Edvard Munch: ángeles negros desde su cuna
Arte

Edvard Munch: ángeles negros desde su cuna

Avatar of Museo Palacio de Bellas Artes

Por: Museo Palacio de Bellas Artes

22 de noviembre, 2013

Arte Edvard Munch: ángeles negros desde su cuna
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Por: Museo Palacio de Bellas Artes

22 de noviembre, 2013

La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna”.

- Edvard Munch

Su obra fue provocadora, incomprendida y criticada. Los temas de sus piezas están encarnados en los momentos más dolorosos de su infancia. A los cinco años presenció la muerte de su madre y más tarde sufrió la pérdida de su hermana cuando aún era pequeña. El permanente contacto con la enfermedad y la muerte hicieron de Edvard Munch[1]un artista sombrío y melancólico que creó a partir de la evocación.

Edvard Munch: ángeles negros desde su cuna 
Dominado por los recuerdos, en su obra plasmó sensaciones intensas y cada uno de sus cuadros se convirtió en la exaltación de experiencias dotadas de una poderosa carga psicológica y emotiva.

Lo que caracterizó a Edvard Munch, desde el comienzo de su carrera, fue la relación determinante que estableció con el proceso artístico. Contemporáneo a Van Gogh y a Gauguin, Munch entendió que la esencia del arte ya no estaba en la reproducción vacía de la naturaleza, cuyo alcance no rebasaba la representación de apariencias desprovistas de emociones. Convencido de que el arte debía dirigirse hacia la revisión de temas con mayor significado y contenido, desde joven se comprometió a desarrollar en la pintura un recurso por medio del cual fuera posible examinar la conciencia y captar las claves del universo interno. “La obra de arte procede del alma del hombre, de la profundidad de su ser”, escribió en su diario.
 

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El interés por la expresión lo llevó a transgredir los aspectos formales de representación artística de su época. Rompió definitivamente con los paradigmas académicos del realismo y abrió paso a una nueva configuración en la manera de crear, lo que fungió como veta para acceder a los sitios en que las emociones tenían su origen. Muy pronto, este atrevido proceso derivó en la producción de obras dotadas de una fuerte carga simbólica.

En el intento por capturar aquello que habitaba su mente, Munch construyó relaciones entre las imágenes, los pensamientos y las emociones, que luego convirtió en representaciones visuales que dieron forma a cada una de sus piezas. Esta compleja red de significaciones fue la base de su producción simbólica, misma que consiguió potencializar cuando en 1894 entró en contacto con las artes gráficas. El trabajo en grabado que desarrolló, le permitió dotar de mayor expresividad las imágenes que había comenzado a trabajar con la pintura. Su dominio de la técnica le sirvió para crear con impecable calidad una litografía, una xilografía o cualquiera de las vertientes del grabado en metal; incluso innovó el uso y la aplicación del grabado, logrando una simplificación y perfeccionamiento del proceso.

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La gráfica resultó un medio perfecto para experimentar con las formas y los colores en función de la expresión. Partiendo de que las emociones son mucho más de lo que se puede decir de ellas, intentó forjar una relación sólida entre el medio de creación de sus obras y el contenido de las mismas. Con el grabado y su posibilidad sintética alcanzó la máxima exploración simbólica, la que en algunos momentos llegó a tocar la abstracción.

Si algo definió su producción artística fue su compulsión por trabajar reiteradamente en torno a los mismos temas. La incansable búsqueda por reflejar en sus obras aquella primera impresión del sentimiento, implicó que elaborara diferentes versiones de una misma pieza. Para él los temas no se agotaban en una pintura, por lo que convirtió la repetición en un principio estético. Pintaba un cuadro a partir de otro y cada nuevo intento develaba algo más: un motivo diferente, un elemento distinto capaz de acercar la pieza a la imagen original. Por ello, su obra es una y todas a la vez. “Yo no pinto lo que veo, sino lo que vi”, decía el artista para explicar cómo el origen de sus obras descansaba en la memoria, en la reactivación del recuerdo. El acto de expresión de Munch mantuvo siempre una relación de construcción con la temporalidad; sus sensaciones presentes eran ya sensaciones pasadas; los motivos que inspiraron sus cuadros, habían nacido en otro tiempo.

