Historias violentas detrás de las pinturas más tristes en el Arte
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Historias violentas detrás de las pinturas más tristes en el Arte

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Por: Andrea Fischer

4 de septiembre, 2017

Arte Historias violentas detrás de las pinturas más tristes en el Arte
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Por: Andrea Fischer

4 de septiembre, 2017


Abre la puerta de la cocina con una vara de metal en la mano derecha. Tiene la mirada encendida en rabia, como si ella fuera la culpable de todos sus males, de todas sus faltas. Ella está sola con la criada, prepara la comida del día. Él la mira desde el umbral con la mandíbula tensa y la respiración pesada. Le grita, la insulta, la hace sentir como si no valiera nada. Ella se lleva las manos al vientre: quiere proteger al niño que carga consigo, aunque sabe que con cubrirse no va a ser suficiente. El hermano sigue gritando, cada vez más rojo, cada vez más violento.


Entonces se acerca a ella, levanta el brazo y la empieza a golpear en la cara, en la espalda, en los brazos. Ella trata de zafarse, de escapar, pero no puede moverse: le pesa el vientre, tiene las piernas cansadas y la espalda adolorida. Le falta el aire. De pronto ya no siente los golpes sobre sí, y se da cuenta de que su hermano ya no está en la cocina. Se levanta del piso y mira a su alrededor. Respira: ya no hay nadie, mas que la mujer que la ayuda a lavar los trastes, quien la mira con preocupación. Trae un cuchillo entre las manos y una cortada minúscula en los labios, pero está intacta, con la respiración agitada todavía.


Minutos después entra su marido con el semblante pálido. Le pregunta qué pasó, que si le hicieron daño, que si algo le duele. Ella no le puede responder: sabe que su hermano tiene un problema de ira, como su padre lo tuvo, y lo único que quiere es irse de ese lugar. Puede aguantar las carencias económicas, puede pasar por alto la angustia de un techo bajo el cual protegerse, pero lo que no puede tolerar más es la violencia en su casa. Está harta —y está embarazada de su tercer hijo—. No quiere una vida así: no para ella, no para la familia que intenta formar por su cuenta.



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Escenas similares plagaron la vida de Johannes Vermeer, uno de los pintores más reconocidos del arte barroco. No se conoce mucho sobre su vida personal, pero lo poco que se ha podido rescatar de los archivos holandeses da entender que fue tempestuosa, llena de tribulaciones profundas y gran angustia existencial, producto, quizá, de la violencia familiar con la que tuvo que lidiar siempre. Hijo de una familia con antecedentes penales, Vermeer vivió sus primeros años bajo el yugo asfixiante del terror en el hogar: su padre era un tejedor de seda, y su madre, una mujer fría que rara vez le mostró afecto.



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A pesar de que no tuvieron muchas precariedades económicas, la situación no les era sencilla tampoco: pertenecían a la clase media baja, y los círculos sociales en los que se movían no eran los más reconocidos por las familias de renombre. Es tal vez por esto que la formación artística de Vermeer permanece oculta: no se tiene un registro fidedigno de su asistencia a ninguna escuela de Bellas Artes, o en el taller de algún maestro célebre entre la élite artística de la época; de lo que no hay duda es de la calma que sus pinturas proyectan: suspiros de una realidad en paz, que no necesariamente correspondía al contexto que al artista le tocó vivir.

          

Prostitución, miseria, hambre: este tipo de escenarios fueron una constante en la etapa más temprana de su vida. Poca evidencia hay de esto, pues el pintor nunca lo mostró en su obra. La única pieza que sugiere ambientes similares es The Procuress, en la que se muestra a una mujer con una copa de vino entre las manos, a quien un hombre abraza por detrás con una sonrisa algo más que erótica; más allá de eso, los registros familiares que se tienen del pintor son escasos: muestran que fue bautizado en la religión protestante, pero no se tiene certeza, siquiera, de su fecha exacta de nacimiento.



