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Razones por las que odiamos el cine mexicano

Lo nombres mexicanos comenzaron a aparecer de manera ocasional en labios extranjeros, en los labios de aquellos que presumían ser deidades capaces de criticar a quienes ofrecen nuevas visiones y secuencias en el cine. Difícilmente consideraban que un mexicano merecería un lugar en ese mundo. Y si aparece un mocoso ambicioso que trate de ponerse en frente […]




Lo nombres mexicanos comenzaron a aparecer de manera ocasional en labios extranjeros, en los labios de aquellos que presumían ser deidades capaces de criticar a quienes ofrecen nuevas visiones y secuencias en el cine. Difícilmente consideraban que un mexicano merecería un lugar en ese mundo. Y si aparece un mocoso ambicioso que trate de ponerse en frente de los que saben y cambian los paradigmas, las instituciones y gran cantidad de público los niegan tres veces como Pedro a Jesús, hasta que el cabrón nos regale tres estatuillas doradas por noche.

Monigotes de poco cabello, miopes y sonrientes. Locos que exponen diablos luminosos de color rojo y buscan con quién cumplir su trabajo. Suicidas que toman a dos seres nacidos de la Tierra para desnudarse y despojarse de todo pudor con tal de hacer visible una batalla en las alturas. Un hijo del maíz que se atreva a distanciarse de aquello que las cámaras conocidas nos proyectan para patentar nuevas ideas en una pantalla.

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Qué difícil es tener ideas en un país acostumbrado a recibirlas. Hombres que son bien recibidos en cualquier punto de la Tierra y lleven una de sus cintas, cuya obra es digna de ser analizada y valorada minuciosamente en todas partes del orbe menos aquí, menos en la región de sus hermanos. Porque los podrán nominar a la Palma de Oro, en Cannes, en los Independent Spirit, invitar a Chicago, Mar de Plata y a la Habana para enaltecer su trabajo, pero nosotros, los que estamos al grito de guerra, no los bajaremos de aburridos, cautos, soberbios y con ganas de joder a la gente. Y ellos nos ofrecerán un momento para explicar los fundamentos de sus obras, y nos deleitarán con reflexiones sobre los sentidos y el origen del pensamiento, pero nosotros no querremos escuchar.


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Eso sí, vendrá un loco, no tan loco, que se hace llamar americano y pone a una ciudad impecable como escenario para que dos robots se peleen hasta la muerte, abarrotaremos la última sala en la que se proyecte y les regalaremos nuestros Juárez azules y nuestras Sor Juanas verdes para que a la postre realicen una secuela. Y les pediremos explicaciones y no dirán nada, no tendrán mucho que decir.

Tuvo que llegar un negro que jugara con el tiempo para hacernos creer que nuestras cámaras también pueden hacernos el amor. Estuvo muy difícil lograrlo, y más aún conseguir que las propuestas de mentes mexicanas fueran manufacturadas por manos mexicanas. Tuvieron que venderse a los billetes españoles y estadounidenses para poner en praxis las locuras de nuestras ideas. Porque hemos permitido que nos digan que nuestros cineastas no merecen equipo de primer nivel, que si quieren hacer algo importante, tendrán que irse.


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Después nos quejaremos, diremos que nuestras comedias quieren copiar modelos y que no poseen imaginación, pero no negarán el hecho de que sean las más taquilleras a nivel nacional al final del año. Y los chivos, y los toros, los animales salvajes que son vistos como monstruos del séptimo arte hasta en Marte, tendrán que pedir permiso para ser provistos de nuestro asombro. Pero no lo necesitarán las productoras que nos introducen en las orejas a los esclavos amarillos que no dicen nada, sólo hacen ruidos.

No veremos películas coreanas hasta que hablen de zombies. Nos volveremos a quejar de la calidad de las películas que nos proyectan. No haremos caso a nuestros directores hasta que hagan protagonista a Tim Roth. Alabaremos a la trilogía del azul, el blanco y el rojo, pero la verde, blanca y roja será censurada con “fines políticos”.

Michael Keaton as “Riggan” in BIRDMAN. (Courtesy Fox Searchlight Pictures)

 

Veremos a los pseudo-intelectuales hacer ensayos sobre la muerte del cine nacional, pero los artistas de la séptima musa que nacieron en tierras aztecas vivirán como dioses del otro lado del charco. No veremos nada del desquiciado que hable de extraterrestres ideológicos, pero lo defenestraremos por quemarle el pito a un muchacho colgado de las piernas, aunque lo haga con nuestro presupuesto en pro de la economía. No entenderemos las referencias en las críticas. Compraremos los peores papeles de nuestros actores porque pelean con espaditas de colores y pistolas de láser, pero desecharemos y difícilmente conoceremos las interpretaciones en las que los mismos actores viajan a Boca del Cielo para besarse entre ellos.

Los más jóvenes que quieran dibujar escaleras y carreteras infinitas, serán tachados de ridículos, y los condenaremos a ser presentados en los cines una semana, en sólo una sala, dos veces al día. Colocaremos a nuestras distribuidoras en el sexto lugar de ganancias, y alimentaremos a aquellas que les sobra el caviar en la mesa, porque las tortillas no son caras, no pueden ser tan caras.


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Exigiremos mayor calidad, demandaremos que se nos respete como audiencia, nos enojaremos cuando nos denigren en el medio internacional, pero no haremos caso cuando uno del montón, de nuestro montón, nos quiera vender un monstruo de mil cabezas, nuestro monstruo de mil cabezas. Pediremos penitencia por los pecados que nos identifican socialmente. Nos pondremos a llorar porque las oportunidades se nos ofrecen, se nos regalan, pero nos rehusamos a aceptarlas.

Nos sentiremos tan anclados al síndrome de la Época de Oro, que haremos biopics de nuestros genios del blanco y negro e ignoraremos a los prodigios del color. Habremos mejorado, pero creeremos que no es así, porque no estamos listos para ser considerados. ¿Qué tal si comenzamos por dejar de asaltarnos en la Tabacalera?

Y no entenderemos las referencias…


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