Ícono del sitio Cultura Colectiva

El artista que convierte la decadencia y estereotipos latinoamericanos en una ironía

El artista que convierte la decadencia y estereotipos latinoamericanos en una ironía

El artista que convierte la decadencia y estereotipos latinoamericanos en una ironía

Un día llegó Pokemon Go y pensaste que la realidad aumentada terminaba en esos monitos que debías cazar con tu teléfono. El artista plástico y fotógrafo argentino Marcos López lleva décadas explorándonos como si fuéramos una fauna de urbe latina. ¿El resultado? Un bestiario de putas, luchadores, tangueros, inmigrantes y todo eso que vemos cuando usamos la ventana del autobús como espejo.

“Todo poema se cumple a expensas del poeta”, escribió una vez Octavio Paz y dejó una pregunta para quien quiera tomarla: ¿va la realidad hacia la estética o la estética rehuye a lo real? ¿Vale la pena preguntárselo? ¿Son los argentinos con aire gardeliano o los luchadores mexicanos o los haitianos de Santiago de Chile un verosímil o una hipérbole de la realidad? ¿Qué nos dicen de esa realidad y, por lo tanto, de nosotros?

Aunque le duela, aunque le dé placer, aunque lo odie, aunque lo ame, aunque lo niegue o aunque lo afirme, Marcos López, artista plástico-fotográfico argentino, docente y tallerista, ha dedicado buena parte de su vida a tratar de contestar y marear esa respuesta. Su arma primordial, el denominado vaya-a-saber-por-quién “kistch criollo” —una especie de representación fotográfica-performática grotesca, iconoclasta, reafirmante, denunciante y movilizante de las distintas identidades que devienen en toda América Latina—, lo ha convertido en un personaje público y transversal: desde Adidas hasta los museos públicos y ribereños de la ciudad argentina de Rosario, todos han tenido algo de él. Exposiciones, fotografías, instalaciones e incluso warholeanas piezas de marketing basadas en su sensibilidad visual-social.

Porque sí, en La Boca, Buenos Aires —donde tuvo lugar esta entrevista—, o en la Ciudad de México, o en Santiago de Chile, o en Dubai, hay nociones de identidad, de “ser nacional”, de “patria”, de visión-del-mundo que, ¿realmente son tan verosímiles como parecen? ¿Son sólo construcciones que responden a la humana necesidad de la pertenencia? ¿Es posible una filosofía de la identidad? ¿Es necesario preguntárselo si, al fin, lo que nos amalgama es la diferencia? Antes de leer a López o, mejor, durante la lectura de una entrevista con López, un buen ejercicio es subirse un transporte público cualquiera en un momento del día cualquiera. Ahí está el viaje. En todos los sentidos de la palabra:

“No me gusta usar la palabra kitsch… Me interesa la artesanía popular. Hace tantos años que transito la idea de artesanía popular, de cultura local, hace tanto que investigo los materiales precarios, baratos, el plástico… que siento que ya ni me acuerdo por qué me empezó a interesar esto. Me gusta decir que inventé el pop latino, lo que es algo ridículo porque no lo inventé yo ni Shakira ni nadie. Recuerdo que la raíz llegó hasta cuando estudié cine en Cuba en 1987. Estaba fascinado con los hoteles de los años 50, los cocodrilos de plástico, la idea de souvenir de turismo. Entonces traté de hacer un documental que no le chupara las medias a la Revolución. Y trabajé con el tango en Cuba. Los tangueros cubanos que se vestían como Carlos Gardel.

Siempre tuve interés por el souvenir, por el estereotipo. Pienso que consciente o inconscientemente debo haber reciclado influencias como Pedro Almodóvar y David LaChapelle, además de que mi obra quizá dialoga con la de Andy Warhol”. Con Warhol, con Gardel, con Rivera…. Toda condensación icónica de la (in)consciencia latina hecha —y echa— luz sobre el trabajo del argentino. “Me gusta Paquita la del barrio, que le dice al marido ‘rata de dos patas’ porque la engañó. Me interesa el muralismo mexicano, por supuesto. Me declaré el heredero digital de Diego Rivera. He hecho murales en Photoshop que tienen el mismo espíritu de una vocación caricaturesca política. También me interesa muchísimo la música latinoamericana: la cumbia, como ‘La pollera colorada’, las letras del vallenato colombiano, el son jarocho…”.

