Mujer desnuda, y de repente, (in) conciencia
Adulto

Mujer desnuda, y de repente, (in) conciencia

Avatar of Fernando Angel Lara

Por: Fernando Angel Lara

27 de abril, 2016

Adulto Mujer desnuda, y de repente, (in) conciencia
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Por: Fernando Angel Lara

27 de abril, 2016

 Ya dijo un viejo poeta ebrio:

 “Si vas a intentarlo, ve hasta el final. De lo contrario ni siquiera empieces. Tal vez vaya a significar la cárcel, la humillación, el desprecio, y el aislamiento. Aislamiento es el regalo. Si vas a intentarlo, ve hasta el final. Y llevarás las riendas de la vida hasta la risa perfecta, es por lo único que vale la pena luchar”. –Charles Bukowski.

 

La noche comenzó con unos tragos para ambos; él los necesitaba para que la noche pasara inadvertida y fugaz, como un pestañeo, y ella los necesitaba para incendiarse.

 Las luces bajaban, el salón se llenaba, los clientes ocupaban sus asientos correspondientes, las chicas ya los esperaban con sus lencerías más provocativas, que en el trascurro de la noche se las cambiarían más de cinco veces para el deleite de los hombres jadeantes de sus sexos; y de entre todas ellas estaba la más pequeña de edad, apenas hace un par de meses había conocido las embestidas de ser penetrada por primera vez. Experiencia que había despertado en ella un deseo inagotable e insaciable por ser diariamente penetrada.
Se movía de regazo en regazo de los hombres ebrios, sacudía su trasero y se dejaba tocar, a veces no exigía la bebida correspondiente para que ellos, los finos clientes, pudieran disfrutar del cuerpecito delgado, suave y casi infantil. Sus pequeños senos eran atrapados con facilidad en las manos callosas que la recorrían con ansia. Noqueados por el alcohol ignoraban que esa joven en sus piernas, casi desnuda, húmeda y excitada, podría ser la hija de alguno, pero al entrar al establecimiento la moral se dejaba en el suelo siendo pisada por el que entraba detrás, y en ocasiones escupida.

 Y ahí estaba yo, también en la vertical trampa chorreada de alfombra rosa y temperatura tibia. Veía, alejado de las mesas, el comportamiento que me rodeaba. Observaba como el alcohol pasaba de minimizar cualquier pena que ellos llevaran dentro, a convertirse en pequeñas y afiladas puñaladas que drenaban la sangre hasta que adquirían una postura petrificada en sus sillas. Ya no jadeaban por las mujeres desnudas bailando, ya no se agitaban como animales al verlas tocándose donde el abrazo genital recae. Poco a poco morían, y poco a poco revivían. Los labios vaginales se metamorfoseaban en los labios que cada mañana, antes de irse a trabajar, besaban al despedirse de sus esposas; y su vez, la niña en el regazo adquiría un calor corporal sobrenatural que les quemaba al sólo verla. Recuerdos y felicidades que se alejaban de la lujuria y la decadencia los torturaban. “¿Qué hago aquí?” Era la pregunta que vilmente los mascullaba.

 Yo bebía otro trago mientras cada uno iba cayendo. La pequeña insaciable también despertaba, como renacida, después de ser enterrada viva. Ella estaba ahí para vivir una vez más, como la última vez. Así que escogió a los cinco que estaban más sobrios y los arrastró al cuarto oscuro. Yo incluido.

 Entramos los cinco infelices, viendo por delante el pequeño trasero de la chica que lo meneaba al caminar e indicarnos el paso al infierno. Todos teníamos una bebida, todos teníamos los instintos activados, y todos estábamos con una erección. Ella comenzó a tocarse, pasar la mano por sus labios al cuello, a los senos, al abdomen, y así hasta encontrarse con los otros labios, un viaje de polo a polo. La conciencia de ella estaba en donde debía de estar, la de nosotros se hallaba a miles de kilómetros en la penumbra del olvido.

 Uno comenzó a bajarse los pantalones, ella sonría con su carita pueril, abrió las piernas y fue penetrada acompañada de una enorme carcajada de la indecente mujercita; pronto, otro, restregó su miembro en sus cachetes chapeteados, otro, hizo lo mismo, y antes de que le ganaran, introdujo su falo en la boquita de la fémina, el otro no pudo más que sacar su palo y manipularse viendo la escena.

Yo bebía de la cerveza que poco a poco se calentaba también. Estaba hipnotizado. Los gemidos de placer de la chica se incrementaban así como su risa por igual. Uno terminó dentro de ella y de inmediato, de manera maniática exigió otro que la penetrara. Las piernas las abría en plenitud, se sentía que era víctima de la santa inquisición, les gritaba cerdos, bastardos, violadores, pero todo era para aumentar su goce; pero los hombres no recibían de buena manera esos calificativos, y cada vez que ella los expulsaba llena del delirio de la lascivia impregnada al alma, los hombres perdían la erección, y uno tras otro fue alejándose de ella, cabizbajo, subiéndose los pantalones con dolencia, guardándose el falo y saliendo estremecidos del cuarto oscuro. Ella, de rodillas chorreada, e insatisfecha, inhalando y exhalando, mientras se reía, o se burlaba, me devoraba con sus pequeñitos ojos llenos de calor. Guardaba un secreto que todo hombre en su natural ignorancia no percibía, y que ella resguardaba celosamente. Caminé a ella sin quitarle la vista de los ojos, me terminé la cerveza y me le arrodillé. La jovencita abrió los labios y enseguida nos perdimos en el secreto que el inconsciente siempre sabrá de la mujer, pero dejando tristemente al consiente en los tremebundos lagos de la inopia masculina.

cuento


Referencias: