El enigma de la vida y la muerte a través de las orquídeas

Viernes, 8 de abril de 2016 12:44

|Museo Franz Mayer


Por Diego Coto


Una sutil atmósfera de exotismo rodea a las orquídeas. Un poco de ella surge de la infinidad de formas, de colores, de olores que tienen; de los miles de patrones que vemos en los pétalos: algunos que parecen artificiales, otros parecen simétricos, algunos azarosos; y también de las enormes diferencias de tamaño entre cada una.
Por esto no es de extrañar que exista la necesidad de describirla, de detenerse a mirarla. Lo importante no es la flor en sí, es lo que provoca al ser vista, al ser pensada.
Cuando la nombramos llega con significados, ideas e historias amarradas a ella. Pero tal vez lo que termina de redondear ese aire de rareza es la historia que tienen.
En la exposición "Orquídeas y paisajes culturales" del Museo Franz Mayer, del 7 al 15 de mayo, podremos ver estas flores y pensar en todo lo que significan más allá de lo visible.

Esta exposición nace de la predilección que Franz Mayer sentía por estas flores. Su correspondencia nos muestra que durante toda su vida se interesó por ellas, nos cuentan que compraba orquídeas de Londres, de Nueva York, de Colombia; siempre interesado en ellas, en cómo cuidarlas; desde aspectos técnicos de los invernaderos hasta suscripciones a cientos de catálogos. El tema de las flores surge en sus cartas en los momentos más extraños, como cuando le escribe a su amigo francés Gastón Descambes sobre la Segunda Guerra Mundial y la posibilidad de ayudar a un refugiado judío en México, y termina con la posdata: “no creas que me he olvidado de las orquídeas; espero poder mandarlas en mayo”. Ya sea de forma muy sutil o muy directa, Franz Mayer encontraba la forma de introducir su pasión por estas hermosas flores.

La obsesión histórica por las orquídeas pasó por diferentes etapas: fueron la base de una gran industria europea en los siglos XVIII y XIX, pero todo se debe a una extraña serendipia. Una envoltura hecha de orquídeas muertas y secas se usó para proteger otras plantas que se mandaron a Londres; cuando llegaron, las orquídeas habían florecido y eran una imagen completamente nueva para los europeos, que empezaron a coleccionarlas. De esta pequeña flor surgió la orquideomanía, que duraría varias décadas. Por esta pequeña flor cientos de cazadores de orquídeas serían enviados a Asia, África y América.

Además de todas las dificultades que los cazadores podrían tener para encontrar las flores, también existía la posibilidad de que ninguna planta sobreviviera el camino de vuelta a Europa, como escribía en 1906 el reportero William George Fitz-Gerald, que entrevistó a los cazadores de orquídeas más famosos (o, por lo menos, a los que sobrevivieron): “Se pueden recolectar diez mil flores en una remota cumbre de los Andes o una jungla de Papúa con muchísimo cuidado para mandarse a Europa en un transporte que cuesta miles de dólares; sin embargo, puede que no sobreviva ni una orquídea cuando lleguen a su destino”.


Pero estas flores también tuvieron su impacto en la ficción. Como lo muestra el cuento “Cazador de orquídeas” de Roberto Arlt; podemos ver la contradicción que presentan: por un lado hermosas, y por otro lado monstruos: “Efectivamente, dudo que en el reino vegetal exista un monstruo más hermoso y repelente que esta flor histérica, y tan caprichosa, que la veréis bajo la forma de un andrajo gris permanecer muerta durante meses y meses en el fondo de una caja, hasta que un día, bruscamente, se despierta, se despereza y comienza a reflorecer, coloreándose las tintas más vivas”.

Es la flor gris, muerta y olvidada en el fondo de un cajón que después se hace bella y valiosa. También es esa flor que no puede separarse de lo que significa su historia, como lo dice al principio el narrador del cuento: “que desde ese encuentro me naciera la repugnancia que me estremece cada vez que oigo hablar de las orquídeas”.

Otro cuento ambientado en esta época y con el mismo tema es “El florecimiento de la extraña orquídea” de H.G. Wells.

La compra de orquídeas siempre conlleva cierto aire especulativo. Uno tiene delante el marchito pedazo de tejido marrón, y por lo demás debe fiarse de su criterio o del vendedor o de su buena suerte, según se inclinen sus gustos. La planta puede estar moribunda o muerta, o puede que sea una compra respetable, un valor justo a cambio de su dinero, o quizá -pues ha sucedido una y otra vez- lentamente se despliegue día tras día ante los encantados ojos del feliz comprador alguna nueva variedad, alguna nueva riqueza, una rara peculiaridad del Labellum, una sutil coloración o un mimetismo inesperado. El orgullo, la belleza y la ganancia florecen juntos en una delicada espiga verde y puede que incluso la inmortalidad.

El valor de la planta es mucho más que el dinero; es la posibilidad de descubrir algo nuevo, la intriga de saber si la planta florecerá o no, el orgullo. Todo nos revela que la orquídea es mucho más que pétalos de colores con extraños diseños y fuertes olores.

La exposición de orquídeas del Museo Franz Mayer nos invita a eso: a pensar en la historia de objetos cotidianos y por lo mismo casi olvidados, en los significados ocultos que pueden tener, en las historias que no se resuelven entre lo ficticio y lo real.




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