Con el auge del empoderamiento femenino y las ideas que ahora circundan a la sociedad global en cuanto al posicionamiento de la mujer, resulta todo un enigma hablar de esas comunidades que, sobreviviendo a los años, se mantienen regidas por el “segundo” género. ¿Qué es lo que las motiva a continuar con ese reinado? ¿Cómo se conforman esas estructuras para continuar con tal filosofía de comportamiento y no debilitarse ante las exigencias de la contemporaneidad? Con la posibilidad de parecer arcaicos o nunca insertos en el desarrollo de la modernidad, lo cierto es que esos sistemas de creencia y moralidad han podido prevalecer –con sus bemoles– gracias a nuevos planteamientos de la convivencia personal.
El matriarcado es un sistema que hace a la mujer el centro de la cultura, mas no le da poder sobre los demás. El cometido no es ése, sino construir una vida cultural basada en el respeto mutuo.
Cabe mencionar que no hay sociedad alguna en el planeta que esté regida en el mundo a cabalidad por el sexo femenino; cuando las mujeres tienen el poder en determinadas regiones, vemos avances en el comportamiento humano. En la estética, en la política, en la manera de aprehender el mundo y los códigos morales en la familia. Pero en un sentido general, cuando esto sucede, ellas se encargan de muchas cosas hiperfemeninas, sólo que en un tono mucho más relajado; hacer feliz a los demás, mantener familias estables y tener buen sexo son de sus tareas primordiales.
Tomemos por ejemplo a la tribu de los Mosuo. Un grupo organizado muy distinto a lo que conocemos y que es liderado por las mujeres; las familias son un matriarcado, no existe el matrimonio, no hay figura paterna –aunque sí patrón masculino–, la sexualidad es completamente libre desde los 13 años, los padres no viven directamente con la madre de sus hijos y la crianza se da entre todos. Esto ha traído varios resultados; tan buenos como el que una relación de pareja esté de verdad enlazada por afecto, o tan malos como la llegada de turistas que creen que pueden acostarse con cualquiera.
Aún así, la principal consecuencia (grata) de esto es que los Mosuo no son para nada promiscuos –la libertad que tienen para entablar relaciones sexuales no los hace presas del deseo, sino buscadores de placer–, desde niños se tiene muy en claro que encontrar una pareja ideal para toda la vida no es siempre posible, no hay peleas legales o impactos emocionales durante una ruptura y los celos se ven como una ridiculez. Si hay afecto, permanecen con su pareja; si no, son libres de buscar su lugar con alguien más.
Entonces, ¿qué ideas de tinte filosófico podemos extraer de esta comunidad y otras que se igualan en prácticas?
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El matriarcado no es un opuesto al patriarcado
El matriarcado, según la experta en estos estudios, Heidi Goettner-Abendroth, es un sistema que hace a la mujer el centro de la cultura, mas no le da poder sobre los demás. El cometido no es ése, sino tomar al sexo femenino como eje para construir una vida cultural basada en el respeto mutuo. Por ello, los celos o las restricciones sexuales se ven como una estupidez.
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El matrimonio no es un contrato
Si se da un lazo entre dos personas que se aman e incluso llegan a tener hijos, no es porque exista un contrato forzoso lleno de cláusulas y acuerdos prenupciales. Es porque hay un movimiento interno de emociones que los ha dirigido a ese punto y, si deciden terminarlo, no hay problema en ello. Los hijos nunca son ilegítimos ni se cela a nadie en la relación venidera.
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Más sexo, menos crítica
En muchas de estas sociedades, especialmente la de los Mosuo, las adolescentes son las únicas que reciben un cuarto privado en el hogar para poder tener sexo con quien quieran y cuantas veces quieran. Eso no es motivo de enojo ni de abuso por nadie en la comunidad.
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La paternidad es de todos
Aunque existen palabras para definir a este sujeto en la familia, o a lo que seria su equivalente, éstas no cumplen en lo absoluto con el concepto que tenemos de “padre”. Las tareas principales las adquiere la mujer y entre los tíos o demás hombres allegados se encargan de enseñar también a los hijos en su desarrollo. Ninguno de ellos se toma nada a título personal o se encela porque otros eduquen a los pequeños.
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No hay necesidad del crimen
En estas sociedades que tienden a un trato igualitario o con buen énfasis en el sexo femenino, no hay una tasa de violencia tan alta como en el mundo occidentalizado. No hay homicidios, actos de odio, crímenes de pasión ni dramas de pareja.
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Como conclusión de todo un pensamiento y una dirección de actitudes bien cimentadas, se ha podido evidenciar que los derechos de exclusividad sobre un cuerpo o una relación son innecesarios, que son el motor principal para un mundo que no reparte justamente el amor, la comida e incluso el sexo. Es una práctica que no le da igualdad a las personas y que no les permite expresar sus necesidades o sentimientos. ¿Es hacia allá que debemos dirigirnos en este avance progresivo de emplazamientos y visibilidades? El tiempo dictará eso; mientras tanto, podemos escuchar estas 10 canciones para morir de celos y, después, dejarlas atrás con los siguientes 5 pasos para superar la furia incontrolable de los celos y aprender a amar.

