La obra de arte que te dejará ver morir a una persona en tiempo real
Arte

La obra de arte que te dejará ver morir a una persona en tiempo real

Avatar of Diana Garrido

Por: Diana Garrido

1 de agosto, 2017

Arte La obra de arte que te dejará ver morir a una persona en tiempo real
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Por: Diana Garrido

1 de agosto, 2017


La muerte no distingue, se lleva a todos por igual no importa si eres hombre, mujer, adulto o niño. Como dijera Carlos Fuentes «La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte».


Vivir la muerte debe ser una experiencia atemorizante que invade el cuerpo de miedo y angustia. Intentar dar las últimas bocanadas de aire, conservar ese hilo de vida que marca la diferencia, tratar de mantener la mente clara y las palabras enteras debe ser el más grande reto de una persona que sabe que en cuestión de segundos estará reposando en un lugar desconocido. Quizá exista alguien que le de una oración, que le ofrende una flor o le encienda una veladora; probablemente haya una ceremonia de despedida y un cortejo fúnebre le rinda un merecido tributo. Pero ¿qué ocurre si es un ser que se ha quedado solo y desprotegido o si es un enfermo terminal que sólo busca la paz interior descansando de toda complicación, pero no puede hacerlo por sus propios medios?


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Rog, un artista mexicano que estudió Bellas Artes, desde su culminación en 2010 se dedicó a la producción audiovisual y artística que le abrió la mente a nuevas formas de pensar; una de las ideas que más le hicieron ruido fue la muerte y su concepto idealizado, mismo que nos ha hecho llorar, sufrir y pasar un mal rato. Con ello en la cabeza, comenzó a cuestionarse qué era aquello por lo que en realidad pasaba un cuerpo moribundo. Encontró entonces la forma más sencilla de averiguarlo: volverse parte de la muerte, pero no de la suya, sino de la de alguien más. Junto con 4 compañeros de distintas profesiones comenzó a buscar un paciente moribundo, una persona en fase terminal; a colarse en un hospital cuando las familias reciben la noticia de que su familiar va a morir y otras formas de ver a la muerte de cerca. No eran las maneras más óptimas ni las más adecuadas; en cambio, si iba a alguna calle de la ciudad o a algún asilo u hostal sería mucho más fácil que una persona aceptara ser ayudado y así crear lo que ahora conocemos como “Ambivalencia Definitiva”.


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La Muerte en el imaginario colectivo


Carlos Fuentes proclamó alguna vez «Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos. Sin embargo, esa muerte enemiga es la que podemos vencer». Rog coincide. 


La muerte está ahí, baila entre todos nosotros y es algo muy común en nuestra vida, irónicamente. Pero no es sino hasta que la sentimos realmente llegar que nos provoca algo inexplicable, quizá miedo, quizá ansiedad, quizá felicidad, pero siempre nos evocará, a la par, una imagen divina, sacra y alegórica. Rog se postuló en contra de las ideas “divinas” que enmarcaban la muerte en nuestro pensamiento. Para él, la muerte está tan cosificada como la vida misma, entonces, ¿por qué no convertirla en algo grande, importante o artístico? Si Warhol hizo de unas latas de sopa un monumento artístico y Orestes de la Paz crea jabones de grasa humana; la muerte, como objeto, podía ser una obra de arte mucho más llamativa y bien estructurada.


La divinidad no le causaba ningún sentimiento, como llegó a sentir con la moralidad, que, a decir verdad, le incomodaba un poco; no obstante, es también tan moldeable a conveniencia como cualquier objeto en el mundo. Al darse cuenta de ello fue cuando nació el discurso que lleva dos vertientes en su polémica obra de arte: rescatar para morir en paz o hacer de la muerte un espectáculo.


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Desde pequeños somos adiestrados para entender que al morir nos iremos al cielo o al infierno, y si se muere alguien cercano nos causará dolor y sufrimiento; no obstante, es una forma de liberación, en especial si no hay nada alrededor del cuerpo moribundo, si ya no queda nadie que le dé un poco de ayuda o misericordia. Entonces la muerte se convierte en un sentimiento ajeno, que de misericordioso y moralmente correcto, no tiene una pizca. Más bien es una forma de alejarse del dolor del otro, de no sentir empatía sino indiferencia. Eso nos hace humanos.


«A la muerte no se le adorna o embellece; no se le censura o se le corrige: se merece que la muestren con la naturalidad y la sublime crudeza con la que arriba siempre».

-Rog

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Ambivalencia definitiva


El proyecto de Rog se sitúa en un espacio de piedras desiguales con una camilla limpia en el centro y la luz de una lámpara, entonces, un voluntario se recuesta en ella y espera la muerte. Pero no es cualquier voluntario, sino uno en condiciones deplorables, sin hogar, enfermo en fase terminal y nadie que responda por él. A su alrededor se reúnen espectadores que ven el performance con tanta atención como sea posible. El cuerpo moribundo permanece ahí por días o semanas, hasta que el final llegue acompañado de un sinfín de emociones que, al parecer, sólo percibe el enfermo. 


Los asistentes sólo son informados de la ubicación del lugar en que se llevará a cabo el espectáculo el día exacto y el requisito es que permanezcan una hora como mínimo. No hay torturas, ni eutanasia, ni asesinatos. Sólo es una persona moribunda postrada a la mitad de un lugar (usualmente) clandestino que recibe al verdadero protagonista. La muerte no es el personaje estelar, sino la agonía de dar el último aliento de manera tranquila o al menos, mejor cuidada de un ser humano.




Para Rog la muerte no es motivo de tristeza o felicidad, es simplemente un retorno y una negación a la ausencia y a la fragilidad; es un paso para trascender y dejar lo que nos aqueja muy atrás; es generar dos discursos completamente diferentes que se unen para darle sentido a la discusión sobre qué es lo que evoca esta forma de arte: humanización de las acciones por querer ayudar a alguien que no tiene nada o convertir en objeto a un ser vivo. Si causa alivio o dolor, si la muerte consciente y normalizada es mejor o peor que la inesperada y sorpresiva. “Ambivalencia Definitiva” es un regreso a la condición humana, ésa que no es buena ni mala, sino ambas. Es dual.


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De este modo, con su performance-instalación sólo espera que el mundo piense sobre lo que diariamente hacemos; si necesitamos de los otros o si somos lo suficientemente fuertes para vivir por nuestra cuenta. Esto es un indicativo del nivel de atención que requiere la humanidad: ayudarse o dejarse, ser libre o retener. Elige y hazlo, como sea o como quieras, pero sé humano, se parte de la raza y ayuda a otro, porque al final morimos frente a una audiencia que no nos dice si hicimos bien o no nuestro trabajo en la Tierra, sólo se digna a decirnos adiós sin dejar que el cuerpo decida cómo dormir.


Rog deja que un cuerpo se despida rodeado de cuidados y personas cuando quizás, en otras condiciones, lo haría solo. Entonces nace la verdadera cuestión: ¿es una manera de morir rodeado de personas y con los cuidados necesarios o es un espectáculo que despierta el morbo y ensucia el dolor de un ser vivo moribundo? ¿Arte o crueldad?


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Conoce otros performances controversiales que han hecho que el arte se convierta en un tema incómodo, que muestra dolor y miedo.


Referencias: