Confesar. Nada tan simple, pero a la vez tan tormentoso como dar salida a lo que escondemos. Mediante el gesto, la actitud o la palabra, arrepentirse o soltar lo que nos envenena es volver al estado de inocencia. Es declarar que hubo una falta propia o en contra nuestra con el fin absoluto de buscar la salud, al mismo tiempo que el peligro. Desde el antiguo Egipto y atravesando a la tradición judía, la práctica de la expiación mediante el ser confesor es una herencia religiosa dentro de muchos escenarios sociales y artísticos de la actualidad. La poesía que confiesa, por ejemplo. La llamada palabra confesional es el verso sucio que clama por la liberación; esa corriente poética que surgió en los Estados Unidos durante la década de los 50 y 60 es un trabajo personal o del extremo yo, como quiera entendérsele. El contenido de dichas producciones es eminentemente autobiográfico y se caracteriza por suponer una introducción profunda en temas tabú de su época, tales como la enfermedad mental, la sexualidad o el suicidio. Este movimiento de la lengua supuso entonces toda una innovación temática en la poesía; el aspecto psicológico se acentuó de manera particular en algunos autores como Anne Sexton –quien comenzó a escribir esta poesía a propuesta de su terapeuta– o en el caso más famoso y peculiar de ellos: Sylvia Plath.
Iniciando un análisis en torno a la vida y obra de Plath, hay muchos hilos de los cuales tensar la mirada. Mucho se ha discutido sobre el impacto de Ted Hughes en sus palabras y confesiones, en los cambios que este amor violento suscitó en su creación artística. Incluso, algunos obtusos pensarán que su fatídico final y vuelco en la escritura se alejan con vehemencia de su pareja, que su poesía nunca se oscureció o se llevó a la desesperación mas que en términos de infancia, recuerdo y familia. Que la pena de un amor no fue el punto decisivo para la renuncia de una vida lastimera y llena de traumas, vacíos, tendencias suicidas, prolífica poesía y obsesiones catastróficas.
Por supuesto que Sylvia murió de amor y trabajó a partir de éste. Quizá no fue lo único. Seguro hubo más razones, pero el apellido Hughes y los constantes altibajos que éste propició en su corazón sirvieron de signo ortográfico y metafísico para su desenlace. Los conflictos que la paternidad perdida y el cariño recobrado, con Ted en el medio de sus carencias o euforias, se persiguen una y otra vez en su poesía de vida, evidentemente, pero nunca logran escapar del dulce conflicto que era el poeta inglés. Advertir esto es sencillo y superior a conformarse con la simpleza de una lectura básica o conformista, digna de una consulta enciclopédica o escolar. Ted Hughes fue el tormento de tormentos en una línea de sinsabores.
Ted fue el parteaguas detonador que su poesía tomó por médula espinal y que otorgó de diferentes matices al amor que Sylvia tanto guardaba, requería y añoraba. Aunque cueste trabajo obviar sus procesos, hay una Plath de antes y una Plath después. La poeta nunca fue tan impermeable como para restringirse a un solo tipo de pesar o rostro del dolor, pero esto no significó que no conservara con el tiempo una inquebrantable cadena de conexión. Un hombre que atravesara su pasado y condenara su futuro.
Sylvia Plath fue un escritora norteamericana sin igual. De trágica vida y obra en espejo, su talento se manifestó desde muy pequeña, habiendo publicado su primer poema a los 8 años en un periódico local.
Sylvia –nacida el 27 de octubre de 1932 en Jamaica Plain, Massachussets y en una familia de clase media– estuvo siempre marcada por su padre, Otto Emil Plath, un profesor de biología especializado en abejas, de la Universidad de Boston, murió justamente cuando ella tenía 8 años.
El 27 de septiembre de 1950, ingresó al Smith College para señoritas, gracias a becas. Durante el tercer año dentro del colegio, intentó suicidarse con pastillas y fue trasladada a una institución psiquiátrica. Más tarde rescataría esta experiencia en su novela autobiográfica “La campana de cristal”.
En febrero de 1956, conoció al poeta Ted Hughes en una fiesta. El 16 de junio del mismo año, se casó con él en Londres. Todavía en este punto su estética, en términos personales y de producción (aunque unidos en una sola experiencia), no se notaba tan deteriorada como lo haría años más tarde.
En julio de 1957 se trasladaron a Estados Unidos, donde permanecieron hasta octubre de 1959. En este tiempo Sylvia dio clases en Smith Collage. En Boston asistió a seminarios con Robert Lowell y Anne Sexton, capítulo esencial para un cambio también revolucionario en su escritura.
Al saber que Plath estaba embarazada, la pareja decidió retornar a Inglaterra. En 1960 publicó su primer libro de poesía “El coloso” (“The Colossus and Other Poems”) y en febrero de 1961 sufrió un aborto, el cual mencionaría en algunos poemas. Es el momento en que se mudan a Devon.
Debido al romance que Hughes mantenía con la poeta Assia Wevill y demás mujeres, se separaron. Sylvia regresó a Londres con sus hijos. El 11 de febrero de 1963, se suicidó asfixiándose con gas. Sus restos reposan en el cementerio de Heptonstall, West Yorkshire.
No podemos negar que entre ellos había amor, que la presencia de Plath en la vida de Hughes y viceversa significó una conexión con el mundo. Se querían, reconocían que juntos habían alcanzado niveles de encuentro y creatividad que jamás hubieran llegado por sí solos. Sylvia sabía que todo su ayer, todo su pesar, se desataba y arribaba en Ted. En su poesía hecha letra, su letra inseminada de vida. Es cierto que a primera instancia su obra puede resultar un tanto compleja. Las rimas no son evidentes, en muchas ocasiones no entendemos de qué habla ya que utiliza la lengua en idioma propio.
Muchas de sus vivencias están reflejadas en sus poemas, sin embargo, aparecen transfiguradas a una realidad lírica. Aunque es muy difícil identificar y comprender el significado último del poema, ayudan mucho las notas que acompañan a los poemas y las aristas que inauguró su relación violenta tanto con Hughes como con la vida. Para conocer más, lee La historia del hombre que causó que dos poetas se quitaran la vida por su amor y un retrato de Sylvia Plath en la búsqueda de la perfección.
