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Antoni Tàpies, el artista que nos enseñó la poesía íntima de un calcetín

30 de enero de 2018

Rodrigo Ayala Cárdenas

«Con él quiero representar la importancia del orden cósmico de las cosas pequeñas».



Han pasado casi seis años desde que falleciera uno de los maestros indiscutibles del arte abstracto y contemporáneo: Antoni Tàpies, quien tuvo en su haber el prestigiado Príncipe de Asturias de las Artes y el Velázquez de las Artes Plásticas. Su vida y obra tenían una gran influencia de la espiritualidad oriental y el budismo zen que hace varios años se han impuesto casi como una moda en ciertos círculos de la cultura occidental para llevar un estilo de vida más sano y ordenado.

 

Su excentricidad y genialidad le llevaron a idear, en 1991, una escultura que superaba en todo tipo de definiciones a lo que antes había realizado: un calcetín gigantesco que pretendía adornar la Sala Oval del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) en Barcelona. El objetivo de Tàpies era muy claro cuando ideó esta figura: «con él quiero representar la importancia del orden cósmico de las cosas pequeñas». Sabemos que los artistas contemporáneos se permiten todo tipo de licencias para innovar a través de los objetos más insospechados (basta recordar la famosa Fuente de Duchamp).


Proceso de elaboración de la famosa y controvertida obra del catalán



Resultado final de una obra que tardó muchos años en ver la luz 


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El miedo a que la pieza dejara en ridículo al museo hizo que las autoridades decidieran no exhibir la escultura, la cual, en la actualidad, aunque en una versión más reducida, adorna el patio de la Fundación Tàpies. El tiempo le ha dado la razón a una obra que pretendía ser tan disruptiva que no alcanzó a ser entendida debido a la visión estrecha de las autoridades —aquellas que piensan que el arte debe ser algo "elevado" y al alcance sólo de las mentes más abstractas—. 


 

Tàpies formó parte de la clase burguesa de Cataluña, nació en el seno de una familia acomodada emparentada con el conocimiento, las artes y la cultura. Eso no fue razón para que apoyara el gobierno de Francisco Franco en la década de los 60 y 70 (incluso fue arrestado por participar en actividades contrarias a la dictadura). Antes de ello, en 1950 viajó a París gracias a una beca del Instituto Francés y ahí conoció a Pablo Picasso.

 

Desde su estudio en la calle Zaragoza, en Barcelona, la mente inquieta de Tàpies dio forma –hasta sus 88 años de edad– a pinturas y esculturas donde la experimentación, lo abstracto, lo difuso e inclasificable nutrían una obra que siempre mereció los elogios de la crítica y que se ganó un lugar privilegiado en museos como el MoMA de Nueva York o la Galería Soledad Lorenzo de Madrid.


 

El artista catalán siempre se valió no sólo de los materiales clásicos de la pintura sino de elementos naturales como la tierra, arena u otros con los que no sólo creaba colores, sino formas y sentimientos de una libertad total que hacían que su obra abstracta fuera al mismo tiempo muy terrenal y cercana para el público. El uso de estos materiales toscos se debe en gran medida al gran impacto que ejerció en su espíritu el estallido de las bombas atómicas en Japón y la ola de muertes, horror y decadencia que esta acción bélica dejó en el mundo entero.

 

Su mente siempre se movió por los terrenos de la fantasía; por ello decidió explorar con entrega y pasión mundos como el esoterismo, los sueños, el simbolismo, la filosofía zen, los cuerpos desmembrados y casi en estado de descomposición, el jazz, las sinfonías de Wagner y la filosofía detrás de artistas como Paul Klee, Max Ernst, Fiodor Dostoyevski o Edgar Allan Poe.

 


Aficionado a la ciencia y los adelantos de todas las épocas que vivió, así como de la espiritualidad absoluta –la cual veía como una necesidad para aliviar dolores internos y externos–, siempre intentó combinar ambas facetas en sus obras. Decía al respecto: «El arte es una fuente de conocimiento, como la ciencia, la filosofía. Si las formas no son capaces de herir a la sociedad que las recibe, de irritarla, de inclinarla a la meditación, si no son un revulsivo, no son una obra de arte».


 

Pese a sus problemas de vista y oído, producto de varias enfermedades que mermaron su cuerpo con el paso de los años, el artista español siempre fue un ejemplo de las ganas inmensas de vivir, crear y hacer una poesía íntima incluso con un calcetín: «Nos parece una cosa tan separada y terrible, y en realidad es lo mismo nacer que morir. Sólo es seguir el curso del cosmos. Nos han educado para olvidarla. Yo mismo me lo digo, pero a esta edad tengo ganas de hacer trabajos, y pienso: esto de morirse es una pesadez. Caray, no tengo ninguna gana de morir», expresó en una entrevista a alma abierta con el diario El País en 2004.


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Desde hace seis años, el artista español se encuentra en aquellos terrenos donde todos los seres humanos fallecidos se entregan a lo que en vida los definió y más los hacía felices. Seguro que Tàpies está entregado a escuchar con claridad y placer el jazz que tanto amaba y las sinfonías de Wagner que lo deleitaban. Su ceguera se ha ido y ahora sus ojos recorren los siniestros y hermosos textos de Poe. Tàpies, el cuervo del arte que supo amar la vida.


TAGS: Arte moderno Arte conceptual arte contemporáneo
REFERENCIAS: El País La Vanguardia Tiempo de Hoy

Rodrigo Ayala Cárdenas


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