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Los ladrones de cuerpos que resucitaban muertos

A principios del siglo XIX, Reino Unido se convirtió en el mejor sitio para estudiar medicina. El descubrimiento del cuerpo humano seguía en ascenso desde las primeras disecciones modernas durante el Renacimiento, donde los distintos circuitos y la anatomía de mamíferos, especialmente el hombre, se hizo objeto de estudio en búsqueda de una mejora en los métodos […]





A principios del siglo XIX, Reino Unido se convirtió en el mejor sitio para estudiar medicina. El descubrimiento del cuerpo humano seguía en ascenso desde las primeras disecciones modernas durante el Renacimiento, donde los distintos circuitos y la anatomía de mamíferos, especialmente el hombre, se hizo objeto de estudio en búsqueda de una mejora en los métodos quirúrgicos y una comprensión mayor de la corporalidad humana.

Las escuelas de medicina proliferaban por la Gran Bretaña. Londres y Edimburgo se convirtieron en los destinos obligados para todos quienes soñaban con ser doctores, curar a los enfermos y descubrir nuevas terapias para combatir algunas de las afecciones más graves de la época. La anatomía se desarrolló a una velocidad frenética a partir de la disección de cadáveres y el estudio de órganos por separado para comprender su función. El horror de la muerte se hizo a un lado ante la multitud de jóvenes ansiosos por comprender todo lo que entrañaba el ser humano.

cadáveres resucitados

Los profesionales de la medicina pronto se percataron de la situación y era habitual que después de graduados, realizaran sus actividades profesionales al mismo tiempo que daban clases en colegios privados, fundados por ellos mismos. Uno de los más famosos fue el doctor Robert Knox, que después de un viaje por África se estableció en Edimburgo y fundó una gran escuela privada de anatomía. 

Las clases de Knox se hicieron famosas entre todos quienes soñaban con aprender del cuerpo humano. Su entusiasmo frente a los estudiantes y sólidos conocimientos fruto de la experiencia, le valieron de una reputación que acarreó a más de 500 estudiantes a sus aulas para 1928.

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La euforia por aprender anatomía tomó el control de Edimburgo y las mejores escuelas eran aquellas que daban más oportunidad a sus alumnos para practicar. Naturalmente, era necesaria una cantidad razonable de cadáveres a la semana para reproducir una operación quirúrgica real. Por desgracia para la ciencia médica, sus propios avances aumentaron la esperanza de vida desde el fin de la Edad Media (alrededor de 30 años) a 50 a inicios del siglo XX.

A Knox nunca le faltaron cuerpos para diseccionar. La opinión pública consideraba que los cadáveres de su colegio estaban mucho más frescos que los de otras escuelas, que a su vez, comenzaban a escasear de la materia prima para la práctica anatómica. Los muertos comenzaron a ser negocio en el Edimburgo de entonces: las distintas academias pujaban por conseguir a los más frescos, aquellos no reclamados y jóvenes valían más que los cadáveres de adultos mayores y otros muertos.

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Poco a poco, grandes sumas de dinero comenzaron a moverse a través de operaciones de compra y venta de cadáveres. ¿Cómo conseguía Knox a los mejores ejemplares para la práctica médica? La duda despertaba sospechas en rivales e investigadores, que tras descubrir el cuerpo de Mrs. Docherty, una mujer recientemente desaparecida, comenzaron las pesquisas y descubrieron el sucio negocio detrás de la anatomía.

Se trataba de los resurreccionistas, grupos organizados de contrabandistas de cadáveres que saqueaban panteones, fosas comunes y otros sitios con la intención de venderlos a altos precios ante la creciente demanda de muertos. El negocio creció de tal forma, que algunos grupos de resurreccionistas se dedicaron a desenterrar tumbas por completo y robar cuerpos para aumentar sus ganancias.

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La frenética búsqueda por ofrecer un mejor producto llevó a dos resurreccionistas a lo impensado: William Burke y William Hare, dos conocidos en el negocio, llevaron un paso más allá el negocio de cadáveres y pronto comenzaron a surtir a Knox los más frescos de la ciudad. Para conseguirlo, ambos llevaban a cabo un malévolo plan: Elegían a una víctima, salían a beber con ella y cuando menos lo esperaba, la asfixiaban hasta quitarle la vida. Un par de horas después, el cuerpo aún fresco estaba listo para ser diseccionado en la escuela de Knox.

Al menos en 16 ocasiones Hare y Burke surtieron cadáveres a Knox recién asesinados. La investigación siguió su curso y Hare logró salvar su vida después de testificar ante Burke, quien fue juzgado a la horca por los crímenes cometidos. Irónicamente, el día de la muerte de Burke, el juez pidió realizar una disección al cadáver inmediatamente que dejara de presentar signos vitales. 

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La escuela de Robert Knox siguió trabajando por algún tiempo antes de perder toda credibilidad y el conocimiento de Knox sobre la procedencia de sus ejemplares nunca pudo ser revelado a ciencia cierta. Acciones similares a las de Hare y Burke se multiplicaron por toda Europa. Hoy los cadáveres necesarios para la investigación médica son tomados de fosas, cuerpos sin reclamar o espacios, pero en aquel momento de la historia en Edimburgo, la gente temía ser asesinada para después estudiada e irónicamente, prevenir muertes a partir de los conocimientos de su cuerpo.

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Referencia:
Cultura científica








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