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El hombre que nos mostró los límites de la belleza a través de su música: Leonard Cohen

El canadiense Leonard Cohen se autoexilió, durante la década de los 60, en la orilla del mar Egeo, al sur de Atenas, en la isla de Hidra; una pequeña superficie griega localizada en aguas del Golfo Sarónico. Leal a su vocación por la poesía, en el destierro publicó  “Flowers for Hitler” (1964), una colección lírica […]



El canadiense Leonard Cohen se autoexilió, durante la década de los 60, en la orilla del mar Egeo, al sur de Atenas, en la isla de Hidra; una pequeña superficie griega localizada en aguas del Golfo Sarónico. Leal a su vocación por la poesía, en el destierro publicó  “Flowers for Hitler” (1964), una colección lírica junto con dos novelas: “The Favourite Game” (1963) y “Beautiful Losers” (1966). Su aislamiento le sirvió para emprender su carrera y convertirse en uno de los músicos y poetas más queridos por el público, quienes, al igual que sus hijos: Adam y Lorca Cohen, lloran la reciente partida (el pasado 10 de noviembre) del apasionado músico de folk. Como otras personalidades con quienes se le ha comparado, sus letras nos dan una sensación de trato con una poesía honesta y sin pretensiones.


Leonard Cohen


Leonard Cohen nació el 21 de septiembre de 1934 en Montreal, Canada, en una familia judía de clase media. Sus padres eran Marsha Klonitsky, una emigrante lituana y Nathan Cohen, descendiente de emigrantes polacos. Su padre murió cuando Leonard tenía 9 años. Sobre su familia Leonard comento: “Me dijeron que era un descendiente de Aarón, el sumo sacerdote”. Desde temprana edad mostró un dedicado afecto por las letras,  gusto que determinaría los años venideros.

Como todo lector empedernido, Cohen encontró sus aptitudes literarias en los libros que leyó en su juventud. En 1949, con tan sólo 15 años, entró a una librería de segunda mano en Montreal, donde encontró la versión traducida al inglés de “El diván de Tamarit”, un poemario de García Lorca que incluye “Gacela del mercado matutino”:

“Por el arco de Elvira

Quiero verte pasar

Para saber tu nombre

Y ponerme a llorar.

¿Qué luna gris de las nueve

Te desangró la mejilla?

¿Quién recoge tu semilla

De llamarada en la nieve?

¿Qué alfiler de cactus breve

asesina tu cristal?”.

 

El vínculo de Leonard Cohen con Federico García Lorca sería desde entonces profundo e inexorable. Las letras de Lorca influenciaron las partituras de Cohen a lo largo de su vida: “Fue el primer poeta que me invitó a vivir en su mundo”, comentó; lo cual también podemos escuchar en “Take this waltz”, adaptación del “Pequeño vals vienés”:

“En Viena hay diez muchachas,

un hombro donde solloza la muerte

y un bosque de palomas disecadas.

Hay un fragmento de la mañana

en el museo de la escarcha.

Hay un salón con mil ventanas”.



Pese a que el lazo de Cohen con España ya existía por la relación de admiración e inspiración que tenía con Lorca, el nexo del músico con la península ibérica tuvo otra anécdota poderosa:

A principios de los 60, Leonard estaba en casa de su madre en uno de sus días de descanso durante su estancia en la Universidad Mcgill. El hogar de Marsha estaba junto a un parque que tenía una cancha de tenis donde se congregaban los jóvenes de la localidad. Durante esta visita, Leonard encontró a un joven español tocando la guitarra en el parque; era un ritmo que nunca antes había escuchado: flamenco. El canadiense se empeñó en tocar como él; se sentó a su lado por un rato. La conversación fue engorrosa, el guitarrista no sabía hablar inglés y se podían comunicar solamente en un francés muy limitado. Finalmente, Leonard lo convenció de darle lecciones. Acordaron el salario y el lugar: la casa de su madre. Al día siguiente el chico llegó para dar la clase  y se percató de la habilidad mediocre de Cohen con la guitarra. Afinó el instrumento de su aprendiz y le enseñó una progresión de seis acordes. Al día siguiente Leonard siguió practicando las mismas melodías y al tercer día ya había mejorado un poco. El que iba a ser el cuarto día de lecciones, el joven no se presentó a la cita. Cohen tenía el número telefónico de la pensión donde se hospedaba y llamó para saber qué le había impedido aparecer en la reunión. El español se había quitado la vida.

Leonard Cohen nunca supo cómo había llegado a Montreal, o las razones por las que había salido de España ni qué lo había llevado al suicidio, pero su música y parte de él había nacido de esa progresión de seis acordes. Muchas veces es extraño lo que la aparición o ausencia de una persona cambia nuestras vidas. Para Leonard Cohen fue aquel día de asueto: el camino que eligió para su vida fue producto de un espectro que se presentó y huyó en un pestañeo.

 

“La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. (..) Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo”, declamó Cohen al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en el 2011. 





Durante su época en Mcgill, formó una banda llamada “The Buckskin Boys”, con quienes practicaba canciones de folk, muy populares en aquellos años. En su tercer año abandonó el hogar de su madre, con quien había mantenido una relación áspera desde hacía tiempo, la cual llegó a mostrar cierto grado de violencia. La condición perturbada de Marsha la conduciría a ser internada en un hospital psiquiátrico, donde pasaría sus últimos años.