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Uno de los eventos más significativos, que quedó arraigado a la memoria de Munch, fue la muerte de su hermana Sophie. La pérdida lo incitó a trabajar durante varias décadas en la obra de La niña enferma; creó distintas variantes en óleo y, simbólicamente, la eligió como tema de su primera litografía. A partir de La niña enferma tuvo oportunidad de experimentar el efecto emocional del color en el grabado. En la serie de impresiones que realizó de esta pieza existen versiones en colores y papeles distintos. En algunos casos evidenció la presencia de franjas, resaltó u omitió elementos de la escena o indagó trabajando sobre detalles particulares. Incluso experimentó aplicando color directamente sobre el papel cuando ya estaba realizada la impresión. A fuerza de repetición, descubrió la forma en que una misma imagen con determinadas variaciones genera sensaciones diferentes.

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Munch también encontró un motivo de creación en los temas acerca de la mujer, el amor y la sexualidad. La idea de la batalla entre el hombre y la mujer como seres opuestos y con diferencias irreconciliables predominó en el tratamiento del tema en torno a la sexualidad, misma que para Munch era causante de las relaciones trágicas y la desesperanza amorosa. Para él, la distancia que separa a los amantes es inquebrantable, y de manera muy particular se obsesionó por plasmarla en sus piezas.

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Nuevamente se sirvió de la gráfica para la experimentación y, a partir de un proceso similar al armado de un rompecabezas, compuso grabados que construía cortando varias figuras de un mismo bloque de madera, después trabajaba por separado con cada una de ellas, las entintaba y volvía a ensamblarlas para realizar la impresión. En varias de éstas, la figura de la mujer fue elaborada en un bloque de madera diferente al del resto de los elementos. Al final del grabado, la mujer quedaba plasmada como una imagen flotante, fantasmagórica, totalmente ajena y alejada del hombre, aunque a simple vista compartían el mismo espacio. De esta manera evidenciaba que la mujer y el hombre no podrían juntarse nunca porque fueron separados desde el origen.

Edvard Munch - three ages la la woman (1894)


La mujer en la obra de Munch se presentó como un ser sensible pero indiferente, se convirtió en el símbolo de la dualidad y estuvo vinculada en algunas ocasiones con la virtud y en otras con el vicio. La figura femenina se debatía siempre entre la belleza y la sensualidad. En ciertas obras el artista recupera la metáfora de la mujer vampiro, quien transforma su beso en una mordida para poder beber la sangre de su víctima; o bien, la convierte en una especie de Medusa, que con su cabello largo y ondulado envuelve, hipnotiza al hombre y lo despoja de la voluntad. La noción del amor como una fuerza estrechamente vinculada a la muerte, se convirtió en una de las formas por medio de la cual, Munch indagó en sus experiencias amorosas. Existe, sin embargo, una efigie en la que reconcilia a los amantes: El beso. En las versiones de esta pieza, Munch ensaya varias veces la composición del cuadro y registra una serie de instantes previos a la unión de los amantes. Estas variantes derivaron en una de las imágenes con mayor carga simbólica dentro de toda la producción del artista. En esta obra el cuerpo del hombre y de la mujer se unen para generar una sola silueta ondulada que muestra un gesto de ternura infinita. La fusión de los amantes en una sola figura hace imposible que puedan diferenciarse entre sí. Es el beso suspendido en el tiempo.

Edvard Munch - the kiss (1897)


Pero más allá de la intimidad expresada en su proceso creativo, Munch también exploró y reflexionó en torno a temas que involucraban a la sociedad. En su obra, Ansiedad, por ejemplo, refleja el sentir de una colectividad desequilibrada que vive bajo el yugo de la incertidumbre del mundo moderno. La obra representa un evento apocalíptico e irreversible en el que las personas deambulan hacia su propia muerte, cubiertas por un cielo teñido de rojo, casi sangrante, mientras atraviesan una ciudad que ya no les pertenece y de la que ya no forman parte. Aquí, Munch hace un testimonio de sí mismo como un ente que marcha a contracorriente para evitar pertenecer a esta multitud.

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Para Munch no había expresión sin transformación, y sus obras tuvieron origen en la alteración del sistema nervioso. Su constante contacto, a veces casual y a veces intencional, con los estados de ánimo más inquietantes, lo llevó a sufrir una crisis nerviosa caracterizada por la experimentación de alucinaciones y ataques de paranoia, misma por la que en 1908 fue internado en una clínica psiquiátrica de Copenhague. Su particular estilo de vida y su adicción por el alcohol, lo mantuvieron en un permanente estado de depresión. Y tras padecer todas aquellas situaciones de la realidad que lo atormentaron, escudriñó sus emociones y se topó con aspectos que pertenecen a lo más esencial de la condición humana.

Por Roxana Romero Muñoz.


[1] Edvard Munch (Loten, Noruega, 1863 – Ekely, 1944)


Referencias: