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La testigo

Me apodaban la Nena por ser la más pequeña entre mis hermanas. Crecí en el ámbito de las grandes fiestas, entre los danzones kilométricos de navidad o fin de año, rodeada de borrachos, tíos y compadres, bailongo y recalentados.En una ocasión, tía Ángela, hermana de mi madre, fue la anfitriona de uno de estos pachangones; […]


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Me apodaban la Nena por ser la más pequeña entre mis hermanas. Crecí en el ámbito de las grandes fiestas, entre los danzones kilométricos de navidad o fin de año, rodeada de borrachos, tíos y compadres, bailongo y recalentados.

En una ocasión, tía Ángela, hermana de mi madre, fue la anfitriona de uno de estos pachangones; lo que resultaba increíble debido a su reciente condición de viuda. Jamás conocí al tío occiso, sólo sabía que su nombre era Marón y que su cuerpo jamás fue hallado.

Aquella noche todos los chamacos jugábamos en el patio a las escondidillas y le tocaba contar a mi primo mayor, el Siro. Cuando cada uno de nosotros corrió a buscar su escondite, yo escogí el interior de la casa, aunque supiera que aquello era hacer trampa. Esquivando el bosque de piernas que bailaban a lo largo de la sala, llegué a la mesa donde mis padres conversaban con la parentela, rostros fieros entre los que destacaban los rasgos de mi padre, quien por ese entonces era un vago, alguien que pocas veces se encontraba en casa, pero que cuando aparecía, nos colmaba de historias inquietantes. Aquella ocasión relataba algo sobre de una persecución en Phoenix Arizona, la que había terminado con un tráiler lleno de indocumentados asfixiados. Yo me subí en sus piernas, quería escucharle sin perder algún detalle que impidiera formularme una versión fija de los acontecimientos; él ni siquiera volteó a verme, continuó sumergido en el trance que mediaba sobre la mesa, la anécdota y aquellos individuos recelosos escuchándolo. De pronto mamá me reprendió, diciéndome mientras me apretaba el brazo:

─Salte a jugar, Nena. No debes escuchar la charla de los adultos, siempre te lo hemos advertido.

Despacio, descendí de mi padre como si me deslizara por una resbaladilla y regresé a internarme en las piernas danzantes. Recordé que tenía que encontrar un escondite y el sitio ideal apareció frente a mis ojos. La habitación de tía Ángela era oscura y fresca, debido a que ni siquiera durante el día le pegaba el sol. Me metí debajo de la cama, ahí permanecí, quietecita, un largo rato. Luego escuché la puerta de la habitación abriéndose despacio y, creyendo que se trataba de Siro, me encogí de rodillas, intentando respirar sin agitarme. En poco tiempo descubrí (gracias a la luz proveniente de la sala) que se trataba de una mujer con zapatillas negras, idénticas a las que yo solía ponerme cuando mamá no estaba en casa.

Alguien encendió la luz del cuarto. Poco a poco la risa fue apoderándose de mí, como si aquel escondite de pronto se volviera fechoría.

─Ya vine ─dijo la voz de mi madre.

Asomé la cabeza por el filo del colchón para ver a quién se dirigía, mas no logré distinguir sino una silueta detrás de la cortina, a mi costado, desde donde se filtraba un tenue silbido proveniente de la calle. De pronto, ante la maravilla de mis ojos, vi a mi madre caminar hacia la ventana y abrazarse a aquella silueta silenciosa, mientras se levantaba la falda, dejando al descubierto sus piernas. Yo no oía más que la música proveniente de afuera, tratándose de los sones de La Matancera. Entonces mi madre, siempre afecta a bailar, comenzó a menearse al compás de la banda, abrazada a aquel cuerpo inflexible, que poco a poco fue animándose, adoptando la postura de las parejas cuando bailan. Yo estaba estupefacta, no sabía realmente cómo interpretar aquello…

Lo peor vino instantes después, cuando mi madre arrastró hasta la cama a su pareja, ya tenía la falda a mitad de los glúteos, sus bocas chasqueaban de besos y bufidos. Ella de pronto dijo jadeante, como si estuviera enojada:

─Ay Marón, mi Marón, sino fuera por, si no fuera por…

Al escuchar estas palabras me estremecí. Y no supe cómo logré salir de mi escondite, pero debió tratarse de un salto despavorido que borró cuanta memoria pude disfrutar en aquella edad. Sin parar de correr, llegué de nuevo hasta el comedor, crucé el bosque de piernas y no me di cuenta cuando trepé a las de mi padre, quien continuaba describiendo la misma escena, frente a aquellos rostros inexpresivos.

Luego volteé y era inaudito lo que veía: mi madre estaba sentada en su sitio, no parecía haberse movido en ningún momento, llevaba puesta la misma falda negra, las mismas zapatillas negras, fijando toda su atención en mi padre. La sangre se me heló. Ella sonrió y me miró de reojo, diciéndome:

─Salte a jugar, Nena. No debes escuchar la charla de los adultos, siempre te lo hemos advertido.


La imagen que ilustra este cuento pertenece a la película Caterpillar.

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