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Mientras más te ignoro, más me quieres

  Creator, you destroy meYou know my hunger wellAnd yet you starve meUntil I’m begging on my knees.—’Creator, Destroyer’ – Angel OlsenQuiero pensar que no era platónico. Que no era falsa la historia de amor que compilé en mi imaginación. Te deseé y correspondías, juntos hicimos esa película. Venías a tomarme y tu mirada se quedaba fija […]

 

 

Creator, you destroy me
You know my hunger well
And yet you starve me
Until I’m begging on my knees.

—’Creator, Destroyer’ – Angel Olsen

Quiero pensar que no era platónico. Que no era falsa la historia de amor que compilé en mi imaginación. Te deseé y correspondías, juntos hicimos esa película. Venías a tomarme y tu mirada se quedaba fija en la mía; no buscabas nada más que tu propio reflejo en las pupilas dilatadas que indicaban mi fuerte pasión por ti. Sonreías, bailabas y tirabas de mi brazo para llevarme a lugares que no disfrutaba, pero que contigo tomaban matices diferentes. La paleta de colores era la ideal para el romance. Debí sonreír más.

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Entonces comenzaste a desaparecer, como en una cinta de ciencia ficción. Veía tu cuerpo desvanecerse lentamente y el pánico se apoderó de mi. Las extremidades fueron las primeras en irse: tus brazos ya no se acercaban a mi y los torpes pasos que dabas al mirarme, se esfumaron. No era como si te amara más. No quería que te fueras. Hice lo posible, intenté sujetarlos, pero estabas lista para dejarme. Te fuiste a un lugar más entretenido. Los ojos inocentes que me indicaban tu permanente estadía, se transformaron en miradas de desdén y desesperación. Debí esforzarme más.

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Cuando tus labios comenzaron a borrarse quise morderlos hasta arrancar un pedazo y mantenerlo siempre conmigo; era el trofeo perfecto para la captura más relevante que tuve en mis días lúcidos. Imaginé que el sabor a sangre permanecería más que lo que tu evanescencia se llevó. Mordí cada pedazo de tu piel mientras te ajustabas a una posición similar a la de un cadáver. Tu cuerpo se evaporaba mientras mirabas al techo y te burlabas de mi intento de mantenerte en tierra. Te abracé y no me tocabas. Debí quererte más.

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“Estoy cansada. No me pasa nada. Vamos. Caminemos. Acompáñame. Deja te tomo del brazo y te sigo mintiendo. Sí, me siento bien. No me voy a ir. ¿Por qué actúas así? Creo que necesitamos separarnos un poco. Quizá deberías salir más con tus amigos. ¿No tienes otros sueños? Quisiera irme de aquí… Sí, contigo. ¿Por qué no escuchas? No, no escuchas. Finges hacerlo y sonríes, ¿crees que no me doy cuenta? ¿Quién eres? ¿Dónde estamos? ¿Piensas que es momento de terminar? Creo que no te puedo amar”.

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«La desaparición de E. S.» se convirtió en la novela que decidí vivir. Le conté a todos sobre tu súbita defunción. Les aseguré que la mitad que me quería decidió partir. Me trataron como si estuviera fuera de mí. ¡Carajo! ¡Yo no era tú! Sólo yo me daba cuenta que me estaba quedando sólo con esa persona que ocultaste demasiado tiempo. La E. que estaba decepcionada de mí, aquella que siempre se dio cuenta de mis defectos, la que tuvo el valor para decirme “no te amo” y añadió: “Mientras más te ignoro, más me quieres”. No era cierto. Lo que deseaba era que tu desvanecimiento tuviera un alto. Debí anhelarlo más.

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“No me voy a ir”, una y otra vez. “Te crees perfecto e inocente. Me dejaste sola con el enfermo de amor, el patético amante que se tiraba de rodillas a cada palabra que salía de mi boca. Me convertiste en el ídolo que nunca quise ser. Quizá pude amarte cuando yo no era lo único en tu mundo. ¿Cómo carajos me diste esa responsabilidad? ¿Cargarte muerto el resto de mi vida? ¿Tenerte como un parásito chupando de mi cuerpo hasta que estuvieses satisfecho? Te imaginaste la vida perfecta entre dos personajes fantásticos que nunca existieron. Creaste la película romántica con la que todos llorarían, pero no pensaste en mi”. Ahora sólo quedaban tus dientes expuestos, la vena del cuello a punto de explotar y tu voz… ahogada en el mar.

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Y seguí escuchando: “Piensas en que entrarás a nuestro futuro hogar en algún lugar. Que llegarás cansado un día lluvioso. Me imaginas sentada frente a la ventana con un libro y la taza de té que me regalaste el cumpleaños pasado frente a mí. Crees que voltearé y sonreiré de manera sutil hasta que te acerques a mí y me beses. Ves el anillo que tengo en la mano e, incluso, tienes la absoluta certeza de cómo se verá nuestra sala. Ahora, déjame preguntar: ¿Qué quiero yo? En esa estúpida escena salida de aquellos directores que nunca me aprendi, ¿cuál es mi papel además de ser la estatua ideal? ¿De dónde llegas? ¿A dónde vas por las mañanas? ¿Cuál es mi empleo? ¿Cumplí mis sueños?

Ah. Ya sé… Me quedo en pausa. Soy un personaje congelado en la pantalla y eso es todo lo que tú quieres. ¿Ves? No me voy a ir. Jamás me voy a ir. Puedes tenerme en tu mente hasta que la cinta se desgaste y no puedas recordarme. Eso es lo que hice con la mitad tuya que pude haber amado”. Me senté en el rincón donde te di el primer beso. Comencé a reproducir esa película una vez más.

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“Ya nunca estarás completo”. Lo sé. Desaparecí hace tiempo, o al menos esa mitad que logró hacerte feliz. No puedo decirte a dónde se fue, yo tampoco lo sé, ni cómo, únicamente, permaneció mi obsesión. Me buscaba en ti. Pensé que dentro de tu mundo podía existir esa versión y la recuperaría. Me rehusé a aceptar que tenía que acostumbrarme a que no volvería a ser igual. Quise repetir las cintas de mi mente sin avanzar, sin considerar que tu historia podía hacerla mejor, que no sólo yo y la versión ficticia de ti éramos los protagonistas. Te puse en pausa, pero el tiempo compensó. 

Y ahora no estás.

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Fotografías: Manuel Alt.

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