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Diario de La Niña Pólvora: el día que experimenté el sexo más sucio, erótico y violento de mi vida

July 17, 2018

Niña Pólvora

En este segundo relato de mi diario de la Niña Pólvora, cuento mi historia con "R". Yo ya sabía que los vampiros y los lobos no pueden amarse sin hacerse daño. Hay quien, aún siendo un licántropo, puede tocarte el alma. Y "R" me la tocó. Me tocó todo:

Cuando os contaba en este primer relato de la Niña Pólvora mi experiencia haciendo un trío, no me imaginaba que despertaría tanto interés. Lo que más me habéis preguntado es quién es ese tal “R” con el que cierro la historia. Bueno, “R” era mi nudo en la garganta, mi “hacer de tripas corazón”. “R” era despertar chorreando después del sueño de una noche de verano. No hace falta especificar qué es lo que me chorreaba más con “R”, por supuesto.  Escribo esto en frente del mar y delante también veo sus ojos, pues como el mar eran. Y la espuma es su saliva y las alas de las gaviotas eran las mías cuando me besaba. Hay quien, aún siendo un licántropo, puede tocarte el alma con un beso.


Pero vamos a empezar la historia por el principio. Sin preliminares nunca puede haber un buen final. Palabra de Niña Pólvora folladora-sufridora. En este caso, más de lo segundo. Y en la mayoría de casos, para que os voy a mentir. Una va de que sabe y al final la acaban jodiendo igual. Sigamos con la introducción de “R”. Oler a “R” era subírsele a una la fiebre. Sentir a “R” cerca era una especie de palpitación demoníaca de clítorix, no sé si me entendéis. 



Que me perdone la Niña del Exorcista, pero para espasmos los míos cuando “R” me chupaba la espalda. Casi toco techo con los pelos del brazo. Era una fuente inagotable de saliva y me chupaba y me encadenada a esa lengua que era más bífida que la de una serpiente.


“R” tenía las orejas y la nariz grandes, los ojos como de cielo nublado y la boca con la curva más perfecta que he virado. Yo le decía “tu panza es tu curva de la felicidad”. La de tu boca, es la mía. Y ahí aterrizaba yo en la realidad, cuando era de día, y de noche cuando le veía en sueños. Y era feliz en esa boca que él se mordía cuando hacíamos el amor. Qué bonito y acojonante a la vez que alguien te provoque ese sin dominio, esas ganas de follar hasta con las piedras del parque. Esa sonrisa porque sí, ese “tengo la puta cabeza” en otra parte.  


“R” era un quiero tenerte contra viento y marea. Y ahora es un querer olvidarle a pesar de lo que sea. Con “R” todo mi alrededor olía a tierra mojada —mi perfume favorito— a sexo, a semen y a palabras susurradas al oído. Pueda que fuera su voz, puede que fuera su pelo engominado, sus brazos fuertes o su culo perfecto, o las carnes que le sobresalían por los costados, o su olor a carne cuando sudaba con la mía. 


Voy por partes, como Jack. 


1) “R” y yo nos conocemos


Luces. Sombras. El palpitar de la música de fondo. Demasiado éxtasis en la bebida. Pura suspensión en el aire. Y, justo en frente, estaba “R”. No era el tipo más guapo, pero sus pupilas dilatadas le hacían parecer un lobo feroz. Sus colmillos acompañaban esta imagen de animal salvaje. Me acerqué y le dije: “Si yo soy un vampiro y tú eres un lobo, ¿crees que podremos amarnos sin hacernos daño?”.



“Sígueme que te voy a aullar al oído”, me susurró en su perfecto inglés —de hecho, era inglés, de ahí lo de perfecto—. Pobre Caperucita excitada y mojada. Siempre he sido una mandada en estos casos, aunque no me gusten los cuentos. Él estaba en la ciudad de viaje con unos amigos y al día siguiente volvía a Inglaterra.


“Ámame como si fuéramos dos especies imposibles (lo éramos). Quítame la ropa con brusquedad, ábreme de piernas. Enséñame que la naturaleza nos hizo así: animales hambrientos dispuestos a devorarse”. A sus órdenes, Niña Pólvora, me dijo “R” con esa voz de hombre salido de las cavernas. De profundidad, lodo y pena, como si cada palabra brotara de una herida abierta. 


Como si el oscilar de sus cuerdas vocales fuera el que te estuviera en realidad follando. Con “R” yo tocaba la Novena Sinfonía de Beethoven sin saber de solfeo. Corcheas bailando sobre el pentagrama y mi coño en clave de Sol. Tócala otra vez, Sam. No sé cuántos días tardó en recuperarse mi cuerpo. Arañazos, chupetones, moratones y una postilla en el pezón derecho. La violencia del sexo más hermoso que he experimentado en mi vida. 


