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Octavio Paz y los hijos de la chingada

El mexicano es un ser extraño, mutable ante el cambio imprevisto, pero siempre pasivo, inerte, callado.  Las personas nacionalistas que aman su país, su gente, sus tradiciones y su cultura se encuentran tan lejos de conocerse como lo hacían durante el nacimiento de su nación. Octavio Paz es quizás uno de los pocos mexicanos que […]


El mexicano es un ser extraño, mutable ante el cambio imprevisto, pero siempre pasivo, inerte, callado.  Las personas nacionalistas que aman su país, su gente, sus tradiciones y su cultura se encuentran tan lejos de conocerse como lo hacían durante el nacimiento de su nación. Octavio Paz es quizás uno de los pocos mexicanos que ha sabido deshebrar el complejo tejido que caracteriza a estas personas para manifestar el verdadero sentir y actuar que las impulsa a ser tan peculiares. En su libro El laberinto de la soledad, Paz desmitifica, o mitifica al mexicano; y es precisamente en esta obra en la que hace una interesante y profunda reflexión acerca de una palabra tan amada y prohibida por la sociedad: la chingada.

octavio paz

Octavio Paz necesitó de la chingada para remitir totalmente a un ser marcado por su historia. Acribillado por su pasado, el mexicano es incapaz de ser congruente con lo que hace y lo que siente. Según él, desde la conquista azteca en manos de los españoles, los mexicanos han intentado adoptar una identidad extranjera mientras encuentra una propia. Es un ser solitario, no pertenece ni aquí ni allá; eso forma parte de su extrañeza en la que abrazamos al extranjero, presumimos nuestra herencia cultural e invitamos con sonrisa marcada a quien mira con extrañeza nuestra tierra, pero al mismo tiempo el mexicano es hermético, callado, desconfiado de sus iguales y de sus compatriotas.

la chingada

La Conquista, la Independencia y la Revolución son momentos claves en la historia del mexicano, pues todos lo marcaron y lo alteraron psicológicamente. El texto de Paz fue publicado en 1950 y está repleto de ideas que hacen eco a 65 años de distancia.

“Nuestra historia como nación independiente contribuiría también a perpetuar y hacer más neta esta psicología servil, puesto que no hemos logrado suprimir la miseria popular ni las exasperantes diferencias sociales, a pesar de siglo y medio de luchas y experiencias constitucionales. El empleo de la violencia como recurso dialéctico, los abusos de autoridad de los poderosos —vicio que no ha desaparecido todavía— y finalmente el escepticismo y la resignación del pueblo, hoy más visibles que nunca debido a las sucesivas desilusiones post-revolucionarias, completarían esta explicación histórica”.

En octubre de 1968, Paz renunció a su puesto servil ante el gobierno mexicano debido a una matanza histórica que parece haber abierto un nuevo paradigma nacional. A pesar de que el párrafo mencionado anteriormente fue escrito 18 años antes de la matanza de Tlatelolco, Paz tuvo que demostrar que tenía razón. Hoy, entrado el siglo XXI las palabras del poeta e intelectual mexicano se repiten sin alteración para describir con exactitud a la sociedad mexicana.

2 de octubre

Esta breve descripción del mexicano es importante para introducir el termino chingar, que el poeta diseccionó para describir la compleja mente del mexicano.

“Es probable su procedencia azteca: chingaste es xinachtli (semilla de hortaliza) o xinaxtli (aguamiel fermentado). La voz y sus derivados se usan, en casi toda América y en algunas regiones de España, asociados a las bebidas alcohólicas o no: chingaste son los residuos o heces que quedan en el vaso…”

“Chingar también implica la idea de fracaso. En Chile y Argentina se chinga un petardo, “cuando no revienta, se frustra o sale fallido”. Y las empresas que fracasan, las fiestas que se aguan, las acciones que no llegan a su término, se chingan. En Colombia, chingarse es llevarse un chasco. En el Plata un vestido desgarrado es un vestido chingado. En casi todas partes chingarse es salir burlado, fracasar”.

