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La mujer que hizo de su trágica muerte la mejor expresión artística

 Una mascada blanca se desploma desde el piso 86 del Empire State, como un alma que se eleva a la inversa. Alcanza el piso sin hacer ruido alguno y se detiene con la gracia etérea de las cosas que se eternizan. Las personas miran hacia arriba, buscan de dónde pudo haber salido, a quién pertenecería. Un […]

 



Una mascada blanca se desploma desde el piso 86 del Empire State, como un alma que se eleva a la inversa. Alcanza el piso sin hacer ruido alguno y se detiene con la gracia etérea de las cosas que se eternizan. Las personas miran hacia arriba, buscan de dónde pudo haber salido, a quién pertenecería. Un silencio premonitorio congela la escena, entre avalanchas de personas que se enciman unas sobre otras en las calles, y taxis amarillos que se hacen camino entre cláxones enardecidos, en el centro de todo, la mascada blanca. Segundos después, un estruendo terrible desvía la atención: un impacto.

El cofre de una limusina de lujo se desfigura alrededor del cuerpo inerte de una mujer joven, que parece descansar plácidamente encima, sin rasguño alguno, imperturbable. La gente rodea el coche con gritos ahogados y suspiros contenidos en la garganta. Esperarían sangre, desfiguraciones en el cuerpo, una expresión de dolor pasional, pero no encuentran nada. Llama la atención la expresión apacible en el rostro frío del cadáver: tiene los labios perfectamente bien delineados con rojo, las pestañas enchinadas y el cabello recogido en lo que parece un chongo apretado. Va vestida como una señorita bien acomodada, de alcurnia; sin embargo, no respira.


suicidio Evelyn McHale

Está muerta en una posición que sale de contexto, con la falda planchada y el saco bien acomodado. Pareciera estar acostada sobre el cofre deshecho, deformado: una muñeca de trapo sobre un ataúd desfigurado que no le corresponde. El único gesto tenso está en su mano enguantada, que se aferra fuerte al collar de perlas que le cuelga de la garganta. Por lo demás, pareciera que está inmersa en el más apacible de los sueños, inconsciente de los ojos que la miran, de las patrullas que se acercan, de la ciudad que se precipita sobre sí, impoluta.

Quién podría imaginarse que horas antes el hombre de su vida le había propuesto matrimonio. Nadie pensaría que fue el día de su cumpleaños 24, después de la cena perfecta con la que cualquier chica de su edad soñaría tener. Las sonrisas de los hermanos y el orgullo del padre el día anterior pasarían desapercibidos. El cuerpo yace sin vida encima de una limusina privada, en un caos público que entumece un poco más a la gran metrópoli cultural de Estados Unidos. La expresión imperturbable de su rostro no correspondía a la atrocidad que la envolvía, como las alas destrozadas de un pájaro recién nacido que intentó volar.  

Evelyn McHale ingresó a la morgue de Nueva York como una desconocida. No fue hasta que la despojaron de sus pertenencias que supieron su nombre, de dónde venía y qué estaba haciendo en Nueva York. Encontraron en su cartera, entre otras cosas, su identificación oficial, su domicilio, y una nota escrita a mano que pasó a la Historia:


historia de Evelyn McHale

“No quiero que nadie dentro o fuera de mi familia vea nada de mí. ¿Podrían destruir mi cuerpo a través de un proceso de cremación? Les ruego a ustedes y a mi familia, no usen ningún tipo de servicio de homenaje. Mi prometido me pidió que nos casáramos en junio. No creo ser una buena esposa para nadie. Él está mucho mejor sin mí. Díganle a mi padre que tengo muchas de las tendencias de mi madre”.

Una investigación meticulosa fue llevada a cabo. Muy pronto, tras hablar con su padre, se supo que Evelyn había tenido una infancia tormentosa: su madre había abandonado a la familia cuando todavía era una niña pequeña, después de tener otros seis hijos con su padre. La mujer desapareció en la costa californiana, sin mayor explicación que sus tendencias delirantes. Fue entonces que el padre decidió abandonar la costa para vivir en Pensilvania, donde consiguió un trabajo más o menos estable con el que pudo mantener a flote a su familia, cada vez más rota, cada vez más deshilachada.

Cuando Evelyn tuvo la edad suficiente para independizarse, se mudó a Nueva York por trabajo. Vivió años tranquilos en los que visitaba a su padre cada fin de semana, tomando el tren que la llevaba directo a él. En Pensilvania conoció al que se convertiría en su prometido, y tras años de un noviazgo funcional, decidió pedirle matrimonio. Nadie jamás se habría esperado que un día, después de una cena cálida, íntima y feliz, Evelyn decidiera tomar un camino distinto.

Hizo el viaje en tren rutinario hacia la ciudad laboral después de despedirse de su futuro esposo, con la sonrisa satisfecha de su padre todavía en los ojos. Vio pasar su vida a través de las ventanas del tren, y la manera en la que Pensilvania se convertía lentamente en Nueva York la hizo perder los rieles. Al llegar a Penn Station, ni siquiera recogió sus maletas del tren. Bajó sola, con las manos vacías y en silencio, y se dirigió con la mirada perdida al edificio más alto que pudo encontrar.



Subió al último piso, en el que estaba el mirador del horizonte que todos querían alcanzar, y con un último suspiro, se desplomó desde lo más alto. Justo en el momento del impacto un joven estudiante de fotografía pasaba por ahí. En medio del tumulto, se abrió paso entre la multitud y con una cámara que apenas sabía usar, capturó la imagen que se convertiría en la portada de la edición siguiente de “
Life”. La fotografía causó sensación, y el nombre de Evelyn McHale se inmortalizó bajo el título de “Suicide (Fallen body)”: un epitafio que no termina de capturar la belleza inmortal de una mujer, que no se deshizo ni siquiera con el impacto fatal de una caída de 86 pisos de altura.

Susan Sontag, en “Regarding the Pain of Others”, dice que hay algo de manipulador en la intencionalidad de un fotógrafo al mostrar parte de la realidad que decide enfocar en su composición; sin embargo, no hubo mucho que Robert C. Wiles tuviera que considerar al capturar el cuerpo inerte de McHale: desprendió un instante del tiempo que podía parecer preparado como en una puesta en escena, pero que aconteció ante sí como una casualidad más de los transeúntes despistados de Nueva York. La composición le sucedió, y lo único que tuvo que hacer fue robársela a la eternidad: inmutable, precisa, hermosa, perfecta. Esta ha sido la única fotografía que Wiles ha podido publicar.


sucidio de Evelyn McHale


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La belleza también reside en lo imperfecto, en lo deforme, en el dolor y en la muerte, por eso conoce el tormento y erotismo de las mujeres en 30 fotografías.


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