Ya sea con jarocho, vallenato, guayabera o más palabras bonitas, López va por el cuerpo de América Latina como por el mundo. Y eso, claro, incluye a México. “A México voy mucho, sí, porque voy a dar clases también. Recuerdo puntualmente una experiencia que tuve cuando viajé por Ensanada, Oaxaca y Querétaro. En Ensenada compré mucho en las ferias de segunda mano. La ciudad tenía diversas ferias de este tipo y me impactó tanto. Lo que al Imperio le sobra, nosotros lo agarramos. Recuerdo algo que me conmovió: en el istmo de Tehuantepec presencié un baile en el que sólo danzaban las mujeres. Las señoras. Bailaban entre ellas o con las hijas de una manera muy elegante, muy formal, y los hombres quedaban en un segundo plano. Sólo estaban ahí para servir cerveza. Cuando trabajo en la búsqueda de los estereotipos locales, ese tipo de transmisiones de la cultura me conmueven, me interesan. A veces siento que soy un estereotipo de mí mismo, que actúo por reflejos. Como si fuera un boxeador que le dicen ‘a las cinco es la pelea’. Entonces voy, entro y pego, pego, pego…”. Y como no hay boxeo sin rival, ni Quijote sin molino, ni Miley sin Nicky, tampoco parece haber arte sin blanco político para el argentino.

“A veces no puedo pensar en otra cosa que no sean colores saturados, pero siempre hay una intención de reflexión sociopolítica, antropológica y cultural que busco con mis imágenes. También utilizo elementos los 70 para la inspiración de mis obras… y me quejo de que caí apresado en el estereotipo del pop latino, pero me da placer que me paguen y me contraten para dar un curso sobre el uso del colorinche. Y estoy descreído, cansado, aburrido del arte contemporáneo…y resentido porque me hubiera gustado que el MoMA hubiera hecho una retrospectiva de mi obra, pero a esta altura ya está. Y, al mismo tiempo, he transitado el andarivel de la publicidad, que considero una cosa casi despreciable. A lo Warhol, también trabajé con la idea de buscar sponsors imaginarios. Para mi exposición en este museo quería poner un anuncio gigante de un banco. Total, a nadie le importa. El arte no sirve para casi nada”. Pero continúa: “me reconcilio cuando escucho a Caetano Veloso, Ney Matogrosso, Chabuca Granda o la Negra Graciana y le encuentro un poco de sentido a la vida (risas). Porque si analizamos en México los problemas de la corrupción, el narcotráfico, la injusticia, el rol nulo del Estado, etc., te cortas las venas. El mundo es así, pero en México es siempre de manera desmedida… En definitiva, creo que me gano la vida tratando de ser una persona medianamente decente. Y con el tiempo descubrí que me interesa cada vez más la educación. Aunque no me gusta leer libros”.

¿Educación? En Argentina, por citar un caso, hay una generación de inmigrantes senegaleses que llegan para trabajar, se quedan a vivir, y pronto tendrán hijos argentinos que se educarán en escuela… “Y que se casarán quizá con la hija de un supermercadista chino o con la hija de un albañil paraguayo. Es una ebullición de migraciones. En la ciudad de Rosario diseñé una intervención para redefinir el tema de las nuevas identidades. El muchacho senegalés y su mujer china, ¿a qué colectividad pertenecen? Ya habíamos mandado el material a imprenta y en eso me di cuenta que es ridículo hablar de ‘nuevas’ identidades. Que ‘Identidades Móviles’ hubiera sido mejor”.

Editado por Zindo & Gafuri, el mexicano Jorge Posada, también llamado Costa Sin Mar, publicó en 2012 “Adiós a Croacia”, una bitácora del desarraigo y la “ajenidad” de los desplazados por la guerras balcánicas. Como un ejercicio de la internalización de esa saudade territorial, los poemas del libro golpean uno tras otro hasta entregar una línea que resume la obra y puede emparentarse en lo presuntamente estéril, con el ejercicio audiovisual de López. Dice Posada: “Habitar un país es llenar de tierra una piscina”. ¿Busca, entonces, Marcos López algo que no se puede encontrar?

“No sé… No sé si sirve mucho para algo. Me convertí en un profesional de la textura del subdesarrollo. No sé si mi obra busca o sirve. Creo que el mundo no necesita más comunicadores visuales. Necesita que los jóvenes investiguen bioética molecular, cómo no tener polución en las ciudades… Pero, al mismo tiempo, me compré un IPhone y me apasiona sacar fotos con él como cuando tenía 18 y revelaba en el laboratorio. Cuando estoy deprimido me pongo a pintar o a fotografiar y se me va la angustia. Creo que en el fondo el arte sirve para eso. Y mi máximo entretenimiento es la obra. No me interesan ni las vacaciones ni los viajes ni algo similar. La obra. Entonces todos mis trabajos son como work in progress”.

**

Si quieres descubrir a más artistas irreverentes, entonces conoce el retorcido arte de Marilyn Manson que demuestra que es mucho más que satanismo.

Salir de la versión móvil