Arte

Obras de arte que nos recuerdan que somos salvajes e instintivos como cualquier animal

Arte Obras de arte que nos recuerdan que somos salvajes e instintivos como cualquier animal



La fábula de la vida real se escribe cada día en la jungla de asfalto, la supervivencia del más fuerte que pone nuestros sentidos alerta ante los conflictos cotidianos. En el contexto actual, cada vez más artificial y tecnológico, olvidamos que lo que nos mantiene con vida como especie son las funciones orgánicas, las reacciones más primitivas y las actividades básicas que aprendemos en las clases de biología: nacemos crecemos, nos reproducimos y morimos.

La naturaleza es nuestro hábitat, aun cuando lo escondemos tras rascacielos y centros comerciales; nada se compara con la conexión que sentimos al observar un atardecer en completo silencio cautivados por los colores en el cielo, o esa paz imperturbable al flotar justo a la mitad de un cenote cristalino, con el rostro hacia las nubes. Así, aunque somos claramente distintos a cualquier otra especie animal, no podemos esquivar las leyes naturales que nos alcanzan cada otoño cuando los pétalos se han marchitado y frente a nosotros comienza  otro ciclo de la vida que irremediablemente culmina con la muerte. 

La labor de un artista es cuestionarnos ante esta naturaleza irreversible, inquietar la mente para provocar reflexiones profundas acerca de la existencia y sus misterios. Por ello, vida y muerte son temas que han sido representados en diferentes épocas y disciplinas, y el arte contemporáneo no es la excepción.


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Uno de los artistas más famosos del mundo es, sin lugar a dudas, Damien Hirst: el niño malo del arte contemporáneo, siempre controvertido y polémico, quien ha cultivado su éxito con animales sumergidos en formol, cráneos y  mariposas etéreas, como una metáfora poética del efímero presente. Su obra resulta incómoda y cruda, pues nos enfrenta a la idea de exhibir un cráneo humano real, como un morboso reflejo del final que nos aguarda a todos, a pesar de querer ornamentarlo con el brillo de los diamantes y los placeres mundanos en los cuales refugiamos nuestra pertenencia.

Para algunos, Hirst es un empresario más que un artista, y ha tenido que confrontar las opiniones de los activistas, quienes denuncian el daño ecológico que sus piezas provocan, pues sólo en una exposición más de 9 mil mariposas perdieron la vida encerradas en nombre del "arte", sacrificándose por el trabajo del artista británico, que tiene algunas de las obras más caras del mundo. A pesar de las dudas sobre su potencial creativo es  una industria cultural rentable. 


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Todos somos conscientes de que vamos a morir, pero resulta aterrador y siniestro desafiar "la imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo", título de su obra más conocida, una ironía que nos duele porque, aunque nos imaginemos qué hay más allá de lo terrenal, es difícil aferrarnos a las creencias y mantener la fe mientras somos testigos de la muerte de un millar de mariposas sin que ninguna persona pueda detener el curso natural de su extinción.

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Al igual que Hirst, aunque de una manera menos polémica, los siguientes artistas cuestionan la dualidad del ser, desafiándonos a reconocer nuestro origen orgánico, y a no resistirnos ante el único depredador natural del rey de la cadena alimenticia: el tiempo. 



Carlos Angoa 

Día 07

La mente de este ilustrador y diseñador mexicano percibe el mundo de distinta manera, una dimensión que reconoce el valor de cada célula, tejido, semilla, planta y ser vivo para lograr el equilibrio y la armonía entre organismos. Ya sea a través de trazos a lápiz o composiciones de hilos, plasma una versión propia de lo "natural". Mientras la sociedad actual le da a "lo natural" un carácter de adjetivo para juzgar lo que considera correcto y apegado a las normas, Carlos Angoa sitúa en igualdad de condiciones a los seres humanos, animales y vegetación.  
Lejos de toda moralidad rígida, su estética enfatiza el cuerpo con apariencia híbrida, un collage de sensaciones donde la piel se fusiona con escamas y la identidad no está definida, permanece en construcción. 

