Azul pálido: la conexión cósmica entre Joan Miró y Carl Sagan
Arte

Azul pálido: la conexión cósmica entre Joan Miró y Carl Sagan

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Por: Eduardo Limón

12 de enero, 2019

Arte Azul pálido: la conexión cósmica entre Joan Miró y Carl Sagan
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Por: Eduardo Limón

12 de enero, 2019

Azul pálido: la conexión cósmica entre Joan Miró y Carl Sagan 0 ¿Cómo seré recordado cuando ya no esté aquí? 

¿Siquiera seré pensado? 

Aún más devastador, ¿cómo repasaré yo mismo las cosas que he hecho? 

Todo por lo que he perdido el aliento, aumentado el pulso, sonreído hasta parecer un demente, llorado después de cada decepción o logro, ¿será alguna vez evocado? Soy tan sólo una pequeña porción de este mundo y quizá no hayan valido para nada todas las complicaciones que he perseguido y ocasionado. Estoy perdido en la vasta inmensidad del Universo y desde lo más sutil hasta lo más trascendente de mis acciones, lo veo todo como el más minúsculo, insignificante grano de arena en el mar del destino; soy la sombra de una simple grava que mira al mar desde la playa. Y algún día, esto desaparecerá. Especialmente yo.

Soy un débil trazo sobre el papel que se pierde con el brillo de la luz blanca sobre sus fibras. Soy aún más diminuto que el punto azul pálido que fotografió el Voyager 1 en 1990; ése que casi se pierde por el fulgor del Sol y se confunde en una franja marrón de la imagen recuperada. Desde una distancia de 6 mil millones de kilómetros la Tierra es nada pero lo sigue siendo todo. ¿Seguiré siendo yo entonces algo, o debería saber ya hasta dónde caerá mi finitud?

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Según Sagan«desde este lejano punto de vista, la Tierra puede no parecer muy interesante. Pero para nosotros es diferente». En su libro –bajo el mismo título que obtiene esa fotografía enigmática–, pide que le reconsideremos, que le veamos de nuevo, que sepamos que es nuestra casa; nos dice que «eso somos nosotros: "un punto azul pálido”».

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«(…) Todas las personas que has amado, conocido, de las que alguna vez oíste hablar, todos los seres humanos que han existido, han vivido en él. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de ideologías, doctrinas económicas y religiones seguras de sí mismas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada Rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada profesor de moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí —en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol».

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Allí estoy yo. Allí estás tú. Y me pregunto, en toda esa toma espacial tan lejos de nosotros, en esa fotografía que se tuvo que hacer a tantos millones de kilómetros para ver lo que tenemos tan próximo, hacia dónde se dirigen nuestros actos y pensamientos. Cómo es que en tan pequeñísima mancha se lleva a cabo la totalidad, pero al mismo tiempo se advierte la minucia.

«La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica», dice Sagan. De manera única y repleta de profundidad, el que quizá sea nuestro mejor ejemplo de científico para la humanidad común, repasa que «en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto” se escribió una historia de tenues ecos; con cavilaciones dignas de un hombre que nunca se dejó cegar por la ciencia pura y se nutrió de toda reflexión humana, nos aconseja pensar “en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina de ese píxel sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo... Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad–, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos».

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Sus palabras resuenan en mi cabeza. Nadie vendrá a salvarnos. Mucho menos a darnos una palmada sobre la espalda para felicitarnos por lo bien que hemos hecho las cosas. ¿Nada de esto vuelve a tu cabeza? ¿Nada revolotea con desesperación en tus pensamientos? Piénsalo, la Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida; no tenemos evidencia de otro al que podamos migrar o en donde encontremos apoyo. Tampoco en el que podamos depositar nuestros esfuerzos o al cual llevar nuestros éxitos. Todo se va a quedar aquí. En un pequeño punto a la deriva. Un punto que es azul y que debemos aprovechar y del que debemos tomar conciencia en su tamaño de relevante-irrelevancia.

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Azul y punto. Azul y franja de rojo casi burdeos. Un punto azul en el que nos perdemos y hará que nos perdamos aún más. Un azul Miró, un color que nos absorbe e incita a ser humildes en su vastedad y en sus limitaciones; que nos exige cuidado y nos recuerda el alcance de nuestros actos. Que nos aterra y devuelve modestia. 

El tríptico azul de Miró realizado casi treinta años antes. Eso es. La experiencia de lo que no alcanzamos a dimensionar, pero de lo que sí podemos responder; de lo que debemos obviar para alcanzar la calma y el porvenir. O por lo menos, para enfrentar a la apabullante verdad de nuestra situación.

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Sagan y otros científicos han dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, una disciplina formadora del carácter; y lo mismo sucede con los Azules de Miró. Las dimensiones de su azul, las insistencias de su punto, son la pequeñez ante lo colosal y el susurro ante el estruendo. 

Del Azul 1 al Azul 3, el surrealista-de-surrealistas nos da los lienzos exactos para sentir nuestra exigüidad. «Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo», apunta Sagan sobre la foto del Voyager. No hay más golpe de realidad que el azul de Miró.

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En este azul triplicado, azul de Mallarmé y Darío, azul de horizonte barcelonés, está la contemplación del artista y la meditación del espectador. Miró dialogó décadas atrás con Sagan sin siquiera cruzar una palabra. Inauguró con el color –la pálida tonalidad– un punto de arranque para nuestra conciencia sobre el ser aquí y el mirar hacia allá. 

El punto de Miró y el punto de Sagan se unen en la sencillez de la experiencia estética y el acontecimiento artístico, en el respeto que impone el ser un grano de polvo estelar. 

«Encaminarse a una estrella, sólo eso», dijo Heidegger cuando advirtió que es importante la decisión de dirigirse más que el hecho preciso de alcanzar. La estrella a observar somos nosotros mismos. El punto en el azul de Miró.

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«Para mí, (la fotografía del Voyager) subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido», anota Sagan. El azul que abre la posibilidad de un punto en Miró es esa misma responsabilidad: es la exacta notoriedad de nuestra finitud. ¿Seremos recordados cuando ya no estemos aquí? De eso cada quien se encargará. Depende de qué tan descolorido o incisivo veamos al pálido punto en sí.

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