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Relatos eróticos de una geisha: ceremonia de humedad

Adulto Relatos eróticos de una geisha: ceremonia de humedad


Agua y cuerpo, cuerpo que es agua, humedad que resbala, escurre y desliza.
“Sui” simboliza al elemento agua y en la filosofía budista de Japón, representa lo que fluye y no tiene forma: los ríos, los lagos, las plantas y el cuerpo. La sangre y otros fluidos corporales son también sui. El agua es cuerpo, son los fluidos que lo habitan: sangre, semen, saliva, orina, secreciones… es fluidez y viscosidad, humedad y calidez.

El agua es el elemento que limpia, pero que también humedece al cuerpo desde dentro y fuera; es sangre que palpita, corre por nuestras venas, enrojece los labios, hincha las venas, provoca la hinchazón del cuerpo, lava y limpia. El cuerpo emana fluidos que se limpian o se intercambian con otros fluidos, pueden convertirse en rituales de limpieza o, por el contrario, en ritos de placer erótico. Pero también pueden ser una mezcla de ambos: lavar el cuerpo puede ser un acto erótico, un intercambio de fluidos entre cuerpos.

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Lavar el cuerpo es un arte que las Geishas en Japón realizaban como parte de las artes de la seducción. Las “geiko” o “mujeres de arte”, artistas del placer, sabias en el arte de brindar placer sexual a través del manejo del cuerpo, del adorno, la danza, la conversación, el amor. Mujeres de rostro blanco y labios de rojo brillante, peinados perfectos y kimonos, con un aura casi ritual, que convierten su vida en un oficio, lo profesionalizan  y despliegan un talento que busca complacer.


Geisha no es sinónimo de prostituta, es el nombre de la mote que se dieron las cortesanas para ejercer su oficio después de la prohibición de su quehacer en Japón hacia 1883; l
as sabakuro, mujeres de clase baja dedicadas a la venta de favores sexuales y las shirabyoshi, de alta clase social, valoradas por sus dotes de poesía y baile, así como su carga erótica. Las geishas habitan en posadas, casas donde desarrollan su actividad en exclusivos salones de té, en los que reciben a grupos selectos de invitados.



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Historias de las Geishas, desde su encierro y sus encuentros, con los otros, con el cuerpo y con ese intercambio de fluidos y energías por medio del cuerpo. He aquí algunos fragmentos de los “Relatos eróticos de una Geisha”[1], una aprendiz que es instruida en las artes del erotismo. Ésta es la crónica de un baño y un encuentro, un relato erótico que deja al descubierto las pasiones de la piel y las perversiones de un erotismo que involucra servilismo y una forma de esclavitud sexual.

Ella, joven aprendiz, debe lavar el cuerpo de un hombre maduro, para ello es instruida por una Geisha experimentada. Él es un hombre occidental y se introduce en la bañera para observar cómo la joven adolescente comienza el ritual del baño con discreción e inexperiencia, y poco a poco la seducción va tomando formas inesperadas: una obligación que se convierte en disfrute.

Es este un relato desde la humedad, el ritual del baño y el intercambio de fluidos de cuerpo a cuerpo: agua que fluye hacia el agua…

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“Ella acompaña así las manos de la bonita aprendiz hacia las partes íntimas de mi cuerpo. Siento entonces los dedos de la joven, inmovilizarse sobre mi sexo; luego, liberado de la influencia de las manos de mi compañera, levanta delicadamente mi pene y lo dirige suavemente. Mi espíritu es confuso, no sé ya dónde se termina la manipulación higiénica y dónde comienza el acto sexual”.

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“Con ayuda de una longitud y delicada cucharón que hace de bambú, recolecta el agua de la cuenca, y procede a la ablución de mis manos y mi boca, hace así de sus manos y su boca”.

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“Mi espíritu duda, el malestar ante mi propia desnudez se esfuma poco a poco. Sutiles olores de té ya embalsaman la parte. El lento y complicado ritual que se desarrolla ante mí, exacerba mis impulsos sexuales, tengo una loca envidia de hundirla hacia mí”.

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“Mi cuerpo se agita. Las carnes calientes que me cubren se estrechan, se recalientan y se agitan al ritmo de las palpitaciones de mi cuerpo. La sangre corre en mis venas que se inflan hasta el paroxismo, encrespando el estallido”.

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“Ella descubre así sus hombros. Mi respiración se detiene. Los senos minúsculos se revelan por completo, luego el plexo solar, el profundo embudo del ombligo, la pared convexa y lisa (…) y toda esta carne redonda y blanca, que se extiende ahora hasta el estrecho y largo rasgón de la vagina depilada, una carne lisa y reluciente, parsimoniosamente, inviolable pequeña caverna que se alarga hasta detrás de la oscura grieta formada por los muslos, tímidamente estrechadas una sobre otra. Una sutil voluntad de compartir estos momentos de lubricidad”.

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“El olor del té llena mis ventanas nasales. Los sonidos lanzados bruscamente del koto se infiltran en mis poros y hacen temblar mi cuerpo de espasmos erráticos. Observo las carnes apetitosas de mi geisha, se mueve ligeramente, sus ojos señalan y mi sexo se infla. La presión de la carne caliente de la jovena se intensifica, las puntas de sus dedos minúsculos se incrustan más profundamente en mis carnes”.

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“Levanta el chawan (tazón de té) de sus dos manos, lo devuelve hacia mí (…) ella traga el calor líquido de un solo trago. Está allí, inmóvil ante mí, sus ojos fijan mi pene a bordo del estallido, la boca aún llena del calor líquido, examina y traga suavemente mi pene entre sus labios herméticamente cerrados. Estrecha y afloja la presión, hasta la expulsión de mi viscoso esperma en el líquido aún todo calor, infla la garganta de mi geiko, de calor elixir que traga con pasión”.

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Referencias:

[1] La metamorfosis de la Geisha






Referencias: