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Confesiones fotográficas de una dominatrix

Confesiones fotográficas de una dominatrix

Confesiones fotográficas de una dominatrix

“Todo mundo cree que soy una perversa. Y es muy divertido que lo crean; si eso les hace bien, a mí no me hace ningún mal. Ser dominatrix no se trata de lastimar a nadie, sino de darles lo que necesitan. Por ejemplo, si necesitas una buena nalgada, pero sobre todo, te la mereces, ¿por qué habría de negártela? Sí, debo prolongarlo y hacer rogar a mis clientes, pero a fin de cuentas tendrán su merecido; en caso contrario, ya iré midiendo cómo reacciona el cuerpo. El nivel de humedad o endurecimiento de un pene no siempre son el mejor termómetro, por eso yo soy la experta en este negocio.

No es fortuito que yo me dediqué a ser el ama de la mazmorra. Soy la dueña y facilitadora de los mejores gritos, llantos y eyaculaciones en este mundo; yo le doy la oportunidad a los demás para experimentar las sensaciones íntimas más increíbles. Puedo llegar al extremo que me pidan; andar con un top de cuero, ligueros de látex, tacones de treinta centímetros y sujetar con pinzas los testículos de hombre que se apasione por lo prohibido. Esa soy yo y estoy orgullosa.

Sólo debo aclarar dos cosas: no tengo sexo con ninguno de mis esclavos –no se merecen tales regalos– y tampoco permito que este estilo de vida, esta manera de ayudar para el placer, domine mi vida por completo. A todos les sorprendería a qué me dedico cuando no estoy azotando a alguien por una hora o recordándole por qué su difunta madre no sentía orgullo por él”.


Dejarse atar de pies y manos, permitir que alguien juegue salvajemente con tus genitales, sentir prácticamente cómo estos se desprenden de tu cuerpo, percibir filos y rasguños en tu espalda, no poder mirar absolutamente nada, quizá respirar con dificultad y sudar un frío líquido debajo de un traje de cuero. Eso es lo primero que imaginamos al tratar de visualizarnos en una fiesta de bondage; eso y muy probablemente el haber perdido la cabeza para poder aceptar algo tan “anormal” como tener sexo en términos dañinos. Pero hay que calmarnos, estas ideas no son otra cosa más que nuestros prejuicios hablando.

Solemos prefigurar en nuestra mente a la gente que practica el sado como seres desequilibrados y totalmente alienados de esta realidad; oscuros, descontrolados y con fijaciones monstruosas, los practicantes del BDSM (Bondage-discipline, Dominance-submission, Sadism & Masochism) suelen identificarse en el imaginario colectivo como los enfermos totales que son incapaces de sostener relaciones sexuales dentro de la norma, individuos que seguramente atienden algún trauma a partir de actos extremos y peligrosos.

Si pudiéramos tener un registro visual diario de su vida, quizá comprobaríamos la sospecha de que pasan la mayor parte de su tiempo buscando circunstancias “extrañas” para excitarse o comportarse como vampiros depredadores a cualquier hora. Pero de hecho las tenemos; y no, no son seres extravagantes que acosan al mundo entero en busca de presas indefensas y tampoco cumplen forzosamente con ese personaje de púas, fuetes y pinzas que ha propagado el cine o la fotografía sensacionalista.

Esto no quiere decir que no existan, claro; pero no son el absoluto del BDSM. Muestra de ello son las imágenes que Samir Abady captó en Kink, serie que retrata a un grupo de mujeres que lleva una existencia tan común como cualquiera de nosotros, pero encuentra en sus prácticas de S&M no una filia abominable, sino un placer o una profesión que estudia consensualmente los límites del placer humano.

Según Kink, la experimentación del extremismo y el confort en la cama es un acto de mayor vínculo que la terapia o la sanación.

El bondage es la oportunidad perfecta para ser libre y dejar que los deseos más profundos lleven el ritmo del encuentro sin necesidad de penetraciones o estímulos convencionales.

Ser una dominatrix y ser requerida como ello es la ruptura con los esquemas tradicionales de poder.

Permitirse guiar por las dominatrices es rendirse ante ese cosquilleo que implica el mover los estándares de la sociedad.

De acuerdo a estudios psicológicos, requerir de dominaciones y sumisiones extremas en el sexo es tan normal como cualquier otra costumbre amatoria.

Se ha comprobado que aquellas personas quienes aman el BDSM son menos neuróticas y menos sensibles al rechazo.

Ya sea como participantes activos o pasivos del sado, se ha descubierto que estas personas son más extrovertidas, más abiertas a nuevas experiencias, más conscientes y más seguras de sí mismas.

Estas fotografías sirven como testimonios visuales de una dominatrix y a la vez, no intentan en lo absoluto escandalizar en torno a la vida “intensa” de quienes se dedican profesionalmente a satisfacer cierto tipo de necesidades sexuales; Samir Abady siempre ha tendido a plasmar la peculiar cotidianidad con que estos actos se llevan a cabo y la consuetudinaria vida que llevan las mujeres involucradas en esta práctica. Cada una las involucradas en esta colección da testimonio claro de que en sus hábitos o servicios también hay espacio para las necesidades, los miedos, los anhelos, la honestidad, la amistad y la ternura. No todo es clandestinidad y silencio.

Para continuar aprendiendo del BDSM y sus formas, quizá quieras leer estos 8 libros que te enseñarán todo sobre el mundo del BDSM o poner en práctica lo que tiene para ofrecerte este artículo: 8 fotógrafos que te enseñarán a quitarle la ropa al amor de tu vida.

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