Una resaca colectiva

Jocelyn está a unos días de convertirse en mujer. Ante la sociedad del pueblo de San Andrés El Chico será presentada y festejada. Honorato, su papá, está orgulloso del acontecimiento. Padre de cinco hijos, Jocelyn es la única mujer, es la reina del gallinero. Entre renta de carpas, selección del menú culinario, ensayo del baile […]

mujer desny flores
Jocelyn está a unos días de convertirse en mujer. Ante la sociedad del pueblo de San Andrés El Chico será presentada y festejada. Honorato, su papá, está orgulloso del acontecimiento. Padre de cinco hijos, Jocelyn es la única mujer, es la reina del gallinero. Entre renta de carpas, selección del menú culinario, ensayo del baile y convocatoria de asistentes la familia de la quinceañera, se ha empleado a fondo para que la celebración sea todo un suceso. 475 invitados esperan: parientes, compadres, amigos, autoridades y personalidades diversas de la comunidad van a atestiguar el ascenso de una niña a mujer. Muy en el fondo, ella no quiere nada de fiesta ni banquete. Su padre ignoró su voluntad cuando se le acercó para hablarle. Esto fue lo que le dijo:

-¡Mija! Estás cerca de cumplir tus quince primaveras, estoy emocionado y comprometido contigo, mi princesa y única hija. ¿Qué vas a querer, puerco, mole o res?

-Me gustaría un viaje, papá. Dicen que Cancún está bonito, aunque también me han hablado cosas buenas de Cuba.

-¿Res, mole o puerco?- Rezongó Honorato, quien con rostro serio y semblante enfadado hizo como que no escuchó la petición de su hija.

Jocelyn, con mirada asustada, siguió el juego de su padre y con voz entrecortada hablo -El mole está bien- acto seguido, Honorato extendió sus brazos, sonrió y la abrazó.

Sin más remedio que aceptar la voluntad paterna, la futura quinceañera se tuvo que resignar.
Los chambelanes del baile estaban para llorar. De todos no se conformaba ni un danzante decente, pero no había más. El presupuesto estaba centrado en el mole, la carpa, las mesas, el vestido, unos arreglos florales para darle un toque de feminidad al festejo y la bebida, por supuesto. No es que fueran alcohólicos en el pueblo, más bien, les gustaba beber y compartir. Eran, pues, buenos bebedores de ocasión. Al paso de los días, todos en San Andrés ya esperaban con ánimo y ansia el festejo; dejando de lado la cosecha, la fiesta del santo patrono y el carnaval… no se esperaba más. Sólo las celebraciones como bodas, bautizos y hasta velorios, animaban un poco a la población, conformada por personas olvidadas y, no pocas veces, marginadas de la civilización. Eran esas las ocasiones en que se podían “emperifollar” y “arreglar” con sus mejores vestidos y atuendos; además de comer y beber con desparpajo.

En la casa de la futura mujer todo era un vaivén de emociones y pendientes. El padrino de la bebida era el más solicitado. El hermano mayor de Jocelyn se entretenía calculando contando a cada invitado con sus respectiva ración de alcohol.

“Si son cuatrocientos setenta y cinco invitados, a tantos les toca beber…  las mujeres toman… y los niños sólo aguas frescas” . Terminando su proyección se dispuso a llamar al padrino para comentarle de las provisiones que tendrían que estar listas para el gran día.

Los otros padrinos no eran relevantes, como tampoco lo era el deseo y gusto de Jocelyn por celebrar; aquí lo importante era convivir y quedar bien con todo el pueblo, faltaba más.

Honorato ya tenía listo los guajolotes y a las personas encargadas de preparar el mole. Debía ser almendrado y no tan dulce, un sabor fuerte pero no irritante ni empalagoso.

En la explanada principal de San Andrés (la única), los chambelanes hacían que bailaban y ensayaban la pieza estelar, la gente ya contaba los días para acudir a la celebración y en el mercado, si te detenías por un momento, asistías a diálogos y cotilleos más o menos así :

-¿Ya supiste que la niña no quería fiesta? Se quería ir de viaje pero el viejo Honorato no quiso…

-Está bien, pues la niña no se manda por su cuenta; además de que no es bueno que viaje sola, pueden pasar muchas cosas, ya ves que es joven, además de que se ve resbaladiza.

