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ARTE

Cómo hacerse millonario destruyendo una obra de arte

Por: Rodrigo Ayala Cárdenas 15 de septiembre de 2017


Todos son conscientes de que Banksy es lo más grande del street art.

—Ben Eine, una de las pocas personas que saben quién y cómo es Banksy.

Banksy se mueve tan rápido y es tan misterioso como un OVNI. De la noche a la mañana, como si de los enigmáticos círculos de las cosechas se tratara, sus graffitis de distintas dimensiones aparecen en el muro de alguna ciudad. Los habitantes aprovechan para tomarse una selfie o admirar una vez más el innato talento de este ¿artista, colectivo, hombre, mujer? que ha encantado al mundo tomándolo por sorpresa desde la década de los 90, aunque no fue hasta el 2000 que su fama se disparó a los niveles más altos. Su arte se inspira en la denuncia política, la cultura pop, las situaciones sociales y los más diversos elementos satíricos y rebeldes. Nadie, a excepción de su círculo más inmediato de amigos, sabe a ciencia cierta quién está detrás de este fascinante nombre. Las únicas certezas son que es británico, nació en Bristol en 1975 y que no actúa solo.

Ser Banksy es ser uno de los artistas más célebres de la actualidad. Es ser un enigma sin resolver. Es ser leyenda urbana que se alimenta día a día de especulaciones y suposiciones. Es ser quien llevó al graffiti a niveles artísticos superiores. Pero también es ser uno de los artistas más vulnerables. Al exhibir su arte en la vía pública, en muros intervenidos con o sin el consentimiento de sus dueños, sus obras han sido objeto de destrucción o de oportunidades de algunos ventajistas para sacar dinero.

En el documental Saving Banksy de Colin M. Day, se explora esta faceta. Stephan Keszler es dueño de una las más prestigiadas galerías de arte de Nueva York. Es también un oportunista que se ha hecho de varios Banksy de manera ilegal, extrayéndolos de su lugar original para venderlos por miles de dólares en su negocio. Fanáticos del artista y críticos han levantado la voz con furia para denunciar la trampa de Keszler, quien claramente ve la oportunidad de explotar la obra de Banksy y no tanto preservarla.

El graffiti es considerado street art y, por lo tanto, cualquiera “puede” hacer con él lo que “desee”. Sin embargo, es claro que detrás de lo que hace Banksy hay un trasfondo social y netamente artístico que pierde sentido cuando se le saca de su entorno original. Stop & Search y Wet Dog, graffitis realizados en el muro divisorio de Palestina cuando el artista visitó esta zona del mundo en 2005, fueron removidas para aparecer pocos días después en la Galería Keszler en Nueva York, perdiendo todo su sentido de denuncia social para convertirse en meras imágenes decorando una superficial galería.

Stephan Keszler no sólo incurre en un delito artístico sino también a nivel legal al vender obras que no están autenticadas por el artista. Banksy, fiel a la tradición del graffiti, no firma sus intervenciones, por lo tanto no puede reclamar las ganancias de Keszler a favor suyo, aunque a la vez Keszler está incurriendo en un abuso al vender a precios desorbitantes obras sobre las que no se tiene la seria certeza de ser originales. El tipo podría estar engañando a los compradores mediante esta estratagema.

Keszler ha mencionado que su objetivo es salvaguardar los graffitis que serían deteriorados por el vandalismo o por las inclemencias del tiempo: «En un mundo perfecto, según los deseos del artista, las obras estarían siempre en su estado más puro al permanecer en su lugar, pero la dura realidad es que muy pocas piezas sobreviven... Habrían sido absolutamente destruidas en Palestina». ¿No tendría que ser el propio Banksy quien decidiera el destino de sus graffitis? ¿Acaso Keszler ignora que este arte es inmediato y que, incluso desde su misma concepción, está hecho para ser perecedero? Al parecer, ha fingido que no. El único interés que demuestra es que una obra de Banksy puede llegar a valer más que el edificio entero en el que fue hecha.

Sin embargo, no todos los intentos de venta han resultado exitosos. Vender una obra de cinco toneladas y media de concreto, difícil de instalar y sin autentificar es tarea complicada. Stephan Keszler ha mencionado en varias ocasiones que lo que está haciendo es enaltecer el arte de Banksy; este sujeto debe entender que el grafiti se enaltece entre más callejero es, pues éste es su estado natural. Sacar a Banksy de su hábitat callejero es como sacar a un pez del océano. Cuando la lluvia de críticas hacia este dealer (¿o ladrón?) de arte comenzaron, él se escudó diciendo que varias de las obras que posee las donaría a museos para que un mayor número de personas las disfrutaran.

Nieles “Shoe” Meulma, uno de los tantos artistas que se han unido en contra de Keszler y su cacería hacia las obras de Banksy, dijo respecto a la exhibición de una de las obras más famosas del artista callejero ("Haight Street Art") en una feria de arte en Miami: «Exhibieron las obras como trofeos, como cabezas de animales. A veces es genial mirar cabezas de animales. Lo raro es que montaron la rata justo enfrente del salón VIP. Parecían fuera de lugar, pero muchas cosas ahí parecen fuera de lugar».

«No podemos cambiar el mundo hasta que colapse el capitalismo, mientras tanto todos deberíamos ir de compras como un consuelo», esta frase resume la filosofía de Banksy y el porqué la sociedad vive en una eterna insatisfacción material y espiritual. Keszler y su galería en el lujoso barrio de Southampton, Nueva York es el más claro ejemplo de capitalismo en el arte: el afán de sacar dinero de una obra sin tomar en cuenta su espíritu primigenio y encima ser él el único beneficiado.

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Banksy es uno de los grandes misterios de la historia del arte y del pensamiento rebelde del siglo XXI. Si te preguntas acerca de la identidad de este artista del graffiti, en el siguiente texto se te revelará una de las tantas teorías al respecto. Además podemos aprender importantes lecciones de vida de este personaje que ha hecho una obra para la historia.


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