Brian Donnelly, retratos sometidos a la voluntad

Brian Donnelly, retratos sometidos a la voluntad

Por: mon_copi -

Dice Schopenhauer que con la inteligencia el hombre se ha creado un mundo cultural que lo ubica en medio de la razón y ser un animal, aunque esta esfera no lo hace mejor. Es la maldad, asegura, lo que caracteriza al hombre, pues la crueldad, el engaño y la mentira requieren de inteligencia para adquirir sentido.

Pero es en este intento de superar a cualquier animal en animalidad que el hombre se confronta con sus fragilidades, sus temores y sus deseos hasta desvanecerse. Para Schopenhauer el mundo es una representación propia y, sobre todo, voluntad; la primera es la imagen que el hombre construye del exterior y que elabora la propia conciencia a partir de la percepción, la fantasía, la especulación y las teorías. La otra forma de acceder a la realidad es desde dentro del cuerpo por medio del dolor, el deseo, el placer y la pulsión. Esto, según el filósofo, es la voluntad. Así, el mundo se concibe de dos maneras: desde fuera como representación y desde dentro como voluntad.

Brian Donnelly

Y en este concepto de la voluntad acuñado por Schopenhauer, bien puede apegarse la obra del pintor Brian Donnelly, el artista presenta una serie de retratos desvanecidos que cuestionan la permanencia. Donnelly pinta rostros a los que deja a la exposición, deliberada, de elementos como desinfectantes, alcohol y el propio ambiente; los retratos, entonces, comienzan a escurrirse hasta que se vuelven en la cascada de un pigmento. Esta distorsión de la imagen es la voluntad propia del cuerpo de la que habla Schopenhauer (trasladada a una propuesta pictórica), esa pulsión insaciable que termina por sucumbir ante su propio deseo por vivir para sí misma.

Brian Donnelly

Con esta serie Donnelly cuestiona la fragilidad del hombre frente a su propia voluntad y se pregunta acerca de la mortalidad del ser cuando antepone sus pulsiones frente a su representación del mundo. Con la exposición de sus pinturas a elementos caóticos, el artista compromete la superficie y, con ello, distingue una evolución de su trabajo hacia la ruptura con la idea de lo sagrado y la conservación, al tiempo que expone lo endeble del cuerpo frente a “sus deseos”, para favorecer la aceptación de la pérdida. 

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