- ¡Ay!, ¡cállate comadre!..

Y así escuchabas más argumentos morbosos si te quedabas en el chisme matinal.

Una cosa lleva a la otra y el gran día llegó. La misa fue una más de tantas pláticas ceremoniales cargadas de improvisaciones y posturas interpretadas por curas atentos y fieles a la palabra del señor.

Al término de la misma llego la bendición de nuestro señor padre y el mayor de los deseos para que la niña, convertida en mujer, llevase una vida de bien, llena de amor y buenos valores, costumbres y obligaciones, nada nuevo, todo de acuerdo al protocolo y contrato social.

Ya en plena fiesta, los mariachis cantaban, las barrigas se daban gusto con el mole, los chambelanes se despachaban dándole unos buenos tragos a la cerveza y aplicando uno que otro pellizco a las amigas, compañeras y toda damita que circulara por allí.

Las señoras, sentadas y atentas a los deseos y gustos de sus maridos, estaban tiesas y calladas observando el ambiente: como si estuviesen esperando a que algo pasara. Los maridos y demás hombres de la fiesta le daban tupido al trago. Todo lo que había por beber tendría que ofrecerse y sin medida. Don Honorato e hijos te recibían con botella en mano por persona. Luego, le indicaban al mesero que los guiara a la mesa, señalara el lugar y, ya sentado, te bebieras tu ración.El mole estaba sabroso, las tortillas recién hechas del comal al buche se iban volando. La gente comía y bebía con holgura. Los meseros iban y venían mientras Jocelyn permanecia sentada, aburrida, al lado de sus padres y hermanos en la mesa de honor pensando en Cancún, imaginándose Cuba. Al cabo de dos horas los mariachis callaron y apareció el grupo Cañaveral de Tijuana. Arreciaron las gargantas cuando interpretaron el éxito del momento: “Amarrame a tu corral, quiero ser tuyo desde la uña hasta el alma”.

El grupo estaba compuesto por siete chicos y un par de chicas.El viejo Honorato no escatimó en gastos. La fiesta prendió hasta al más amargado. No obstante que la celebrada estaba ida en pensamientos de playa y arena, la familia y pueblo en general le daban gusto al cuerpo y agotaban en la medida de lo posible sus antojos.

Ya entrada la media noche, la mayoría de los invitados estaban bien borrachos y melancólicos. Las señoras, acostumbradas a esos rituales, comenzaban a soltarse un poco. Ya los machos embrutecidos no eran tan peligrosos. No parecían ovejas mansas pero seguían empinándole al trago y, por lo tanto, los nervios continuaban deprimidos. Entre borrachos y bailadores, Jocelyn se escurrió de la mesa de honor y se fue al camión del grupo Cañaveral. Allí, en el remolque, le estaba metiendo mano a Juan José, el vocalista y líder de la agrupación. Desde que llegó fue su única distracción. No es que Juan José fuera guapo o atractivo; lo que le atrapo fue su acento cubano costeño. Ella realmente deseaba su viaje y al esfumarse la posibilidad del mismo, se entregó a los brazos del cumbianchero.

A las cuatro de la mañana ya sólo quedaban bultos de personas por el piso, arrinconados. Entre las mesas y sillas colgaban cuellos con cabezas intoxicadas de tequila, cerveza y whisky. Las mujeres, tiesas, se habían marchado ya con los niños en brazos y arrastrando. Los pocos sobrios también emprendieron la retirada ya comidos y bien bailados.

Ya sólo quedaban algunos borrachos de pie, sollozando, balbuceando incoherencias, recitando deseos contenidos y anhelos inconclusos.

En el camión Jocelyn se había convertido en mujer sin tanto brinco y alboroto. Como a eso de las diez de la mañana aquellos borrachos, incluyendo al viejo Honorato como primero en la línea, despertaban hinchados y sedientos de frente al sol que ya se asomaba en el firmamento amenazando con fuerza y acompañando a la resaca. En San Andrés todo seguía igual. Cancún estaba a su máxima capacidad, y en Cuba el calor calaba hondo.

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