Razones por las que los pueblos mágicos son cada vez menos mágicos - Cultura Colectiva

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Razones por las que los pueblos mágicos son cada vez menos mágicos

Por fin, después de trabajar durante todo un año entero y volverme rehén de las esclavitudes modernas, viajé cientos de kilómetros para olvidarme de todo y refugiarme en un sitio que en el papel parecía tranquilo. Mi elección personal a causa del ajetreo diario y un presupuesto justo no fue una playa con sol radiante y […]



Por fin, después de trabajar durante todo un año entero y volverme rehén de las esclavitudes modernas, viajé cientos de kilómetros para olvidarme de todo y refugiarme en un sitio que en el papel parecía tranquilo. Mi elección personal a causa del ajetreo diario y un presupuesto justo no fue una playa con sol radiante y un azul profundo, tampoco un destino de montaña: una aventura que exigiera lo mejor de mi condición física podía esperar a tiempos de menor explotación laboral para encontrarnos de nuevo.

Enfilé hacia uno de los 111 Pueblos Mágicos que forman parte del programa homónimo de la instancia encargada de promover el turismo en territorio nacional. Nada más llegar por vía terrestre, descubrí que el sitio era mucho más grande que la imagen que guardo en mi mente cuando pienso en la palabra “pueblo”. La primera impresión no fue la mejor; mientras asomaba por la ventana rumbo al Centro Histórico, descubrí que los barrios que forman parte de la zona menos visitada por los turistas eran grises, marginados y llenos de pobreza, con caminos lodosos aún sin pavimentar.

san miguel de allende hotel

El panorama lucía diametralmente opuesto a los banners y fotografías llenas de colores, folklore y alegría que semanas antes entorpecían mi trabajo y terminaron por influir en la decisión sobre mi sito de recreo. En definitiva, las personas de este lugar no parecían formar parte de la “magia”, o tal vez –pensé por un instante, ya entrado en temas místicos– se trata de un hechizo malévolo, que dejó a la gente que realmente habita en este lugar marginada, excluida de la “zona mágica” que sale en reflectores, espectaculares y anuncios de promoción turística.

Seguí mi camino entusiasmado por la idea de encontrar un hospedaje acogedor y sencillo a un precio razonable, con la hospitalidad característica de las personas que no están acostumbradas al frenético modo de vida citadino y por tanto, carecen de los vicios propios de quienes decimos (con sobrada pedantería y quijotesco orgullo) formar parte del desarrollo o la civilización –lo que quiera que esto signifique–.

bernal turismo en pueblos magicos

Después de andar un par de calles mochila al hombro sobre las vías más concurridas, pequeños locales comenzaron a aparecer.  En tejados perfectos, anuncios de madera y paredes recién pintadas ofrecían sus productos ocupando buena parte de la banqueta, en una postal parecida a las imágenes que me convencieron de venir. Una muñeca de vivos tonos llamó mi atención, pensando en aquellas personas a las que se extraña durante un viaje. Preguntando por el precio, el encargado de la tienda me señaló la parte posterior del juguete que tomaba entre mis manos con un español atropellado con clara influencia de inglés americano. Era una etiqueta que confirmaba que no se trataba de artesanías, sino de productos manufacturados bajo mano de obra asalariada, con etiqueta de procedencia y todas las normas de producción actual. No sólo eso, el precio triplicaba lo que al principio consideré una cantidad justa por ella y él insistía en que se trataba de un objeto típico de la zona.

Miré a mi alrededor y encontré más de lo mismo. Espejos labrados, sillas ornamentales, blusas típicas y objetos de cerámica se repetían incesantemente en uno y otro local, confirmando mis sospechas iniciales. Sin tomarlos demasiado en cuenta –parte por el desinterés y parte por su estratosférico costo–, me dirigí hacia el primer anuncio de hotel que encontré cruzando la acera.

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Entré a recepción y de inmediato noté la perfecta decoración del interior. Mi asombro fue aún mayor cuando descubrí que el costo de la habitación más barata era de cuatro cifras e incluía acceso a un spa para dos personas y otras amenities (todas en francés), algo extraño para un hotel con un bello nombre en tzetzal (seguido del título boutique) en un pueblo de México que se jacta de sus raíces originarias y vive de la fama de sus tradiciones ancestrales. Lo mismo ocurrió en el hotel contiguo, donde para mi suerte, cegado por la desesperación y la abrumadora atención de dos botones trajeados, pedí alojamiento sin éxito ante un lleno total.

Al día siguiente, ya instalado en el sitio más normal que pude encontrar, más que a conocer los atractivos turísticos del lugar, salí a caminar sin rumbo fijo con tal de aprender sobre el sitio que visitaba. Mientras caminaba con tranquilidad, una mujer indígena que ofrecía artesanías afuera de una boutique fue retirada violentamente por un par de policías, pues no contaba con permiso alguno para vender en la vía pública.

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Los oficiales no dieron concesión alguna y con brutalidad propia de las bestias, la empujaron hacia una patrulla a pesar de los reclamos y jaloneos de un reducido grupo de quienes presenciamos el acto. El resto siguió su curso indiferente, ensimismado en seguir su papel de turistas con bermudas, réflex al cuello y lentes oscuros, aunque de la gente del lugar, las costumbres y la realidad del pueblo no quisieran saber nada. Mientras un grupo hacía fila para entrar a una mezcalería, otro era asediado por dos personajes disfrazados que cazaban ingenuos para ofrecerles un “tour de leyendas” que circulaba cada media hora por el mismo lugar, contando entre gritos historias que (en palabras de un hombre nacido en el pueblo) “ni siquiera conocemos aquí”.

Desconcertado, decidí tomar una visita guiada con una de las dos empresas que se disputaban salvajemente a los turistas entregando volantes furibundos entre el mundo de personas que caminaban por la plaza principal. Recorrí los sitios que había visitado solo, nos guiaron a un restaurante gourmet, un “museo” –que en realidad era una tienda donde teníamos el fabuloso 10 % de descuento por ser parte del tour– y un par de fuentes de dudosa “tradición”.

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Al final, volví mucho antes de lo esperado por la gran decepción y porque las tarifas aumentaban drásticamente en fin de semana y mientras pasaba por la zona del pueblo donde obtuve mi primera impresión, pude claramente ver qué ocurría con aquel lugar y cuán errados estaban mis conceptos sobre un Pueblo Mágico. Buscando artesanías encontré productos manufacturados en regla hechos en el extranjero, en vez de comida típica descubrí restaurantes gourmet con porciones pequeñas y caras. Apenas pude conocer a un par de lugareños, pues todo estaba lleno de turistas, hombres de negocios, viajeros y viajeras de otras partes del mundo. No encontré tradiciones ni sitios emblemáticos, sólo tours que contaban leyendas inéditas aún para los locales.

Las imágenes que vi y tanto me maravillaron, viven sólo en Internet, en el portal oficial del programa de Pueblos Mágicos. La “gente” y la “calidez” que prometía el sitio resultó en una experiencia distinta a la que esperaba. Mientras volvía al terrible monstruo gris de asfalto y contaminación, me di cuenta de lo que estaba pasando a mi alrededor: en vez de un Pueblo Mágico, encontré un rincón de México raptado por empresarios, invadido por extranjeros y hipsters que descontextualizan las tradiciones y desplazan las oportunidades de desarrollo de los lugareños, distorsionado y maquillado por programas gubernamentales. Toda esta parafernalia levantándose sobre lo que alguna vez fue un auténtico pueblo mágico. 



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