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¿Ser soltero es una discapacidad?

A primera vista, el título de este artículo parece una pregunta por demás estúpida. No obstante, se trata de una cuestión real, una duda que asalta a millones de personas en toda Latinoamérica.La naturalidad con la que funciona el buscador más famoso del mundo, principal puerta de entrada a Internet para miles de millones de […]



A primera vista, el título de este artículo parece una pregunta por demás estúpida. No obstante, se trata de una cuestión real, una duda que asalta a millones de personas en toda Latinoamérica.

ser soltero

La naturalidad con la que funciona el buscador más famoso del mundo, principal puerta de entrada a Internet para miles de millones de usuarios por segundo, es escalofriante. Nunca antes se habían concentrado tantos deseos, preguntas y peticiones, mucho menos en un campo de texto. Como si se tratara de un gran confesionario, o del número de plegarias que se piden en una iglesia, Google refleja el sentir de todas las personas que no encuentran mejor consejero que la red, a quien preguntan sobre amor, relaciones de pareja, sexo, soledad y todos los temas que ocupan la psique humana.

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Sí habría que informarse sobre las principales inquietudes del mundo, un gran recurso sería preguntar (a Google) qué se busca en Google. Que la frase “ser soltero es una discapacidad” y sus variantes sean parte de los resultados sugeridos no es un problema por sí mismo, sino un síntoma de un mal aún más grave. Pensar en la soltería como una discapacidad da cuenta de la legitimidad de un discurso que opera férrea, pero sutilmente, y pasa desapercibido bajo una etiqueta de normalidad y status quo.

Desde todas direcciones, la idea de la necesidad inminente de una pareja para la realización personal fluye, y en la mayoría de los casos, es aceptada sin reparar en sus consecuencias. Para el cristianismo, la unión con una pareja es la puerta de entrada al sexo sin faltar a Dios, mientras que reconocer una relación ante el Estado es sinónimo de beneficios legales que elevan la categoría de ciudadano a través de un cambio en el estado civil.

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Desde la literatura, el cine y las artes, la versión que más circula sobre qué debe ser una pareja es la trágica, que desborda una pasión incontrolable que nubla la vista y se apropia de la conciencia, al tiempo que se convierte en la única razón válida para vivir. 

En el romance más famoso de todos los tiempos, Romeo Montesco y Julieta Capuleto son arrastrados tanto por su voluntad, como por un fatal designio que se encarga de separarlos sin importar cuánto se empeñen en lo contrario. Ambos asumen el sinsentido de su vida cuando están seguros de que nunca más estarán juntos y deciden poner fin a su existencia. 

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 La consecuencia de la repetición de este esquema es más catastrófica de lo que aparenta: no sólo se trata de la quitojesca búsqueda de la felicidad propia como responsabilidad de alguien más; a
l mismo tiempo, legitima un discurso penetrante y excluyente que grita una y otra vez a mujeres y hombres solteros sobre su deformidad. Mutilados, castrados e incapaces de sentirse plenos, sólo por mantener la individualidad orgánica con la que cargan por naturaleza.

El estigma es aún más fuerte sobre las mujeres que deciden ser solteras y disfrutar de tal acción. El grueso de la sociedad alude con su característica miopía y en primer lugar, asume que su estado civil es indeseable y no voluntario, porque hasta las bestias subieron al arca en pareja para salvarse del Diluvio Universal: “seguro no sabe hacer nada”, “se enoja de todo, ¿quién la va a querer?”, “pues, está loca”.

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Detrás de esta caracterización se encuentra una noción absurda con la que carga todo Occidente, el amor idealizado. Hace falta dejar de percibir este sentimiento en aras de la perfección y aterrizarlo en su origen puramente humano. También asumir que el amor de pareja es sólo una de sus múltiples representaciones y que todas son tan propias de los hombres tanto como los sentimientos más viles, pero sobre todo, recordar a cada instante que cada individuo está completo por sí mismo, que la plenitud y felicidad no dependen de alguien más y hacerlo sería tan egoísta como sinsentido. 



Descubre cuánto puede cambiar tu vida en el momento en que comprendas que no dependes de alguien más y valores tu independencia luego de leer las “10 cosas que aprendí cuando dejé de vivir por alguien más y comencé a amarme completamente“. Si aún estás inmersa en una relación que no marcha para ningún lado pero eres incapaz de terminar definitivamente, toma nota de los mejores “Consejos budistas para aprender a cerrar ciclos“.



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