Desaparecí con las primeras luces, como es mi costumbre, y dejé al recepcionista del hotel mi número de teléfono a nombre de “R”. Femme fatale abandonando el lugar del crimen. Pero esta vez, yo quería ser su princesa —cuánto daño nos ha hecho Disney—. Si me llama, es el amor de mi vida —sí, soy una puta loca impulsiva que no mide sus pensamientos. Ni sus palabras. Ni sus sentimientos. Ni falta que me hace. Para ser frío como el hielo ya estaba “R”. Alguna en esta historia tenía que poner el fuego aunque luego me hicieran cenizas—. 


2) Volver a saber de “R”



Miraba el teléfono cada segundo. El recuerdo de su lengua dibujando versos en mi espalda era incesante. No podía concentrarme en nada más. “Yo juro que de esta aprendo inglés”, me prometía. Sólo necesito que “R” sea mi pretexto, las clases ya se las devuelvo yo en la cama. Pero aquí había sólo una jefa. La polla de “R”. Mea culpa por pensar sólo con el coño. Sigamos:


Al séptimo día me llamó. Siete son los días de la semana, siete fueron las plagas, siete vidas tiene un gato. Al séptimo día dicen que Dios descansó. Y la Niña Pólvora también encontró la paz al oír de nuevo esa voz turbia, sucia, tan sonora como si fuera yo una rata y él un flautista de Hamelin conduciéndome al precipicio. 


“¿Por qué has tardado tanto…?”, le dije como si fuera una novia con el ramo esperando en el altar.


“Tuve que averiguar si un lobo puede morir con la mordedura de un vampiro”, me contestó. 


“Prometo no morderte, R”. 


“Lo dudo”, dijo él, “lamentablemente ya me has mordido”. 


Valiente imbécil quitando lo primero. Imbécil a secas. 


3) El vuelo…



Hablé con “R” cada noche desde su llamada. Su voz era el agua que bañaba con agua de luna —sí, la luna en todas sus fases era siempre nuestro testigo— mi vagina encharcada. Casi ahogo toda mi flora. “Cerrado por inundación”, estuve a punto de colgar en mis partes bajas que tocaban el cielo. 


Sin cuerpo sí puede haber delito. Mi, tú, me, contigo. Hazme el amor con tu voz rota, pero no me rompas, que luego me cuesta reconstruir los pedazos. Pasaron dos meses. Mi mente ya no cabía en una vida aburrida que sólo tenía la motivación de esa llamada nocturna, clandestina y con alevosía a la que añadíamos todos los ingredientes que pillábamos. Como esa escena del frigorífico de Nueve Semanas y Media que ha puesto hambrientas de sexo a generaciones enteras.


“¿Por qué no vienes?”, cógete un vuelo.


“Voy volando como un murciélago por aquello de que soy vampira, R. Voy a ponerme un vestido y debajo no llevaré nada. Quiero que me esperes en el aeropuerto y que me lo hagas ya en el coche. Quiero cerrarte entre mis piernas como si eso fuera una cadena perpetua de amor y de entrañas. Y de gritar y de lamernos y de herirnos para luego curarnos con la sal de la saliva”.


4) ¿Dónde está "R"?



Y fui, y “R” me recogió después de cuatro días en casa de mi prima. En este pequeño paréntesis hice el trío. Vale, me dejé llevar un poco, pero no me juzguéis. Esta vez el licántropo mordió al vampiro, y de qué manera. A las dos semanas de estar juntos yo me mudé con mi prima para empezar una nueva vida. Por supuesto, perdí el avión y perdí la razón. Yo sólo quería esnifar a “R” con cada raya de luna. Él fue mi renacer. Pero queríamos ir un poco más despacio, así que por eso decidimos no vivir juntos por el momento.


Pasé siete días con mi prima, y “R”, un día, dejó de escribir. Me abandonó así, en un signo de interrogación que todavía me zumba en los oídos. Le llamé, le escribí una carta para decirle que, por lo menos, fuera lo suficientemente hombre para darme un motivo. No te puedes ir sin más, sólo el frío se va cuando llega el verano. Sólo la noche tibia se vuelve caliente cuando regresa el sol. Sólo el sol traiciona cada noche a la luna. Por qué me dejas en este estado de semiconsciencia permanente. Con esta pena. Sola en este país al que me vine por ti. Aquí donde sigo buscando respuestas. En este lugar donde volteo cada esquina y cada piedra buscando tus ojos de lobo salvaje. 



El lobo se volvió hombre y esta vez le tocó perder al vampiro. Me tocó perder a mí. La historia no acaba aquí. Esta historia acaba de empezar, pero eso, amigos, ese ya será otro capítulo en la vida de esta Niña Pólvora. Porque "R" me ha vuelto a buscar. Lo que haré ahora no lo sé, pero os lo contaré en cuanto lo decida.


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Para leer el primer capítulo del diario de La Niña Pólvora, aquí te lo compartimos: "el día que me involucré en un trío y estaba tan excitada que ya no pude parar".



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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Claudia de Lima.



TAGS: Sexo Amor crowdsourcing
REFERENCIAS:

Niña Pólvora


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