Francis Bacon o el experimento de la deformidad
Arte

Francis Bacon o el experimento de la deformidad

Avatar of Francesc Reina Gonzalez

Por: Francesc Reina Gonzalez

20 de mayo, 2014

Arte Francis Bacon o el experimento de la deformidad
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20 de mayo, 2014

Y en cuanto aparece la historia, aparece el aburrimiento

Francis Bacon, en D. Sylvester (1977): Entrevistas con Francis Bacon, p. 65.

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La pintura del irlandés Francis Bacon (Dublín), quien murió en Madrid el 28 de abril de 1992, es una investigación de ciertos límites de la figuración pictórica. A lo largo de casi sesenta años de obra, el espectador asiste a un ejercicio desaforado y constante de representar lo que sucede más allá de la figura real. Ese suceso toma forma de experimento a lo largo de decenas de óleos (¿cuántas de sus obras no se titulan “Estudios sobre…”?) El ser humano de Bacon renuncia a la verosimilitud y se acerca a una visión subterránea de la carne de los rostros, del movimiento de los cuerpos y de la posición de los espacios. Es una visión de la deformidad.

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Se ha escrito mucho y bien sobre el autor, sobre las interpretaciones formales y filosóficas de su pintura y se han identificado en sus palabras y opiniones ideas imprescindibles [I]. En esta entrada se añadirán algunas consideraciones de cómo se produce esa investigación.

También se sabe que Bacon, para desarrollar esa meticulosa y desbordada pesquisa, se ha servido de grandes sostenes de la tradición: desde el barroco de Velázquez (pensemos en la obra de Bacon Estudio del Papa Inocencio X (1951)), o de Nicolas Poussin y La matanza de los inocentes (1626), hasta la pintura negra de Francisco de Goya de principios del XIX, o el cubismo de Pablo Picasso.

En cualquiera de esos momentos y autores destacados de la pintura, Bacon supo apreciar hallazgos que incorporaría a su obra. Como artista extraordinario forja su ojo y templa su pincel con los grandes.

bacon pintura


Tres ejes básicos y constitucionales del instrumental pictórico están sujetos a la alteración deformante del pintor. El primero es la forma. Muchas representaciones de sus óleos diluyen y de-forman lo que se quiere representar. Esa voluntad disolutiva parece expresar una desazón que conduce a variadas y sugestivas interpretaciones [II]. El pincel rasga la línea, la exagera y la desplaza de la realidad pero dentro, todavía, del reconocimiento del espectador.

Un hecho parecido sucede con el color. A partir de masas cromáticas relativamente homogéneas los óleos muestran manchas de contraste y rasgaduras expresivas. A su vez, los fondos de muchos de sus estudios y trípticos son casi homogéneos, al modo de marcos, como si las figuras se encontrasen aisladas o encarceladas en esas posiciones.

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Y por último el movimiento. Muchas figuras de los óleos parece detener un movimiento. Incluso los retratos, concebidos como arquetipo de estaticidad, resultan sorprendidos por un gesto a medio hacer (en sus manos, en la cara, en las piernas. Recordemos el Retrato de Isabel Rawsthorne de pie en una calle del Soho de 1967). De nuevo, la técnica pictórica al servicio del límite de la forma hacia su vulneración y su sabotaje. Incluso esa detención del movimiento se abulta, se inflama y se produce una extraña percepción del volumen (pensemos, por ejemplo, en Tres estudios de figuras humanas de 1972, o en el Tríptico–Marzo de 1974). Imposible de olvidar, además, el interés que ha expresado el autor y sus estudiosos en la fotografía de cuerpos en movimiento de animales y seres humanos.

Una consecuencia de esta deformación experimental a través de las formas, los colores y los movimientos es la afectación en la identidad, en aquello son los seres que representan.

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La última consideración reveladora de la pintura de Bacon es el “despojismo”. La presencia de cuerpos desmembrados o alterados, de trozos, piezas y despojos de carne aportan a su experimento pictórico esa impresión fragmentaria, inacabada, incompleta y, en el fondo, tan contemporánea.

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Y por último el argumento biográfico. Parece que, y con una cierta morbidez, una parte considerable de los accidentes de su vida confirman el terror que esa deformidad producía en los laberintos psicológicos de Bacon. En cualquier caso, ese hecho será el menos relevante y anecdótico si la perspectiva del tiempo, la fortaleza y el vigor de su obra perseveran. Y, es posible asegurar, existen razones sólidas para conjeturar que así será.

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[I] Se hace referencia a las obras de Gilles Deleuze (1984): Francis Bacon, logique de la sensation, a la biografía de M. Peppiatt (1999): Francis Bacon: Anatomy of an Enigma, o las entrevistas recogidas por David Sylvester (1977): Entrevistas con Francis Bacon.

[II] Se retoma, por ejemplo, el artículo de F. Rodríguez Gómez (2010) Francis Bacon. Notas sobre la carnalidad, publicado en Investigaciones fenomenológicas. Vol. monográfico: Cuerpor y alteridad.


Referencias: