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¡No más lecturas electrónicas! El libro en papel vuelve a su trono

Una horda de individuos “lectores” invaden las ciudades, los espacios que fomentan la contemplación —sea actuada o genuina—, de las hojas de un libro de este o de otros siglos. Se mezclan entre la manada bestial del Sistema de Transporte Colectivo. Cuando detecté a uno de ellos por primera vez, me arrancaron una página. Y […]



Una horda de individuos “lectores” invaden las ciudades, los espacios que fomentan la contemplación —sea actuada o genuina—, de las hojas de un libro de este o de otros siglos. Se mezclan entre la manada bestial del Sistema de Transporte Colectivo. Cuando detecté a uno de ellos por primera vez, me arrancaron una página. Y cuando un familiar me sugirió que aprovechara un descuento para comprar el dispositivo funesto, me deshojaron.

¿Quién quisiera leer puros libros electrónicos? Tan sólo uno me resulta inconcebible. No es ñoñería ni pseudo intelectualismo. Impensable leer a Sabato sin frotar el lomo de una edición que hallé a mi paso por una calle del centro (no importa cuál) o sentirme reconfortada por volver, por regresar la página cuando se me ha olvidado un nombre o cuando quiero aprenderme la frase que me hizo olvidarme que estaba en la estación Tacubaya a las ocho de la mañana, en la hora precisa de las olas de gente que desesperan hasta la furia.

Y del olor mejor ni hablemos. No olfatear un libro es como no haberlo poseído del todo. Como haber comido tacos de pastor sin salsa. Por suerte para la otra tribu (la de los lectores “tradicionales”, reacios), los libros electrónicos (llamados e-books en muchas partes del mundo), están perdiendo la carrera.

Las ventas de los e-books disminuyeron en un 17 por ciento durante el 2016 en Inglaterra, una de las naciones más ávidas de la lectura. La Asociación de Publicadores confirmó que las ventas de libros “físicos” (que realmente sólo deberían llamarse libros, sin más) y de los diarios incrementó un siete por ciento durante el mismo periodo. Los niños de los niños, por su parte, presentaron un incremento del 16 por ciento.

*Fuente: Sparkle Scribbles.

*Fuente: Sparkle Scribbles.

 

La CNN informa que esa misma tendencia se presenta en Estados Unidos, donde las ventas de e-books disminuyeron un 18.7 por ciento durante los primeros nueve meses del 2016 y la venta de libros de bolsillo también subió un 7.5 por ciento.

De acuerdo con Phil Stokes, el director de la consultora inglesa PwC dijo para la CNN que el formato impreso es atractivo para muchas personas y las editoriales están descubriendo que hay algunos géneros que “se prestan más para ser impresos que otros”, por lo que los están tomando para incrementar la venta de todos los libros tradicionales en general.

Por ejemplo, un libro infantil en su versión en línea no resulta tan colorido, ni tan atractivo, ni alcanza tanto a los infantes como el resto de las versiones: tocar el dibujo. Y también están los necios, que no pueden leer determinados tipos de literatura más que en su versión impresa. ¿Quién puede culparlos?

Las razones detrás de la emancipación son sencillas: Phil dice que regalar un libro electrónico “es mucho menos impresionante” que regalar un libro impreso, al que se le aplicó el humilde oficio de la edición. Asimismo, las personas han afirmado querer disminuir el tiempo que pasan frente a una pantalla: ya es suficiente con la computadora y con los celulares.

Por el otro lado, el retorno de los libros como objetos artesanales implica que los que están detrás del desarrollo de dispositivos para leer la versión en scrolling entren en pánico y finalmente sucumban, pues las ventas de los e-readers disminuyeron un 40 por ciento entre el 2011 y el 2016.

lecturas electrónicas

*Fuente: Pinterest.

 

El éxito que tuvieron fue precoz y breve. No contaban con que, quizás, nunca nadie esté dispuesto a hacer el resto de las lecturas de sus vidas en una pantalla. Pew Research, think tank estadounidense, reveló que mientras un 65 por ciento de la población había leído un libro impreso, únicamente 28 por ciento lo hizo en su otra versión, casi el mismo porcentaje de los estadounidenses que no ha leído ningún tipo de libro. Ni siquiera en la versión auditiva. 

Sea como sea, uno siempre regresa de donde vino, a las raíces que lo formaron. Impensable leer una crónica de Leila Guerriero sin sentir sus páginas (el rastro de sus huesos). ¡El libro jamás morirá!

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