar un grupo de albañiles y plomeros, que resolvieron romper el pavimento y destapar directamente la alcantarilla. Al tercer día de labor, un olor fétido invadió toda la colonia y después de internarse en la tubería, descubrieron lo impensado; cráneos de bebés, gasas empapadas en sangre y otros cuerpos desmembrados impedían el paso de los desechos hacia el drenaje local.

Para ese momento, Felícitas había escapado. Inmediatamente, la policía allanó su habitación y encontró un altar con velas, fotografías y un cráneo humano. Los crímenes de “la ogresa de la Roma” (apodo alusivo al término mitológico para referirse a a una “giganta fantástica que se alimentaba de carne humana”) eran mucho más crueles de lo que se creía: no sólo practicaba abortos sin importar el desarrollo gestacional, también dirigía una red de venta de menores, donde seleccionaba a los que le parecían más interesantes para asesinarlos prendiéndoles fuego, envenenándolos con leche o carne podrida o desmembrándolos hasta el delirio. 

Se presume que para ese instante, Felícitas Sánchez había cometido más de 50 infanticidios, además de los partos fallidos y los abortos avanzados. El caso tomó relevancia nacional y escandalizó al país entero, pero sólo se mantuvo durante tres meses en prisión, debido a que su abogado amagó con revelar la lista de clientes que mantenían la red de compra-venta de infantes y a las mujeres que habían optado por abortar en una época en que hacerlo era sinónimo de crueldad y homicidio.

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Como el listado incluía a personalidades prominentes de la política mexicana, Sánchez recibió derecho a fianza ante la sorpresa de todo el país, pero era demasiado tarde: en la cadena de muerte y decadencia, Felícitas formaba parte del último eslabón. Con el rechazo sistemático de todos quienes la conocían (excepto de Carlos Conde, quien pagó la fianza), la asesina serial e infanticida se quitó la vida, la madrugada del 16 de junio de 1941, con una sobredosis de fármacos y su historia pasó a la posteridad como el terrible caso de la partera de la muerte.



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