Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;
ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;
ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar…
Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.
Con estas palabras, con este poema dedicado al dolor –como en sí se llama esta colección de versos–, Alfonsina Storni nos dice todo lo que desearía dejar atrás. Aquello que le gustaría abandonar allá donde a nadie le importe y seguir adelante sin rastro alguno de lo que alguna vez lastimó. El deseo plasmado en estas letras es parte fundamental del yo lírico para olvidar un dolor tan fuerte, tan causado por la falta de amor, que la única posibilidad aparente es la esperanza de muerte.
Si seguimos la depresión que sufría Storni y su postura crítica ante la muerte, podemos llegar fácilmente a la conclusión de que ella pensaba que ésta era la forma de liberarse y encontrar su paz interior. Mas ¿la renuncia absoluta de eso que duele es la verdadera salida?
Si confrontamos el trabajo de aquella poeta con la obra de Layse Almada, una joven mujer formada en la moda y con fuertes inclinaciones al diseño y al tatuaje, quizá las respuestas cambien un poco… Definitivamente, bastante. Tras algún tiempo de producción y las reflexiones que eso conlleva, esta artista se reconoce hoy como como feminista y una crítica visual de nuestro tiempo.
Con ilustraciones que devienen tinta sobre piel, Almada trabaja en torno al autoconocimiento de la mujer y de las diversas imposiciones sociales y culturales que se sufren desde el hecho de nacer con vagina.
Lo interesante es que, volviendo al cotejo Storni-Layse, el dolor que supuestamente caracteriza o que incluso se le ha impuesto al género femenino, deja de ser razón para caerse y no desear levantarse. Al contrario, ese deseo iracundo en el poema con que inician estas líneas, se convierte en apetito positivo que no permite derrumbarse, en un sueño casi sexual. El entendimiento del propio cuerpo como parte de la naturaleza y la aceptación de lo que le atraviesa cual ser humano, negando todas las exigencias o condenas que se le han imputado desde la sociedad es, de acuerdo con los tatuajes de Aldama, cultivarse y entenderse como un ciclo natural. ¿Para qué renunciar, si siempre vendrá algo distinto y quizá mejor? Algo gozoso y cargado de libidinosidad.
Soledad, enfermedades, angustia, miedo y demás son situaciones que la ilustradora toma en su sentido más frágil –el supuestamente femenino– para enarbolarlo con la desnudez o el erotismo con tal de mostrar otras posibilidades para el dolor. Superarlo, por ejemplo. Acariciarlo, por mencionar. Seducirlo y desecharlo, para terminar.
Con sutiles juegos de palabras e iconografías, Layse Almada transforma el sentir-mujer en un completo sentir-humano, lleva al dolor o a los escenarios del sufrimiento femenino hacia los terrenos de la domesticación, gracias a un esfuerzo por descubrir, mostrar y reflexionar alrededor del cuerpo. Todo con tal de no permitir que esas tradiciones del derrumbe vuelvan a convertirse en insuperables y busquen el mar que Storni tanto anhelaba.
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Ve el trabajo completo de Layse en su Instagram oficial.

