Un macho

Un macho

Por: Andres -

un macho
Una bofetada más recibió de Leopoldo. Buen amante, novio mujeriego, inestable y vacío. Rocío está decidida a dejarle. Han sido ya más de seis meses de tolerancia, arrebatos, largas escenas interminables de celos infundados. Ella es una chica bomba. Cualquier hombre acusaría locura a su lado: piernas bien torneadas, cabellos rizados que se adaptan al movimiento de los brazos delineados y hombros cincelados con amplio detalle. Senos redondos y firmes; pero deja que te describa el culo… no hay palabras. ¡Tendrías que verlo! Redondo, erecto, bamboleo perfecto al son del movimiento. Labios infames y sublimes, ojos expresivos que atrapan y cohíben a quien sea.

Desde los catorce años Rocío atrae miradas, atrapa hombres de todas las razas, edades y estilos, sólo que portan un común denominador: Machos. Respiran, comen, practican machismo. Ella es inteligente y sensible. No encuentra al hombre que la satisfaga.

Además de astucia, lleva dentro de sí una pasión contenida: Adora follar. Le gusta el sexo sublime, el que desnuda las almas sin tocarse; no obstante, ahora está con un macho más. Leopoldo es un piloto de aviación militar, es un tipo atractivo de mundo, con buenas credenciales para seducir. Pero es sumamente celoso e “hijodeputa”. Ella lo sabe, sin embargo no tiene otra opción por el momento. Está aburrida. Lleva ya mucho tiempo buscando un hombre, pero es que todos son celosos, no soportan verla con ese cuerpo dentro de vestidos ceñidos y tacones elegantes por las calles, y desenvolverse por la vida ligera y libre. “Mira cómo te mira ese mamón, ¡le voy a partir el culo!” Y acto seguido, el momento se amarga y termina en tragedia.

 Ahora, soporta ya varias bofetadas de Polo como le nombra de cariño. Desesperada piensa largarse a París en busca de un tipo diferente, uno bien dotado que no sea celoso. ¿Existirá? Se pregunta para sí. Iré en la búsqueda. Mientras ella medita en el café: “La pulga intelectual”, Leopoldo está abordando una chica que camina por la acera ubicada frente al parque de su apartamento. Ella le mira con timidez seductora. A él le asiste la emoción del encuentro.

A los pocos minutos la presa le estira un papel con su número telefónico. Leopoldo sonríe, de un vistazo sutil y provocativo le recorre el cuerpo y la despide. Al dar media vuelta hacia su día, él se siente fuerte, ( Un hombre es lo que lucha y ejecuta a diario, piensa) camina con desenfado y seguro andar. Mientras respira con aire renovado, se dispone a llamar a Rocío.

-Hola nena ¿Cómo va todo?

-¿Que como va, cabrón? Después de lo que me has hecho, ¿cómo te atreves a llamar? Entérate que te dejo. Te enviaré tus cosas por correspondencia y por cortesía. 

Silencio en Leopoldo, solo duró un par de segundos.

-¡A mí nadie me deja, puta! Seguro te has acostado con un imbécil ¿Quién es zorra? ¿Lo conozco?

-¡Sólo piensas en eso, estúpido egoísta! ¡Aléjate de mi vida!- Rocío colgó.

Leopoldo se impacientó y comenzó a marcarle a su móvil, pero ella estaba decidida en su postura y no atendió las llamadas. Se sentía humillada, dolida, desgraciada y enojada. Antes de Leopoldo habían estado ya Ramiro, José, Joao, Luis, Nicolás, Augusto, Mauricio, Salvatore, Floriberto, Casiio, Rodinio y un par de chicos que no conoció por sus nombres, sólo por sus palabras y encuentros sexuales. Ella era una mujer de mundo. En sus viajes se había enrollado con otros hombres. En París conoció a un tipo tranquilo, afable, guapo y culto. No se fueron a la cama porque ella estaba con su madre y no fue posible zafarse, pero mantenía la esperanza de encontrarle o que en aquella ciudad hubiesen hombres como aquel. De puro sentimiento y tristeza desempolvó sus recuerdos.

Llegando a casa sacó de una cómoda un vibrador largo, grueso y puntiagudo. Las pilas habían caducado, no así sus deseos y ganas. Bajó por el ascensor hacia la calle, cruzó la misma y en una tienda de conveniencia compró un par de baterías. Subió por las escaleras hasta su apartamento, sacó las llaves del bolso, cerró y se fue al baño.

Desnuda se metió a la tina. En el aire se respiraba deseo y esperanza, mezclada con tristeza. Un ruido constante brotó del vibrador que sin recato lo introdujo entre sus piernas. Comenzó a viajar.

París, pensó. Es allí donde debo de estar. Mientras comenzaba a sentir sensaciones Leopoldo no dejaba de marcar al teléfono. Ella no contestaría más. Rocío estaba muy cerca de correrse. En París el frío era infernal.

Referencias: