Mi cuerpo, mi sexo, los montes y valles que lo recorren, los bosques que en él florecen, todo ello, es mío.
Sólo mío.
Yo no soy mujer de nadie. No necesito que me definan, pues yo ya soy.
Soy y por eso soy hermosa, mi sensualidad me pertenece.
Mi vientre abultado, símbolo de feminidad; mis pechos pequeños, de libertad.
—Andrea Trujillo
La mujer tiene un encanto inherente. Puedo encontrar en cada una de ellas algo que despierte mi fascinación: un lunar, unas manos delicadas, o unas más toscas; las curvas que se asoman a través de su ropa, una nuca que se eriza al mínimo roce, los labios partidos por el frío…
El cuerpo femenino no termina de ser explorado entre tanto recoveco. No termina de ser comprendido porque cada uno se comporta de manera diferente. Todos los cuerpos son diferentes, por lo tanto únicos, por lo tanto bellos.
El cuerpo de la mujer inspira belleza y delicadeza, pero también despierta los más bajos instintos. Es bello sin querer serlo, auténtico y despiadado. Sus formas se asientan figurando imperfección, una imperfección tan perfecta que es hermosa.
Esta bella delicadeza es abstraída de manera muy sutil por el fotógrafo italiano Emanuele Ferrari, quien busca retratar a la mujer en su máximo esplendor a través de sensuales e inocentes imágenes. Fotografías que condensan la feminidad, la sensualidad y el carácter de la mujer en sí misma: porque yo no soy mujer de nadie, y mi sensualidad me pertenece.
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