El artista que sedujo al arte a través de la psicodelia y el punk | Cultura Colectiva - Cultura Colectiva

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El artista que sedujo al arte a través de la psicodelia y el punk

Recorro varias veces la galería, al tiempo que establezco relaciones entre los lienzos de gran formato que cuelgan de los muros de concreto y los cientos de obras que revisé en la red. Una palabra retumba en mi mente: trampa. La obra de Victor Rodriguez es un sofisticado y punk trampantojo. No pretende edificar dimensiones […]




Recorro varias veces la galería, al tiempo que establezco relaciones entre los lienzos de gran formato que cuelgan de los muros de concreto y los cientos de obras que revisé en la red. Una palabra retumba en mi mente: trampa. La obra de Victor Rodriguez es un sofisticado y punk trampantojo. No pretende edificar dimensiones arquitectónicas o profundidades inexistentes en la bidimensionalidad como lo hicieran Pozzo o Tiepolo; en cambio, la meticulosa factura donde el acrílico enraíza a la trama y urdimbre del lienzo las fotoderivaciones obsesivas del autor, engaña al ojo con una aparente hiperrealidad, que no es sino una serie de fantasías, digresiones, meditaciones y arrebatos más bien ligados al pop, al punk, a la filosofía y fuertemente conectados con un estudio libre de la historia del arte. El espectador -incluso el gran erudito de las “Bellas Artes”- suele caer en el lugar común del hiperrealismo o del fotorrealismo, seducido por las etiquetas que permiten ubicar en compartimentos seguros a la creación artística. Rodríguez, a propósito, comenta en una entrevista en la Galería Ricardo Reyes que “[algunos hiperrealistas] se sienten dueños de la verdad y desconocen todo lo demás […] con lo cual yo no tengo nada que ver […] En el otro extremo están los hiper conceptuales para los que estas cosas son cuestiones retinales y decorativas. Están esos dos extremos. Yo no participo en la escena mexicana. Soy completamente un outsider. Pero cuando vengo y estoy aquí, me siento siempre como que no hay término medio […] No entienden algo y su reacción ante no entenderlo es decir que es inválido o que es malo, en lugar de estudiar para entenderlo […] Yo reconozco que no sé. Me gusta saber, me gusta entender. El arte contemporáneo exige del espectador un esfuerzo. Es un reto […] Yo no creo que la pintura esté fuera del arte contemporáneo.”[1]


artistas mexicanos

Lo cierto es que con la obra de Víctor Rodríguez es difícil intentar ganar una partida de contemplación o  análisis canónico por una razón fundamental: se trata de un artista y esteta libre, que apuesta por la legitimada pintura como medio para conseguir una experiencia estética en el espectador. “La pintura es un medio, un lenguaje universal que puede leerse a cualquier nivel.”[2] Marcado por la impronta referencial de Picasso, los artistas modernos de principios del siglo veinte, por Koons, Kippenberger, Richter, Polke, Oehlen y Rauch, la historia de su obra se halla  anecdóticamente ligada al pop por el hilo conductor de Ivan Karp, su primer galerista en Nueva York. Huye del mexicanismo y la nostalgia, pero su estética sigue anclada a México por una  especie de herencia genética; ubica el presente como el mejor momento histórico y a la sociedad de la imagen como un poder visual incrustado en la memoria. Se reconoce asceta y estoico en su vida personal y quehacer artístico. Así, los motivos iconográficos y la semántica de su obra resguardan una potencia latente, violenta y críptica, que aguarda una labor hermenéutica personal. El aparente naturalismo, e incluso realismo, es la red que atrapa al incauto y lo arrastra por una superficie pictórica plagada de experimentaciones cromáticas, encuadres cinematográficos, iconografías posmodernas, referencias íntimas y transgresiones ontológicas. No se trata de una simulación de veracidad, sino de la construcción de una realidad que es a un tiempo seductora y abismal, erudita y punk, cromáticamente rica y oscura.


víctor Rodríguez

La obra de Victor Rodriguez es una especie de flujo pictórico, compuesto de motivos iconográficos cotidianos con valores íntimos complejos, fotoderivaciones en acabados cinematográficos, referencias metapictóricas y epistemológicas digresivas, e introspecciones de la psique del artista. Nos encontramos ante un trabajo que constituye una suerte de “regresión”, aquello que Maffesoli describió como una reintegración al seno sombrío, pasional e imaginativo, desde donde se construye simbólicamente la realidad[3]. A partir de ese reducto íntimo y cotidiano, en el que todo está permitido, opera el artista en cuestión, libre de sentencias y marcas, fuera del mainstream y cerca de la ritualidad personal. El resultado es una obra atada fuertemente al instante, palabra clave para comprender la obra de Rodriguez: en esa imagen intuida, fabricada y abandonada por el artista, es donde el espectador queda suspendido y accede a una realidad más allá de sí mismo pero, paradójicamente, afincada en lo más profundo de su interior; el catalizador es la experiencia estética suscitada por los prolijos lienzos y el sobrecogedor detalle del gran formato, donde lo femenino y el yo, juegan un papel fundamental, piedras de toque para la conmoción expectante.


artistas mexicanos contemporaneos

La seducción que deviene a la experiencia estética es su principal efecto[4]. Digno representante de la postmodernidad, la contemplación y el consumo de sus piezas pasa por el audaz influjo de la seducción de los sentidos: apuesta siempre a la reacción fenomenológica casi orgánica, pero no de cara al engaño, sino a la liberación de sí mismo. A ese respecto, el artista sostiene que “la experiencia estética es una parte importante. La técnica es un medio para conseguir ese fin […] Entonces en mi interés en tratar de representar todo esto como una cuestión abstracta, en mi gusto por la cuestión de geometría abstracta, el color para mí es hacer vínculos con recuerdos y memorias. En mi caso, los colores tienen una cosa que me remonta a momentos de infancia, a momentos específicos. Que no importan para ti, a ti no tienen que importarte para nada. Yo soy la única persona que estoy satisfaciendo cuando tomo esas decisiones […] Para mí es como una terapia, una cosa que te tienes que quitar de encima; una vez que lo termine, no tengo ninguna conexión, ningún attachment […] Tengo total libertad, puedo hacer lo que quiera y eso para mí es lo más importante […] Para mí es una cosa terapéutica del conflicto humano que todos tenemos, es como automedicarme para tratar esos problemas […] El artista tiene una libertad enorme de convertirse en otra cosa. Es una cosa de introspección.”[5]

victor rodriguez

El gran formato cinematrográfico, fotoderivado, cromáticamente saturado e iconográficamente pop-punk, tiende a la intimidad autobiográfica, convertida en símbolo común. Una intimidad donde yace la reacción fenomenológica y que aguarda una labor hermenéutica personal, para conseguir la conmoción y la liberación. El artista posmo, urbano y cosmopolita, tiende pues a una seductora red visual y revela a través de ella lo más privado de sí mismo, para el disfrute autónomo del ojo público. Queda así liberado y el espectador provisto de un referente estético actual de gran valor en la escena.


victor rodriguez

[1] Entrevista a Victor Rodriguez, realizada por Melisa Arzate Amaro. Ciudad de México, 3 de marzo de 2017. No publicada.

[2] Ibidem

[3] Maffesoli, M. (2000) El instante eterno. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós.

[4] Lipovetsky, G. (2002) La era del vacío. Barcelona, España: Anagrama.

[5] Entrevista a Victor Rodriguez, realizada por Melisa Arzate Amaro. Ciudad de México, 3 de marzo de 2017. No publicada.

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