Amedeo Modigliani: bohemio y maldito
Arte

Amedeo Modigliani: bohemio y maldito

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Por: Rafael Perez

24 de marzo, 2014

Arte Amedeo Modigliani: bohemio y maldito
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24 de marzo, 2014

Su vida fue breve, su arte pasó casi inadvertido mientras él estaba con vida, pero cobró gran fuerza al morir, otorgándole la fama que lo haría inmortal. Modigliani se nutrió de las miserias y al mismo tiempo de los museos, su arte emerge fuerte de las dolencias de su propio cuerpo.

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Amedeo Modigliani (12 de julio de 1884 – 24 de enero de 1920) nació en Livorno, Italia, en el seno de una modesta familia. Su infancia estuvo enmarcada por las carencias económicas y un estado de salud bastante mermado por la enfermedad. Al cumplir los 14 años, Modigliani tiene la oportunidad de estudiar pintura bajo la tutela de Guglielmo Micheli, un pintor impresionista. En este periodo sufre un terrible ataque de fiebre tifoidea y, tiempo después, tuberculosis.

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El interés que despierta en Amedeo el arte lo lleva a adentrarse por cuenta propia en ese vasto universo y emprende un recorrido por distintas regiones de su país: Nápoles, Capri, Amalfi; pero serían Roma y Florencia las ciudades que lo atraparon y fascinaron. Es en los museos de estas ciudades donde mira de frente las obras de grandes maestros de la pintura, ante los cuales siente una callada veneración.

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A principios de la década de 1900, Amedeo Modigliani se matricula en el Instituto de las Artes de Venecia, aunque su asistencia era muy poco frecuente, su tiempo lo divide entre los museos y el submundo de la ciudad. Los años próximos fueron casi iguales en la vida de Modigliani hasta que sintió nacer en él el deseo de conocer nuevos lugares que le ofrecieran sensaciones desconocidas que pudiera utilizar como inspiración para su propia obra. Pese a las negativas de su madre, Amedeo deja su país para enfilarse rumbo a París.

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En 1906 Amedeo se encuentra en el centro neurálgico de la vanguardia artística: París. En Montmartre conoce a otros grandes como Picasso, Matisse, Braque y Vlaminck; de todos ellos aprendió algo aunque su espíritu libre le dictaba no adherirse a ninguna corriente artística. Era común verlo en los cafés, rodeado de amigos, mientras él esbozaba en su cuaderno trazos ligeros de lo que le llamaba la atención de su entorno. Las personas, sus rostros, los gestos que éstas llevaban clavadas en su semblante, era lo que realmente le importaba a Modigliani: “el paisaje no existe”, acostumbraba decir, no sin crear cierta polémica al respecto.

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El estilo de sus personajes enfatiza el alargamiento y refinamiento de las formas, una manera de estilización que, si bien hacen notar la influencia de los antiguos maestros góticos, tiene mucho que ver, también, con el encuentro que mantuvo con la escultura negra, arte al que también se dedicó por algún tiempo antes de tener que abandonarlo por las molestias que le causaba el polvo. Su peculiar estilo lo relegaba de los posibles compradores quienes sentían cierta irritación por las formas que le otorgaba a sus creaciones, esta situación lo exasperaba y lo orillaba a un estado de constante amargura, la cual hallaba salida a través de actitudes despectivas y sarcásticas.

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Realizar cada cuadro era una catarsis que lo dejaba extenuado no sólo física sino moralmente y para soportar dicho trance se entregaba al alcohol, a las mujeres (quienes sentían una gran atracción por el artista) y, sobre todo, a las drogas, cada vez más a menudo y cada vez en mayores cantidades. Su carácter se vuelve voluble: intoxicado se muestra huraño y violento mientras que en su juicio, se muestra algo introvertido.

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La vida que lleva provoca, muy pronto, estragos en su salud, los que se manifiestan en su rostro demacrado; su cuerpo devorado por la tuberculosis se parece ir consumiendo lenta e irremediablemente. Irónicamente, su arte parece correr en sentido opuesto: su imaginación y sensibilidad crecen exponencialmente. La enfermedad frenó su camino en 1920 y arrancó así el viaje de sus obras por el mundo, la gente las comenzó a disfrutar, admirar y desear; para todos, la grandeza de Modigliani fue de pronto más que evidente.

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36 años duró la vida de Amedeo Modigliani, años llenos de una vitalidad contrastante con su estado de salud, llenos de vicios, sí, pero también de belleza y sensibilidad. Fue un pintor alejado de los convencionalismos y prejuicios de su época, alguien quien no tuvo problema en dejarse destruir por sus adicciones para que de él lo único vivo fuese su arte. “Quisiera tener una vida breve, pero intensa”, solía decir Modigliani, deseo que, se puede decir, fue profético.

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