Pero en México esta palabra se convierte en un amplio abanico de posibilidades, la cultura, el machismo, la historia, la religión; todo se compone en una palabra que según el poeta es un secreto a voces, un adhesivo cultural que está implantado en lo más profundo de nuestro ser, se encuentra en nuestro ADN y surge en los momentos de cólera, de explosión, de festejo. Porque eso es lo que Paz objeta, el mexicano busca en la muerte, en el alcohol, en el festejo y en todo lo que lo saque de su pasividad algo para encontrarse a si mismo. Es en esos momentos en los que la frase “Viva México hijos de la chingada” hace temblar las paredes de la habitación.

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“Se puede ser un chingón, un Gran Chingón (en los negocios, en la política, en el crimen, con las mujeres), un chingaquedito (silencioso, disimulado, urdiendo tramas en la sombra, avanzando cauto para dar el mazazo), un chingoncito. Pero la pluralidad de significaciones no impide que la idea de agresión en todos sus grados, desde el simple de incomodar, picar, zaherir, hasta el de violar, desgarrar y matar se presente siempre como significado último. El verbo denota violencia, salir de sí mismo y penetrar por la fuerza en otro. Y también, herir, rasgar, violar cuerpos, almas, objetos, destruir. Cuando algo se rompe, decimos: ‘se chingó’. Cuando alguien ejecuta un acto desmesurado y contra las reglas, comentamos: ‘hizo una chingadera’.

“La idea de romper y de abrir reaparece en casi todas las expresiones. La voz está teñida de sexualidad, pero no es sinónima del acto sexual; se puede chingar a una mujer sin poseerla. Y cuando se alude al acto sexual, la violación o el engaño le prestan un matiz particular. El que chinga jamás lo hace con el consentimiento de la chingada. En suma, chingar es hacer violencia sobre otro. Es un verbo masculino, activo, cruel: pica, hiere, desgarra, mancha. Y provoca una amarga, resentida satisfacción en el que lo ejecuta.

“Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura”.

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Paz incluso remarca la acentuación de la chingada comparando la frase mexicana “hijo de la chingada” con la española “hijo de puta”. El hijo de puta tiene una madre que accedió al acto sexual, alguien que abrió sus piernas por la remuneración próxima, mientras que el hijo de la chingada es producto de una violación. Violación histórica, violación ideológica, violación de identidad.

Cercando el término para abarcar la totalidad del mexicano, Octavio Paz buscó en la religión ancestral y moderna, en los ritos que el mexica adoptó para darle al mexicano un consuelo ante sus dioses destruidos. Anteriormente la Coatlicue, ahora la virgen María, la madre del mexicano se contrapone en su pureza con la chingada, víctima callada de la violación. De ahí surge el análisis que se remite hasta una de las madres mexicanas más famosas, la Malinche, amante de Cortés desechada cuando resultó inútil, convertida en traidora ante los ojos de su pueblo esta mujer. Y es repudiando la figura de la Malinche, dice Octavio Paz, que el mexicano rompe sus ligas con el pasado, reniega su origen y se adentra solo en la vida histórica.

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Es lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos, los hijos de la chingada abandonados por la madre o exiliados de su seno por voluntad propia. Nuestra soledad sólo sirve para encontrarnos, pero el camino para hacerlo nos resulta doloroso, confuso e imposible. El mexicano es un hijo de la chingada y un chingón al mismo tiempo. Siempre mutable, se sorprende a sí mismo como sorprende al extranjero. Sólo los mexicanos decidirán el momento del cambio en el que superaremos un pasado marcado por la violación histórica y dejemos de ser unos hijos de la chingada.

Comunicólogo y gestor cultural. Mi pasión son los viajes, el cine, la música y la literatura. El arte esta en todos lados.

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