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Fetiches, perversión y sudor en ilustraciones eróticas

Fetiches

Fetiches

El olor a sexo lo impregna todo.

Incluso a la pintura y el diseño; cualquier líquido, transparencia o textura dudosa que se encuentre en una obra de arte, inmediatamente adquiere un carácter sexual si es que la producción lo sugiere también. En la trayectoria de Alexander Grahovsky, ilustrador español, se encuentra esa intimidad descubierta a partir de tonos pastel, trazos pulcros aunque a veces violentos y composiciones pop, que a pesar de su modo de aparecer no pierden ese sabor a fruto prohibido.

Bajo la caracterización del calor ente dos cuerpos que sin tocarse logran sentir cómo se expulsa el sudor de sus poros, las imágenes creadas por Grahovsky comparten con el espectador la humedad de sentirse deseado o, incluso, sometido. En escenarios convencionales o circunstancias conocidas, estos retratos de lo que sucede a puerta cerrada adquieren un tono para nada revelador, sino de complicidad lujuriosa.

Como si fuésemos un voyerista hambriento de penetración –carnal y allanadora–, nos posicionamos frente al trabajo del artista con la promesa de conseguir no lo que deseamos, pero sí aquello que se funde en el otro. Eso que sólo adquiere significado al ver un cuerpo ajeno ser poseído.

De estética colorida, el ilustrador que ocasiona estas jadeantes composiciones lleva su elaboración a encuentros fortuitos con el arte pop, la publicidad de mediano siglo XX y el fotograma pornográfico; promueve relatos y suposiciones, su obra nos invita a continuar una historia sofocante de entrega, de vulnerabilidad.

El fetiche de observar el coito extranjero y la sumisión llevada por el deseo, por encontrarse de frente con el placer que deviene muerte o tortura, es el trazo primordial para hacer de la ilustración de Grahovsky un orgasmo propio, por lo menos una autoerotización a partir de lo observable y no lo vivido.

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