El pintor mexicano que retrató los rostros de la locura en La Castañeda
Arte

El pintor mexicano que retrató los rostros de la locura en La Castañeda

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Por: Eduardo Limón

29 de abril, 2016

Arte El pintor mexicano que retrató los rostros de la locura en La Castañeda
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29 de abril, 2016



José Luis Cuevas es uno de los artistas mexicanos que más tenemos olvidados. Pasamos de nombrarle un "enfant terrible" a llanamente no mencionarlo; perdimos profusamente en nuestra memoria esa salvación que él representaba ante el arte obsesionado con un “nosotros” cubierto de alcatraces, cadenas y xoloitzcuintles. Pocas veces hemos sido agradecidos y honrosos con nuestros verdaderos librepensadores; ahí están María Antonieta Rivas Mercado, Nahui Ollin y Dr. Atl como ejemplos de ese desprecio imperdonable.


José Luis Cuevas

Cuando el suplemento “México en la cultura” del periódico “Novedades” publicaba en 1956 un texto que hasta la fecha se sigue considerando el manifiesto de la Ruptura, el nombre de José Luis Cuevas, su autor, se perfilaba hacia los terrenos de la crítica y la grandeza por tres simples cosas: desafiaba los motivos e intereses del muralismo, desdeñaba una teleología política en el arte nacional y retaba a las autoridades –institucionales o no– del arte en México.

Estos escritos fabulosos que no sólo sirvieron de autopropaganda, fueron cánon de una figura que poco a poco se labraba un nombre en las prácticas artísticas de su país y preámbulo para una producción de estridentes quiebres. Ese antagonismo que él mismo se creó para hacer una diferencia tácita entre un presente irrenunciable, urgente de renovación, y un pasado enajenado con el nacionalismo y carente de innovación, configuraría más tarde su propia obra como una respuesta a los principios de Rivera, Siqueiros y Orozco, por mencionar a sus principales opuestos.

José Luis Cuevas


Dentro de dicho contraste, debemos posicionar el cambio de representaciones por encima de cualquier otra rivalidad discursiva y estilística; aquello que en algún momento fue central el pueblo, fue transformado por Cuevas en una fijación por el “yo”. Y no un “yo” cualquiera, sino ese énfasis ensimismado de una individualidad que busca, reflexiona y actúa no en la pantomima utópica de antaño, sino en la crisis contemporánea, en la emergencia del aquí y el ahora.

Para ello, siendo hermano de un médico especializado en psiquiatría, logró entrar en alguna ocasión a La Castañeda; ese mítico y escabroso lugar de horrores donde los pacientes mentales eran tratados para una hipotética sanación.

Pensando que la locura sólo era un signo más de extrema entrega al “yo”, la cual suele esconderse de los obtusos términos de la normalidad, Cuevas decidió estudiar los rostros de estos, analizar sus comportamientos y retratar sus formas.


José Luis Cuevas


Valiéndose de formatos pequeños, casi diminutos, pues no necesitaba de ninguna monumentalidad para hacer su trabajo, y utilizando materiales industriales o pigmentos contrarios al muralismo, José Luis se dedicó a la representación de individuos que no luchan como ese indígena revolucionario, sino que asumen su posición. No se levantan en una tradición de comunidad, saben abnegadamente que su ser es sobajado. El rostro capturado por Cuevas nunca intentó hablar por un colectivo, si acaso, guardó silencio por una singularidad reprimida.

Este artista se esforzó realmente por obviar y permitir también un “otros”, que no siempre requiere o conlleva un “nos” al principio de su enunciación. Esas posibilidades excluidas por la fascinación folclórica de la vieja escuela, hallaban, si no un medio de comunicación, un canal de visibilización. José Luis entendía a la perfección que la miseria humana, la desdicha, puede ser resultado de fuerzas desconocidas, no necesariamente llamadas burguesía o capitalismo. Incluso, para hacer más escandalosa su contraposición, esa desgracia podría llamarse comunismo y los artistas revolucionarios del ayer no lo estaban tomando en cuenta.


José Luis Cuevas


Esa identidad colectiva que tanto se aclamaba en la cortina del nopal era excluyente, sesgada y generalista. Nunca tuvo espacios para la unicidad o para la alteridad, y José Luis Cuevas siempre lo supo, sólo que muchos de sus coetáneos entendieron esta posición como una afrenta burda y prácticamente sacrílega. ¿¡Quién se atrevería a negar a la santísima trinidad de la pintura mexicana!? Afortunadamente, una visión lunática y disidente como la de este creador de “Gigantas”.


José Luis Cuevas


¿Cuánto tiempo más pasará para que el nombre de Cuevas siga sumido en las penumbras de nuestra historia, para que sigamos en la idea de que sólo existieron los pintores de mural? Su paso por el tiempo ha significado un especial camino de vitalizaciones, cuestionamientos y creaciones que no muchos saben apreciar. José Luis Cuevas es ese hombre que, a pesar de derrumbes y enfermedades en los últimos años, sigue estando presente para todo aquello que nunca ha sido oficialmente permitido, y por el cual deberíamos preocuparnos más con tal de reconocer que México no hubiera podido abrirse demasiado horizonte en la contemporaneidad de no haber estado él y sus retratos de lo otro, lo supuestamente loco, lo excluido.


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