Leonard Cohen, The-Buckskins-Boys


Al terminar su carrera obtuvo una beca en letras inglesas en la Universidad de Columbia, pero rechazó la oportunidad. En 1956, 45 poemas de Cohen fueron publicados en el libro “Let Us to Compare Mythologies” (1956), mismo que dedicó a su padre. Después de un viaje a Nueva York y de haber editado su segundo libro: “The Spice-Box of Earth” (1961), decidió establecerse en Grecia, en aquella isla que ya hemos mencionado.

No es posible usar la palabra “poeta” con ligereza tratándose de Leonard Cohen, pues al inicio de su carrera muchas de sus composiciones fueron poemas antes que canciones. A sus 27 años, fatídicos para algunos de sus contemporáneos, ya tenía un repertorio suficiente para acreditar una carrera digna de mención, y a sus 82, era un mito por sí mismo.





La voz de Leonard Cohen, cavernosa y envejecida, transmitía cierta sensación afligida; igual que sus canciones sobre el amor, la vida, la fe, las luchas del hombre y su existencia, era profunda y misteriosa.

En medio del desasosiego de su muerte, encontramos refugio en sus letras: en los brazos de `Suzanne´, la expresión pesarosa de `I´m your man´ y en el corazón de una joven de Texas llamada Janis, durante un romance en `Chelsea hotel´. Habría que detenernos en la última para contar su historia: cuando Leonard Cohen tomó el elevador de un famoso hotel en Nueva York, en la tentativa de liarse con Brigitte Bardot, en un inoportuno desvió del destino, falló en su intención; en búsqueda de la modelo francesa se  tropezó con Janis Joplin, la ya entonces célebre interprete de blues, con quien pasó aquella noche y ofreció una canción escrita al calor de la habitación.

La composición recita el encuentro entre ambos y captura las palabras de Janis: “No importa, somos feos, pero tenemos la música”. Cohen concluye la canción con una aclaración sobre la naturaleza de su affaire: “Te recuerdo bien en el Hotel Chelsea, eso es todo, ni siquiera pienso en ti tan a menudo”.



La historia de Leonard Cohen y Janis Joplin se apiló al cúmulo de nombres conocidos dentro de la cultura del siglo XX. Escritores de la generación beat como Jack Keruac, William Burroughs y Allan Ginsberg, quienes también influenciaron al músico. Otros autores que admiraba y tenían presencia al momento de escribir fueron Sartre y Simone de Beauvoir, y los músicos  Patti Smith, Édith Piaf, Bob Dylan y Sid Vicious. 

Al igual que la mayoría de los creadores, gran parte de su trabajo literario era autobiográfico. Muestra de ello es `So Long Marianne´,  parte de su álbum debut “Songs of Leonard Cohen”. Cuando Cohen residía en la isla de Hidra con su Olivetti y su guitarra, se integró a un movimiento contracultural formado por artistas de la época, que como él, se habían retirado a la isla. Ahí conoció a Marianne, una muchacha con una profecía de por medio: “Conocerás a un hombre que habla con lengua de oro”, le había dicho su abuela, vaticinio que se haría realidad un par de veces: la primera con Axel Jensen, un escritor emergente de quien era esposa al llegar a Hidra. Juntos tuvieron un hijo y mantuvieron una relación tumultuosa hasta que Axel huyera con otra mujer, situación de la que Leonard cobraría ventaja. Según la leyenda, Marianne estaba llorando afuera de una tienda de comestibles, cuando un extraño de gabardina azul (Leonard Cohen) se apiadó de sus sollozos y la invitó a unirse a él y a sus amigos.


marianne-y-leonard-cohen


En casa de Marianne, desde el alba y con música de Ray Charles, Leonard se sentaba a escribir hasta el ocaso. “Creo que le di coraje para escribir y no tirar la toalla”, dijo Marianne mucho después. La relación entre ambos duro siete años, interrumpida esporádicamente, muchas veces a causa de los ataques neuróticos de Cohen, o bien sus encuentros románticos con distintas mujeres.

En la letra de `So Long Marianne´ dice: “¿Puedes asomarte a la venta, cariño?, Quisiera intentar leerte la mano. Solía pensar que era una especie de gitano, antes de dejar que me llevaras a casa”.
Leonard Cohen no encontró un hogar en la isla Hidra, pero si en Marianne Ihlen.




Pocas semanas después de detectarle leucemia, Marianne Ihlen falleció en un hospital en Oslo, el 28 de Julio de 2016. Tras cumplirse el peor de los pronósticos, Leonard Cohen respondió con el siguiente mensaje.

“Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría, pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Sólo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino”. 
Presagiar el porvenir es, en muchas ocasiones, destreza de grandes artistas.


marianne-ihlen



Con Leonard Cohen, muchas personas en el mundo han compartido instantes de pasión furtiva, caricias y amargos desencuentros. Su música y letras aún acompañan nuestras vidas, mientras esperan latentes el arribo de nuevas generaciones para seducirlas con su melodía triste y conmovedora. Hablando en los estrictos límites de la belleza y la elegancia, es importante recordar que Leonard Cohen nos enseñó a decir adiós con su eminencia poética:

“Tú sabes que mi amor va contigo igual que tu amor permanece conmigo.

Esa es la única manera en que cambia, como la línea de playa y el mar.

Pero no hablemos de amor o cadenas y cosas que no podemos desatar,

Tus ojos están ablandados de tristeza

Oye, esa no es manera de decir adiós”.


Leonard Cohen


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