¿Por qué la gente lee libros como "Padre rico, padre pobre"? - Cultura Colectiva ¿Por qué la gente lee libros como "Padre rico, padre pobre"?

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¿Por qué la gente lee libros como “Padre rico, padre pobre”?

Robert Kiyosaki es una de las máximas referencias en la literatura de librerías de restaurante y tienda departamental. El empresario es el autor del best-seller “Padre rico, padre pobre”, un libro que describe a través de los distintos fracasos por los que pasó el emprendedor, la técnica financiera correcta para concentrar el dinero suficiente como para dejar […]



Robert Kiyosaki es una de las máximas referencias en la literatura de librerías de restaurante y tienda departamental. El empresario es el autor del best-seller “Padre rico, padre pobre”, un libro que describe a través de los distintos fracasos por los que pasó el emprendedor, la técnica financiera correcta para concentrar el dinero suficiente como para dejar de trabajar y montar una empresa exitosa. Basada en su historia personal, Kiyosaki también posee un libro en coautoría con el virtual candidato a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump, titulado “¿Por qué queremos que sea rico?”.

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Nada más terminar de leer el libro, nos damos cuenta de que estamos sin duda alguna frente a uno de los mejores intentos de la historia por hacer creer a los lectores por medio de la motivación y la exaltación de emociones, el fabuloso mito del emprendedor, actualmente concebido como héroe de la sociedad, producto de un arduo trabajo ideológico cuyas bases sentaron nombres de la talla de Milton Friedman, premio Nobel en economía.

¿Por qué la gente lee libros como los de Kiyosaki? ¿Qué tiene que ver esto con Friedman?

En primer lugar, porque alimentan el mito de la movilidad social, un pilar en el ideario desarrollado por el capitalismo que se basa en buena medida en el mito fundacional de los Estados Unidos. Para estos autores, muy especialmente Friedman, el país más poderoso sobre la Tierra nació como una tierra libre, llena de oportunidades, donde cada inmigrante, sin importar su color, origen o inclinación religiosa, con un poco de esfuerzo podía llegar a donde sus sueños lo guiaran, en palabras de Barack Obama: 

Creo que podemos cumplir la promesa de nuestros fundadores, la idea de que si una persona está dispuesta a trabajar duro, no importa de dónde venga ni qué aspecto tenga ni dónde ame. No importa que sea negro, blanco, hispano, asiático, indio americano, joven, viejo, pobre, rico, capacitado, discapacitado, gay o heterosexual; en Estados Unidos, si está dispuesto a esforzarse, puede conseguir lo que sea.”

Esta idea tomó tal fuerza que el mito fundacional comenzó a reproducirse como verdad histórica, fuera de toda realidad. Un análisis superficial muestra que en realidad “las colonias eran sociedades compuestas por clases en conflicto —un hecho que oculta el énfasis que ponen las historias tradicionales en la pugna externa contra Inglaterra y la unidad de los colonos en la Revolución. Por lo tanto, el país no “nació libre”, sino que nació esclavo y libre, criado y amo, arrendatario y terrateniente, pobre y rico.” De forma que un campesino u obrero irlandés aventurándose al Nuevo Mundo y sin poseer ningún medio para subsistir, tenía una enorme posibilidad de terminar siendo el mismo campesino u obrero con nuevos patrones o bien, un esclavo de casa (criado), designado al trabajo en plantíos de explotación, figura que se utilizó con enorme recurrencia en los Estados Unidos.

Como los más de 15 libros publicados por el empresario, existen decenas de publicaciones que motivan a la gente a “aventurarse”, a ser “valiente” y a correr el riesgo de iniciar la empresa de un negocio o bien, “cristalizar” una grandiosa idea por medio de la innovación. Ejemplos sobran: los increíbles casos de Silicon Valley, una revolución tecnológica que pretenden hacer pensar fue fruto de las ideas brillantes de jóvenes de un estrato medio de ingresos que juntaron su inteligencia para crear un aparato en su cochera, o bien, la historia del mexicano más rico, que con “esfuerzo” e “inteligencia” para los negocios compró un buen día una portentosa empresa de comunicación propiedad del Estado para construir su imperio.

Evidentemente, estos libros ignoran dos verdades históricas como puños que se ocultan detrás de la figura de las personas más ricas e innovadoras del mundo: en primera, omiten que el conocimiento es un proceso estrictamente social, que en la historia del progreso técnico de la humanidad no existe tal cosa como un salto cuántico en el saber gracias a un “genio” que rompa los paradigmas de su época. Cada conquista en el terreno del conocimiento humano, desde el fuego y la agricultura hasta el microchip, requirió de todas las experiencias y los saberes del grueso de la sociedad, a veces producto de conocimientos que costaron cientos, tal vez miles de generaciones.

  De la misma forma, olvidan mencionar que todos ellos pertenecían a una clase alta y políticamente identificada. Ninguno debía trabajar para subsistir como lo hace la inmensa población de Latinoamérica, sino que eran propietarios directa o indirectamente de empresas, acciones, fábricas o más precisamente, algún medio de producción. A esto se agregan las virtudes que hacen creer que tales ejemplos de hombres exitosos son un caso excepcional, dada su valentía, arrojo, inteligencia para los negocios, frugalidad y sobre todo, su arduo esfuerzo. 

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Desgraciadamente, muchos de estos libros son consumidos sin reservas por el resto de la población, que cree ilusamente que su situación puede mejorar y pone en juego cuanto recurso material tiene: los ahorros de toda su vida, fondos para el retiro o recurre al endeudamiento por una cifra estratosférica ante el banco para echar a andar el negocio de sus sueños. ¿Cuál es el resultado en la mayoría de los casos? La pérdida de todo su dinero, la depresión y un desencanto generalizado, que los guía hacia la pregunta: “¿Acaso el capitalismo no es el sistema de oportunidades por igual? ¿Cómo puede ser que teniendo una gran idea y llevándola a la práctica, siga siendo un simple asalariado?” 

La respuesta es simple, pero debajo de su simpleza se esconde un complejo entramado político, histórico y económico, producto de poco menos de 500 años de capitalismo en América Latina: las pequeñas empresas no tienen un ápice de posibilidades de competir en un mercado dominado por grandes y contadas multinacionales. La complejidad con que opera el capitalismo hace difícil de identificar los mecanismos sobre los cuales mantiene a una clase todo el tiempo por encima de la otra, cuyas diferencias entre ambas no hacen más que agudizarse, expresadas en una repartición del ingreso y la riqueza cada vez más desigual. Sujetándonos a la ciencia económica, cabe hacer una corrección: no es mala suerte, torpeza para los negocios, ni siquiera corrupción o la desgracia de haber nacido como la mayoría de la población, sin otra forma de subsistir que vender la fuerza de trabajo. Se llama capitalismo.


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