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Es por esto que los historiadores del arte no se explican cómo, a los 21 años más o menos, pudo casarse con una mujer católica de una familia rica. Catharina Bolnes no podría haber contraído matrimonio con él a menos de que se hubiera convertido al catolicismo, además del peso importante de casarse con un hombre con menos estatus social que ella; sin embargo, compartían el pasado común de las familias disfuncionales: para ella también eran típicos los enfrentamientos entre sus padres, y el carácter irascible de su progenitor se vio reflejado en su hermano más grande, que siempre tuvo una fascinación particular con humillarla.

          

Es interesante la manera en la que, a pesar de las evidencias que existen de una vida turbulenta, en la obra de Vermeer lo único que hay es calma: paisajes citadinos de Ámsterdam al amanecer, mujeres que parecen estar solas con sus pensamientos, estudios de artistas iluminados por la luz tranquila del sol. Nada hay en su legado pictórico que refleje la vida de dolor que cargaba sobre sí. Sus personajes son mayormente mujeres meditativas que sonríen para sí, en una serenidad casi contemplativa que las vuelve una con la luz que se filtra por las ventanas.



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No es casual que la mayoría de las mujeres estén embarazadas —representación poco común en el Siglo de Oro Neerlandés— con una sonrisa discreta de sosiego casi absoluto. Las mujeres que Vermeer representa existen en las labores de la cotidianidad: en la cocina, en el estudio, o en la sala tocando algún instrumento. Son escenas de todos los días que parecen dominadas por un aura imperturbable de tranquilidad inmaculada. Parecieran instantes fugitivos que emanan la luminosidad de una vida espiritual plena, de belleza y paz infatigables.



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Resalta el carácter tranquilo que envuelve la obra entera de Vermeer de las demás manifestaciones del barroco: la teatralidad inherente al siglo XVII parece no figurar en la obra de uno de los artistas más importantes de los Países Bajos. Por el contrario, Vermeer lo aborda de una manera diferente: encuentra en las escenas de todos los días la teatralidad necesaria para que la vida fluya, con esa luz que destaca los detalles casi insignificantes, pero que le dan fuerza y solidez a la composición de sus cuadros. Pero también sale del contexto: esa tranquilidad inmaculada no corresponde a las crisis económicas a las que Holanda estaba sometida, ni al bullicio de un mercado en expansión, y mucho menos a la vida de turbulencias por la que el pintor tuvo que pasar.


Es entonces más notable que incluso sus cuadros más celebres se destaquen por ese suspiro de tiempo contenido en una paz hipnótica. Tal es el caso de La chica de la perla: de su identidad no se sabe nada, pero cautiva todavía la simplicidad de su pose, la soltura de su expresión, y el carácter enigmático de su mirada. Tiene enredada una tela azul en la cabeza —como si de un turbante se tratara— de tal forma que el extremo amarillo cae, pesado, sobre su espalda encorvada. Lleva sobre sí un abrigo que bien podría ser de piel, o los vestigios andrajosos de una mejor época; sin embargo, lo que en realidad llama la atención es el gesto: mira de reojo a un espectador que ya espera, y tiene los labios medio abiertos, como si estuviera a punto de decir algo, en trance.



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Con el paso de los años, la falta de reconocimiento en el mundo del arte y las dificultades familiares llevaron a Vermeer a la ruina. Solo, desprotegido y enviciado, perdió la razón y pasó los últimos años de su vida como un vagabundo. La locura acumulada a lo largo de su vida terminó por apropiarse de él, y murió en la desolación más absoluta. Sólo nos queda su legado, que en realidad es mínimo, y no muestra nada de la vida oscura que llevó siempre a cuestas.



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Todos las pinturas poseen una historia trágica o hermosa detrás, por eso, conoce a la mujer que destruyó por celos y odio el recuerdo de la esposa de Monet; así como las pinturas cubistas que muestran el dolor, la miseria y la in