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Somos resultado de todo un sistema que no alcanzamos a comprender y las piezas de este creativo nos preguntan, ¿qué es lo que nos hace ser?, ¿si la influencia del ecosistema es decisiva en nuestras relaciones personales, y si en realidad cada persona es a su vez un microcosmos que no replica el orden del exterior, porque a diferencia de éste, nuestros paisajes interiores son únicos, ligados a la fantasía?

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Alonso Cartú 

Alonso Cartú


El concepto que une su producción es el ritual con el cual el ser humano aprende a superar la muerte y a despedirse de la vida, como aquellos tótems de culturas antiguas que adquirían un poder mágico al comunicarnos con las fuerzas naturales y al ponernos en sintonía con el mundo animal. El ser humano siente la constante necesidad de ver para creer, de representar en algo tangible todo lo subjetivo. Inventamos los anillos de compromiso para confirmar el amor, los tatuajes para no perder los recuerdos, y las urnas, tumbas y mausoleos para tener un sitio físico donde podamos visitar en el espacio terrenal a quienes se han ido.
Lidiamos con el fin de  nuestros días confiando en los ciclos infinitos de la naturaleza, pero los contradecimos con ilusiones y dogmas que depositan en la existencia del alma y del más allá, la última esperanza de que no nos apaguemos nunca. 

Las piezas de cerámica de Alonso Cartú son recipientes de esta energía vital que nos negamos a perder, mientras que sus ilustraciones de carácter surrealista y libre protagonizadas por animales, trazan nuestros pensamientos: la esencia instintiva de quienes somos.


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Alonso Cartú

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El corazón en la obra plástica de Cartú representa un origen y un fin, un elemento material en el cual depositamos lo espiritual, un órgano del cuerpo que nos mantiene conscientes de nuestros latidos para saber que estamos con vida mientras conservemos el ritmo cardíaco, tan ligado a nuestras emociones humanas, la frecuencia con la que todo inicia y todo acaba.

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Beth Cavener

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Beth Cavener registra aquellas incómodas fronteras entre el mundo humano y el reino silvestre; nos muestra esculturas de la fauna terrestre con un inquietante parecido a nosotros, dota a sus seres de miradas y gestos frente a los cuales reflejamos nuestro propio miedo e incertidumbre, al pertenecer a un espacio lleno de momentos de tensión que nos mantienen al borde del instinto. 
En sus piezas, la apariencia animal sustituye y enmascara la presencia humana. Son piezas cargadas de sentimientos, enfatizando seductoras miradas y provocativos movimientos que no pertenecen a un animal común. Moldeando la arcilla exhibe en sus figuras las reacciones e impulsos que compartimos con el reino salvaje, como la agresión y los deseos territoriales de posesión que nosotros manifestamos en los objetos y en nuestras relaciones interpersonales cuando convertimos al otro en algo "nuestro", sin entender que cada persona posee un espíritu libre y que a diferencia de otras especies, somos voluntad. 


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El aislamiento suele ser determinante para los seres creados por Cavener, pues cuando une dos especies lo hace para manifestar un conflicto, ya sea en una dualidad depredador y presa, o como una incapacidad de estar juntos en armonía a pesar de las coincidencias. El lenguaje corporal de sus figuras se aleja de lo sutil, y expone a sus personajes a la interpretación de otros con la intención de que sean capaces de identificar sus propias y feroces luchas internas.

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Finalmente, la naturaleza y el hombre son uno mismo, y como hemos visto el arte se ha ocupado de representar esta relación entre el ecosistema y nuestro interior salvaje e instintivo, como las 6 artistas que disfrutan el lado salvaje de lo femenino, y aquellas pinturas que demuestran la absurda animalidad del hombre: irracional e incontrolable. 




Referencias: