Bombardear un museo en México: La única alternativa del arte
Arte

Bombardear un museo en México: La única alternativa del arte

Avatar of Eduardo Limón

Por: Eduardo Limón

11 de mayo, 2016

Arte Bombardear un museo en México: La única alternativa del arte
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Por: Eduardo Limón

11 de mayo, 2016



Una noche en el Bosque de Chapultepec se dejaron ver las plagas ansiosas por masticar carne cruda.

Kurtycz llegó en una ocasión al mencionado bosque de la Ciudad de México con un carromato que se iba desplegando a su paso y se expresaba como una casa familiar que intentaba emular el retrato histórico de sus antepasados. Fue entonces que comenzó una tormenta como ninguna y escuchar la acción del artista se hizo casi imposible, pero él no se opacó por la naturaleza, sacó, quién sabe de dónde, un pollo desplumado (muerto, obviamente) y arrojó sus trozos frente al público. Con el agua como un factor agregado al performance, Kurtycz era alumbrado por una sola luz mientras, sorpresivamente para muchos, salían ratas de su escondite con el propósito de devorar los restos del otro animal ante la mirada atónita del espectador.

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Así de radical, así de violento se sentía un artista polaco que tomó a México por asalto y hacía que las mentes más cuadradas y plásticas se retorcieran en el lodo de su conservadurismo. Poco recordado es su nombre ya, pero la relevancia discursiva, epocal y representativa es innegable; Marcos Kurtycz, como muchos, ha sido arrojado al olvido casi absoluto salvo por aquellas personas que le vieron revolucionar al mundo del arte nacional.

Se acercaba el final de los años 70 y era impactante la ignorancia en que estaba sumida la sociedad en cuanto a cultura y arte. Fernando Gamboa, gurú y verbo hecho carne en el ámbito mexicano de lo artístico, dirigía todavía el Museo de Arte Moderno y aunque no podemos hacer una caricatura satánica de su persona, debemos reconocer que la visibilidad que él brindaba a las prácticas mexicanas se quedaban, la mayoría de las veces, cortas y desfasadas en comparación con la producción mundial.


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En efecto, Gamboa llegó en un momento de confrontaciones y exigencias en torno a las políticas culturales, en un cuadro narrativo que proponía la inclusión decisiva de nuevos y jóvenes artistas; sin embargo, ni él ni los medios lograron escapar del INBA y su relato oficial, así como de una generación obsesionada por el movimiento de “La ruptura” y el ojo siempre atento a las manifestaciones del México prehispánico y colonial. Por más intentos que hiciera el prestigiado museógrafo, nada podía salvarlo del demodé y del convencionalismo. Su propia escuela se lo exigía.

Dicho contexto funcionó a la perfección para que Helen Escobedo, una mujer como pocas en este país, propiciara una transformación en las disciplinas, en los hechos y las producciones que le hacían frente a una crisis institucional y de público. A pesar de que faltaba todavía una década para que el arte contemporáneo se proyectara en un espacio destinado para sí mismo, ella logró un mundo alterno tras su llegada al recinto. Varios artistas que jugaban con las nuevas tendencias inmediatamente encontraron un (nuevo) hogar.


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Entre ellos, Marcos Kurtycz, un genio que nunca perteneció al mundo aceptable de la gran institución y nunca se involucró en el teatro que lloraba por el cuidado del patrimonio prehispánico. Un hombre marginal y para nada asimilado por el sacrosanto canon nacional. En verdad, ese tipo de artista que no se deja seducir por el dinero, el poder y el renombre, un creador preocupado por su propia producción y nada más.

Pionero de diversos lenguajes en el arte, halló la oportunidad ideal en ese MAM (Museo de Arte Moderno) liderado por Helen para abrir los ojos de una nación entera a partir de otras manifestaciones, de diferentes representaciones. Después de muchas pláticas y planeaciones, él llegó hecho una furia a la oficina de Escobedo y le dijo: “Te voy a bombardear. Un año entero, los 365 días”. Y lo cumplió. Con sus objetos y propuestas envió una “bomba”  –en forma de carta– por correo a lo largo de todo ese periodo; no sólo provocó a las autoridades, sino al arte mismo con sus invenciones, acciones y experimentaciones.


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Fue de esta manera, en esa delicada y extrema violencia, que la performatividad de su trabajo planeaba arrebatarle el arte al Estado, hacer explotar su narratividad en los discursos autorizados. Si no lo logró, por lo menos asentó el terreno para que un colectivo Temístocles 44, un grupo cobijado por Kurimanzutto o “La Panadería”, lograran un cambio tipológico en las artes visualesen la década de los 90.

Quien tenga más que buena memoria, recordará a Marcos en un performance que lo cambió todo: cargando un misil doméstico desde la Suprema Corte de justicia hasta las puertas del Museo de Arte Moderno, realizó conceptual y creativamente esa detonación incendiaria que él tanto prometía.


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Puede parecer poco, pero gracias a ese simple pero complejo gesto artístico, la contemporaneidad se hizo más presente que nunca, en esa urgencia por romper con la tradición y el tedio de lo repetitivo. Quizá fue su único recurso, su limitado medio de estruendo, pero fue suficiente y a él, en gran medida, le debemos bastantes de los agigantados pasos en el México del arte, aunque su nombre poco resuene en el imaginario colectivo o las historias oficiales.


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Referencias: